Sin embargo, el viernes por la mañana el teléfono sonó temprano.
—Laurita, buenos días —entonó Marta Núñez con una dulzura empalagosa—. Hoy me pilla de paso vuestra casa, tengo que acercarme a la farmacia. ¿Te importa si entro un momento a regar las plantas? Carlos me comentó que el ficus anda mustio. Me da una pena verlo así.
—Marta, las regué ayer —respondió Laura, intentando mantener la calma.
—Ay, hija, tú siempre andas corriendo y les echas un chorrito rápido. Las plantas necesitan mano experta. No te preocupes, estaré un suspiro y me marcho. Si quieres, hasta os dejo preparado un guiso.
—No hace falta, de verdad. Tenemos comida —contestó ella con firmeza. La sola idea de que su suegra trajinara entre sus cazuelas le revolvía el estómago.
—Como quieras, cielo. Que tengas un día estupendo.
En la oficina, Laura fue incapaz de concentrarse. Las cifras del informe bailaban ante sus ojos. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Marta introduciendo la llave en la cerradura y cruzando el umbral con esa seguridad de quien se siente dueña de todo. ¿Iba directa a las macetas o curioseaba primero en los armarios? ¿Revisaba cajones? ¿Abría el frigorífico sin el menor reparo?
Nada más llegar a casa, dejó el bolso en el suelo y se encaminó a la cocina casi sin quitarse el abrigo. El pulso le retumbaba en los oídos.
Abrió el frigorífico.
El vacío la golpeó como una bofetada helada.
La pieza de lomo asado había desaparecido. También el paquete de mantequilla marcado con su diminuto punto. De la docena de huevos solo quedaban dos, arrinconados en una esquina. Y lo que más le dolió: el tarro de caviar rojo que había comprado aprovechando una oferta y escondido al fondo, detrás de los botes de encurtidos, pensando en la cena de Nochevieja, ya no estaba.
Se dejó caer en el taburete y se cubrió el rostro con las manos. Aquello había dejado de ser una sospecha incómoda para convertirse en algo descarado. Un robo en toda regla. Y lo peor era que no tenía pruebas visibles. Marta podía negarlo todo, fingir ofensa, insinuar que Laura lo había gastado y lo había olvidado, o incluso asegurar que ese caviar jamás existió.
La conversación de esa noche fue áspera.
—Carlos, ha vuelto a faltar comida. El caviar. La carne. La mantequilla —enumeró ella mientras él cenaba unos simples raviolis que tuvo que preparar a última hora.
Carlos dejó el tenedor sobre el plato y frunció el ceño.
—¿Otra vez con eso? Laura, me estás preocupando. ¿No crees que deberías consultar a un médico? ¿Cómo va a evaporarse un tarro de caviar?
—Tu madre estuvo hoy aquí.
—¿Y qué? Vino a regar las plantas. ¿Insinúas que mi madre, una mujer culta, antigua profesora, va a robarle comida a su propio hijo? ¿Para qué? Tiene su pensión y yo le paso dinero todos los meses.
Laura se quedó inmóvil.
—¿Le das dinero? ¿Cuánto?
Él evitó mirarla.
—No es nada del otro mundo… cinco o siete mil euros, depende. Para medicinas, recibos. No quiero que pase apuros.
—Cinco o siete mil… —repitió ella, incrédula—. Tenemos una hipoteca que nos ahoga. Hace tres años que no salimos de vacaciones. ¿Y tú le entregas esa cantidad sin siquiera comentármelo?
—¡Es mi madre! —estalló Carlos—. No tengo que pedir permiso para ayudarla. Y deja de acusarla sin pruebas. Si se te olvidan las cosas o administras mal la compra, no cargues la culpa sobre los demás.
Aquella noche se acostaron dándose la espalda, en un silencio denso. Laura permaneció despierta mucho rato, mirando la oscuridad del techo mientras escuchaba la respiración irritada de su marido. En su interior fue tomando forma una determinación fría, casi matemática. Ya no bastaba con intuir; necesitaba demostrar. De manera irrefutable.
El sábado por la mañana se presentó en una tienda de electrónica. Tras preguntar y comparar modelos, explicó lo que buscaba: algo discreto, pequeño, que grabara en una tarjeta y se activara con el movimiento.
—Esta le servirá —le aseguró el dependiente, un chico joven con camiseta amarilla, mostrándole una diminuta cámara negra—. Graba en alta definición, capta sonido y la batería dura varios días. Puede colocarla en una estantería sin que nadie la note.
De regreso en casa, aprovechó que Carlos estaba en el garaje trasteando con el coche. Eligió la balda superior del mueble de la cocina, donde descansaban jarrones antiguos y una vajilla que casi nunca utilizaban. Situó la cámara entre una azucarera y un frasco de laurel seco, orientando el objetivo hacia el frigorífico y parte de la encimera. Desde abajo resultaba invisible, pero el ángulo era perfecto.
Solo faltaba el anzuelo.
El domingo, con deliberada ostentación y en presencia de Carlos, llenó el frigorífico hasta los topes. Compró embutido ahumado de calidad, un trozo generoso de queso curado —otra vez—, un kilo de ternera fresca, una trucha hermosa, fruta variada y una caja grande de bombones.
Carlos observaba cómo iba acomodando todo en las baldas, cada producto bien visible, cada envoltorio tentador. Cuando cerró la puerta del frigorífico, él abrió la boca, sorprendido por aquel despliegue inesperado.
