«Carlos, es imposible que yo me haya comido medio kilo de queso durante la noche» dijo, secándose las manos y acusando a su marido mientras empezaba a dudar de su propia memoria

Esta desaparición es indignante, inquietante y vergonzosa.
Historias

—¿Dónde está el queso? Ayer por la tarde compré un trozo entero, como de cuatrocientos gramos, de esos para sándwiches. Lo cogí precisamente para no tener que cocinar por la mañana.

Laura Navarro permanecía frente al frigorífico abierto, notando cómo una irritación sorda le subía desde el estómago hasta el pecho. El aire frío le golpeaba el rostro, pero las mejillas le ardían. En la balda central, donde la noche anterior había dejado un bloque generoso envuelto en plástico amarillo, ahora solo descansaban medio limón reseco y un frasco con restos de tomate triturado.

—¿Y si te lo comiste y no te acuerdas? —se oyó la voz de su marido, Carlos Medina, desde el salón, donde rebuscaba desesperado el segundo calcetín antes de irse al trabajo—. O igual fui yo medio dormido… Aunque no, solo me levanté a beber agua. Laura, de verdad, no conviertas un queso en un drama. Si se acabó, se acabó.

Ella cerró la puerta con lentitud. El chasquido resonó en el silencio matinal con una fuerza exagerada. No era el queso. Tampoco el embutido que había desaparecido tres días atrás. Ni siquiera aquel bote caro de café soluble que, misteriosamente, quedó a la mitad mientras ambos estaban fuera trabajando. Lo inquietante era otra cosa: empezaba a dudar de su propia memoria. Recordaba con absoluta claridad cómo había vaciado las bolsas del supermercado, cómo organizó cada producto pensando en el menú semanal. Y, sin embargo, las provisiones se esfumaban. Poco a poco. Sin ruido. Sin explicación.

—Carlos, es imposible que yo me haya comido medio kilo de queso durante la noche —dijo entrando en el salón mientras se secaba las manos con un paño—. Y tú tampoco. No somos capaces. Aquí pasa algo más.

Carlos, tras rescatar el calcetín de debajo del sofá, se lo colocaba resoplando. Era un buen esposo: trabajador, tranquilo, poco amigo de discusiones. Su único punto ciego —que él consideraba virtud— era su madre, Marta Núñez.

—Otra vez con eso… —la miró con cansancio—. ¿Insinúas algo? ¿Que tenemos un duende doméstico? ¿O que mi madre se lleva la comida? Laura, suena ridículo. Es una mujer mayor, tiene su pensión, no necesita nada. Viene a regar las plantas y a darle de comer al gato mientras estamos fuera. Nos hace un favor.

—No estoy acusando a nadie —lo interrumpió ella, aunque en el fondo sí lo pensaba—. Solo digo que resulta raro. Las cosas desaparecen justo los días que ella pasa por aquí. El martes pasado, el salchichón. El jueves, el pollo que había dejado descongelando para hacer filetes. Y ahora el queso.

—A lo mejor cambió algo de sitio —respondió él ajustándose la camisa—. O Miguel León lo arrastró a saber dónde.

—¿El gato abrió la nevera, sacó el queso envasado al vacío y lo escondió? Carlos, por favor, piensa un poco.

—Llego tarde —zanjó él, besándole la mejilla para evitar continuar—. Esta tarde compramos otro trozo y listo. Mi madre es un ángel, sería capaz de dar lo último que tiene. Me parece feo que sospeches de ella.

Cuando la puerta se cerró, Laura se dejó caer en la silla del recibidor. Sí, se sentía culpable. Marta Núñez siempre aparentaba fragilidad: abrigo antiguo, boina tejida a mano, quejas constantes sobre la tensión y el precio de los medicamentos. Vivía en el edificio contiguo y tenía copia de las llaves “por si acaso”, idea que Carlos defendió con firmeza. Al principio a Laura le pareció práctico: una fuga de agua, un descuido con la plancha… Pero últimamente aquellas visitas eran demasiado frecuentes.

Laura trabajaba como contable en una constructora importante. Su oficio exigía precisión milimétrica, y tal vez esa costumbre profesional de cuadrar cifras era lo que ahora no la dejaba tranquila. Conocía cada gasto al detalle. Estaban ahorrando para cambiar de coche, así que el presupuesto destinado a la compra estaba medido al céntimo. Sin embargo, en los dos últimos meses esa partida se había inflado sin motivo aparente. El dinero volaba, mientras la nevera parecía siempre medio vacía.

Aquella tarde pasó por el supermercado. Los precios estaban por las nubes. Dudó varios minutos frente al mostrador de fiambres antes de elegir un trozo de jamón asado; a Carlos le encantaban los bocadillos por la mañana. Finalmente optó por una porción más pequeña. El ahorro empezaba a notarse en sus propias elecciones: cambiaba el yogur que le gustaba por kéfir y el salmón por pescado más barato.

Al llegar a casa colocó la compra con cuidado. Entonces tomó una decisión: haría una pequeña prueba. Con un rotulador marcó discretamente unos puntitos casi invisibles en la base de una lata de paté caro y en el envoltorio de la mantequilla. Se sintió un poco absurda, como una niña jugando a los espías, pero necesitaba confirmar sus sospechas.

Durante los dos días siguientes reinó la calma. Marta Núñez no apareció por el piso, y nada pareció moverse de su sitio, lo que hizo que Laura empezara a preguntarse si no estaría exagerando y si todo aquello no sería producto de su imaginación.

Vivencia