Carmen avanzó hasta el porche notando, clavada entre los omóplatos, la mirada de su marido: desconcertada, temerosa, inútil. Aquello no era una discusión doméstica más; era el inicio de una batalla por el silencio y por el derecho a decidir. Y ella no pensaba hacer prisioneros.
Nieves Castillo no estaba simplemente sentada a la mesa: se había adueñado del escenario. Su cuerpo voluminoso, envuelto en un vestido amarillo chillón estampado con girasoles enormes, ocupaba casi toda la pequeña terraza. Recordaba a esas comerciantes rollizas de los cuadros costumbristas, solo que en vez de un samovar tenía delante una alineación de botellas de colores y fuentes rebosantes de comida.
Cuando Carmen subió el último peldaño, el entarimado vibró bajo sus pies al compás de los graves que salían del coche aparcado junto a la verja. Sus ojos se cruzaron con los de su suegra. En el rostro de Nieves no había rastro de incomodidad; al contrario, abrió los brazos en un gesto teatral que casi hace volcar una ensaladera.
—¡Hombre, ya apareció la dueña del palacio! —tronó, imponiéndose al murmullo general—. Carmen, no te quedes ahí parada, mujer. Ven, que te servimos un chupito. Mira qué cara traes, parece que en la oficina te exprimen como a un limón. Te conviene el aire del campo, no tanto ordenador.
Carmen no respondió. Su vista descendió hasta la mesa. El mantel de lino que había comprado en un viaje a Italia —y que reservaba para ocasiones especiales— estaba cubierto de manchas de grasa y cercos de vino. Pero lo que le oprimió el pecho fue otra cosa. En el centro, como si fuera un trofeo capturado, estaba su cuenco japonés de cerámica artesanal, finísimo, casi translúcido. Lo habían llenado hasta los bordes con ensaladilla rusa ahogada en mayonesa, y una cuchara metálica, sucia, sobresalía en mitad del plato como una bandera plantada en territorio conquistado.
—Esa vajilla es mía —dijo al fin, con la voz baja y tensa—. Nieves Castillo, le pedí a Javier que no sacara nada de los armarios. Dejé platos de plástico en una bolsa precisamente para estas cosas.
Su suegra puso los ojos en blanco con exageración y chasqueó la lengua, volviéndose hacia la mujer sentada a su lado, Susana Amor, de permanente imposible.
—¿La oyes, Susana? Nosotros viniendo con toda la ilusión, preparando mesa, y ella preocupada por los platos. Carmen, hija, esto no es un museo. Las cosas se usan. ¿O es que ahora resulta que una ensaladera no puede servir para la familia? ¿Desde cuándo es pecado compartir lo que hay en casa?
—No es pecado. Es respeto —replicó Carmen, marcando cada sílaba. Se acercó un paso más y varios invitados se encogieron instintivamente—. Y ya que hablamos de familia, ¿alguien puede explicarme por qué hay un hombre durmiendo con zapatos en mi hamaca?
Señaló hacia el jardín. Entre dos manzanos colgaba su hamaca blanca, tejida a mano, que ahora casi rozaba el suelo bajo el peso de un cuerpo masculino. Unas zapatillas embarradas sobresalían por un lado. El hombre, con un sombrero cubriéndole la cara, roncaba sin pudor.
—Es Juan Ramos, que ha venido cansado del viaje. Tiene la tensión delicada —respondió Nieves, pinchando un pepinillo en vinagre—. Déjalo descansar. ¿Qué más da? Se lava la tela y listo. Te noto muy alterada, Carmen. Eso es de vivir sola aquí como una ermitaña. Una casa tiene que tener vida. Risas de niños, olor a barbacoa… No este silencio de cementerio que te has montado. Javier y yo lo hemos hablado: vendremos todos los fines de semana. Así te echamos una mano con el terreno y esto se anima.
El suelo pareció inclinarse bajo los pies de Carmen. “Javier y yo lo hemos hablado”. Buscó con la mirada a su marido. Él se refugiaba junto a la parrilla, detrás de sus primos, fingiendo una concentración absoluta en dar vuelta a los pinchos.
—Voy a entrar un momento —anunció ella, incapaz de seguir escuchando aquel plan de colonización disfrazado de ayuda.
Al cruzar el umbral, un olor espeso a cebolla frita y alcohol reemplazó la fragancia habitual de madera y lavanda. Se dirigió a la cocina y se quedó inmóvil. Aquello no era desorden; era devastación. Las puertas de los armarios estaban abiertas de par en par. Sobre la encimera había paquetes rasgados, migas, manchas. Su café favorito —el que compraba en una tienda gourmet y reservaba solo para sí— estaba esparcido como tierra oscura. El queso curado que había traído de una feria gastronómica aparecía mutilado, trozos secos junto a un cuchillo grasiento.
Y allí, vacía, tumbada junto al fregadero, reconoció la botella de aceite de oliva de edición limitada que guardaba para ensaladas especiales.
—No puede ser… —susurró, pasando el dedo por la película aceitosa—. ¿Han frito carne con esto? ¿Con un aceite de casi trescientos euros?
El fregadero rebosaba de platos sucios. No habían usado los desechables: habían sacado sus tazas preferidas, las copas de cristal fino, los platos hondos del juego completo. En un platillo del servicio de café alguien había apagado un cigarrillo, dejando una quemadura negra como firma.
En el salón, sobre el sofá claro, descansaba una chaqueta vaquera ajena y una bolsa abierta de la que asomaban manojos de cebollas verdes llenas de tierra. Carmen se acercó a la ventana. Desde allí veía a Nieves Castillo gesticulando con un muslo de pollo en la mano, mientras los demás asentían y reían. Su suegra ya se comportaba como si fuese la propietaria: imaginando bancales nuevos, moviendo mentalmente los muebles, organizando calendarios de visitas.
Entonces lo entendió con una claridad fría: no era una reunión improvisada. Era una ocupación en toda regla. Si cedía ahora, si permitía que la invadieran un centímetro más, su refugio se transformaría en una casa compartida, saturada de humo, discusiones y canciones desafinadas hasta la madrugada.
Regresó a la terraza. El bullicio se fue apagando al percibir su expresión; había en su rostro la determinación de quien está a punto de prender la mecha.
—Nieves Castillo —dijo con serenidad glacial, sosteniéndole la mirada—. Hace un momento afirmó que esta casa debe servir a la familia. En eso coincidimos. Pero se equivoca al definir quién es mi familia. Mi familia soy yo. Y esta vivienda me pertenece. Les doy cuarenta minutos para recogerlo todo. Si en ese tiempo no empiezan a marcharse, sacaré sus cosas a la calle. Y empezaré por esta ensaladera.
Apoyó la mano en el borde del cuenco japonés lleno de ensaladilla. Nieves se quedó petrificada, con el bocado suspendido a medio camino. El aire se volvió denso, casi irrespirable, como el humo de una parrilla barata acumulado bajo un techo bajo. Javier Navarro, por fin, levantó la vista desde las brasas y miró hacia el porche con auténtico pánico, comprendiendo que la tormenta que tanto había intentado esquivar acababa de estallar delante de todos.
