«Las llaves, Javier. Ahora mismo.» demandó Carmen en tono grave y helado junto al portón

Inaceptable e indignante profanar ese refugio soñado.
Historias

Javier irrumpió en el porche casi a la carrera, tropezando por poco con una botella vacía que rodó bajo sus zapatos. Tenía la cara encendida a manchas irregulares y las manos le temblaban con un tic nervioso, como si no supiera si debía temer más a su madre o a su esposa. Se abalanzó hacia la mesa con la absurda intención de interponerse entre Carmen Iglesias y el estropicio que acababa de provocar.

—¡Carmen, ni se te ocurra! —chilló, y la voz se le quebró en un agudo ridículo—. ¿Te has vuelto loca? ¡Hay gente sentada a la mesa! ¡Deja eso ahora mismo!

Ella lo observó sin pestañear. En su mirada no ardía la furia; tampoco había lágrimas. Solo una frialdad casi clínica, el mismo desdén con el que se examina algo desagradable que acaba de aparecer en el suelo. Sin prisa, inclinó la ensaladera. La masa espesa, rebosante de mayonesa, cayó con un sonido húmedo sobre el mantel ya manchado, salpicando el delantal de Nieves Castillo.

El silencio que siguió fue compacto, incómodo. Únicamente se oía el zumbido persistente de una mosca sobre la bandeja de carne.

—¿Estás enferma? —escupió la suegra, sacudiéndose restos de patata del pecho—. ¡Manuel, mírala! ¡Está desequilibrada! Tirando comida como si sobrara… Nosotros viniendo con buena intención y ella comportándose como una salvaje desagradecida.

—Mamá, espera… —Javier agarró a Carmen por el brazo y la condujo hacia un rincón de la casa, lejos de las miradas ansiosas de los parientes.

Ella no opuso resistencia, pero se desprendió de su mano con un gesto seco, como si el contacto le resultara intolerable. Se detuvieron junto a la bajante del tejado. Él respiraba con dificultad; olía a cerveza barata y a miedo.

—Te estás pasando —murmuró, echando vistazos hacia el porche, donde el murmullo empezaba a crecer—. No puedes montar un espectáculo así. Son mi familia. El tío Manuel ha bebido, no puede conducir. ¿Qué hago ahora con ellos? ¿Los echo a la carretera al anochecer? Podemos arreglarlo… Se quedan solo esta noche, en el suelo si hace falta, sin molestar. Mañana temprano se van, te lo prometo. No me dejes en ridículo delante de todos.

Carmen lo contemplaba como si estuviera viendo a un extraño. Aquel hombre no se parecía en nada al que había decidido amar tres años atrás; ante ella solo había una figura blanda, intentando adoptar la forma que más convenía a cada cual.

—El ridículo lo haces tú, Javier —respondió en voz baja—. Trayendo a esta caravana sin preguntarme. Permitiendo que tu madre mande en mi cocina. Y ahora suplicando en vez de poner orden.

—¿Orden? ¿Qué orden? —alzó las manos, desesperado—. ¿Qué daño te han hecho? Han comido, han brindado… ¿Te molesta tanto? Ahora eres la gran jefa, conduces un todoterreno, ganas más que todos nosotros juntos. ¿De verdad te duele una bandeja de embutido?

—No se trata del embutido. Se trata de que has metido ocupantes en mi casa. Escucha lo que están diciendo.

Desde el porche llegaban voces deslenguadas. Una mujer con permanente gritaba sin recato:

—¡Mírala, la señorita fina! ¡Volcando la ensalada! En mis tiempos le habría dado un buen correctivo. Javier siempre fue blandito, por eso ella le pisa el cuello. A las mujeres hay que tenerlas cortitas, no regalarles las llaves de la finca.

—Eso es —retumbó un bajo masculino—. Se creen superiores. Esa casa no se paga con trabajo honrado. Ya veremos cómo se le quitan los humos. Mañana la ponemos a cavar el huerto y se le baja la tontería.

Carmen esbozó una sonrisa sin humor.

—¿Lo oyes? Ya planean mi reeducación. Hoy el jardín, mañana decidirán que el trastero es mejor para el tío Manuel que para mí.

Javier bajó la vista, rojo hasta las orejas.

—Están borrachos —balbuceó—. Cuando se les pase, serán otros. Aguanta esta noche, por favor. Si los echas ahora, mi madre no me lo perdonará jamás. Me lo recordará toda la vida.

—Y si no los echo, la que no tendrá vida aquí seré yo —replicó ella—. Vengo a descansar, no a servir de animadora a un grupo de maleducados.

Se acercó un paso más. Su voz se volvió áspera, cortante.

—Escúchame con atención. Son las cuatro de la tarde. Tienes exactamente veinte minutos para que tú y tu “familia” estéis subidos a vuestros coches y camino de Valencia. Un taxi hasta la ciudad cuesta dos mil euros. Si el tío Manuel no puede pagarlo, se los das tú. Y si no tienes, pídeselos a tu madre.

—¿Y si digo que se quedan? —intentó erguirse, pero la firmeza le duró un suspiro—. Esta casa también es mía. Soy tu marido.

—En las escrituras figura únicamente mi nombre. La compré con mis ahorros antes de casarme contigo. Legalmente no te pertenece nada de esto. Aquí eres un invitado, y te comportas como uno muy desagradable.

Carmen tomó aire. Sintió cómo algo se desgarraba por dentro, el último hilo que la unía a él.

—O se marchan ahora, o te marchas tú con ellos. Recoges tus cosas, te subes a ese Logan oxidado con el tío Manuel y vuelves con tu madre. Y no regreses ni aquí ni al piso de la ciudad. Las llaves las dejas sobre la mesa.

Javier se quedó inmóvil, boquiabierto. Esperaba gritos, insultos, quizá otro objeto estrellándose contra el suelo, pero no aquella serenidad glacial.

—¿Me estás echando? ¿Por mi madre? ¿Por una barbacoa? Carmen, llevamos cinco años juntos…

—No es por la barbacoa. Es porque prefieres seguir siendo un hijo obediente antes que mi compañero. Has permitido que me humillen en mi propia casa. Decide. El tiempo ya está corriendo.

Se dio la vuelta y regresó al porche. Al verla aparecer, las conversaciones se apagaron por un instante, aunque la tregua duró poco. Nieves Castillo, aún limpiándose restos de mayonesa, tomó aire con intención de continuar.

—¿Ya has terminado de manipularlo? —ironizó—. Siéntate y deja de dar órdenes. Y trae un tenedor limpio, que con este no pienso comer.

Carmen no respondió. Se acomodó en una silla de mimbre, cruzó los brazos y fijó la mirada en Javier, que subía los escalones despacio, como quien avanza hacia el patíbulo. En aquellos segundos se decidía su destino, y por el modo en que sus ojos saltaban de un rostro a otro, buscando refugio, resultaba evidente que estaba dispuesto a traicionar a quien fuera con tal de no enfrentarse al conflicto abierto que lo esperaba.

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