«Las llaves, Javier. Ahora mismo.» demandó Carmen en tono grave y helado junto al portón

Inaceptable e indignante profanar ese refugio soñado.
Historias

Pero aquel día ya no le serviría esconderse tras el silencio ni fingir que nada ocurría.

Los veinte minutos se esfumaron con la misma rapidez con la que se diluye un cubito de hielo en un vaso de vodka tibio. Nadie hizo ademán de marcharse. Al contrario, la reunión pareció animarse aún más, como si hubiera encontrado un segundo impulso. Manuel Molina, rojo como un tomate y empapado en sudor, trataba de afinar una guitarra desdentada a la que le faltaba una cuerda, mientras Susana Amor soltaba carcajadas estridentes, sentada con una pierna cruzada sobre la otra, exhibiendo sin pudor sus venas hinchadas.

Javier Navarro no se movió. Permanecía pegado a su madre, encogido, casi invisible, arañando con el tenedor un trozo de pepinillo reseco como si en ello le fuera la vida. Había tomado una decisión. O, mejor dicho, había optado por no decidir nada, confiando en que el conflicto se deshiciera solo, como un hematoma que con el tiempo pierde color. Al advertir que su nuera seguía sentada en el sillón, Nieves Castillo esbozó una sonrisa triunfal y alzó el vasito.

—¡Así me gusta! —vociferó—. Ya se le pasó el berrinche. Las mujeres sois como el clima: tormenta al amanecer y sol por la tarde. Javier, sírvele algo a tu esposa y no te quedes ahí como un poste. Brindemos porque la sensatez ha vencido al orgullo.

Carmen Iglesias se puso en pie despacio. No lloraba. No le temblaban los labios. En su interior se había instalado un vacío absoluto, quirúrgico, como el que queda tras una amputación cuando la anestesia todavía hace efecto y no hay dolor, solo la certeza de que algo se ha perdido para siempre. Tomó su bolso, comprobó el móvil y las llaves del coche. Sus movimientos eran precisos, serenos, casi clínicos.

—Tiene razón, Nieves Castillo. La sensatez ha ganado —dijo con tono neutro, como si comentara la lista de la compra—. Solo que están celebrando antes de tiempo.

Se acercó a Javier. Él levantó la vista, empañada por el alcohol y el miedo. En sus pupilas se mezclaban una esperanza infantil y un terror animal. Aún creía que ella se sentaría a su lado, cogería un vaso de plástico y volvería a formar parte del decorado.

—Las llaves del piso —pidió Carmen, extendiendo la mano.

—¿Cómo? —Javier parpadeó, y el tenedor cayó sobre el plato con un tintineo metálico.

—Las llaves de mi apartamento en la ciudad. Déjalas encima de la mesa. Ahora.

—Carmen, no empieces otra vez… —gimoteó él, buscando el auxilio de su madre con la mirada—. Si estamos bien… Mañana nos vamos juntos…

—No vamos a ir a ninguna parte juntos. Tú te quedas aquí. Con tu madre, con Manuel, con la ensaladilla sobre el mantel y con todo este desorden que habéis montado. Este es tu hábitat natural, Javier. Aquí encajas perfectamente. A mi casa no volverás a entrar.

Nieves golpeó el vaso contra la mesa; el vodka se desparramó sobre el hule pegajoso.

—¿Pero qué disparates dices, desgraciada? —chilló, perdiendo la máscara de cordialidad—. ¿Echas a tu marido de su propia casa? ¿Quién te crees que eres? ¡Él está empadronado allí!

—No, allí no —replicó Carmen sin siquiera mirarla—. Javier está empadronado con usted, en ese piso de dos habitaciones en Valencia, junto a su hermana y los sobrinos. En mi vivienda solo residía. Y residía mientras era mi esposo. Pero un marido que permite que su familia humille a su mujer deja de ser necesario.

Se inclinó hasta quedar a la altura del rostro de Javier. Él retrocedió instintivamente; del cuerpo de Carmen emanaba una frialdad que helaba.

—Te ofrecí elegir. Elegiste a tu madre. Magnífico. Sé un buen hijo y quédate con ella. Las llaves. Sobre la mesa. O esta misma noche cambio la cerradura y tus cosas acabarán en bolsas de basura en el rellano. Y sabes que no amenazo en vano.

Con manos temblorosas, Javier sacó el llavero del bolsillo del pantalón corto. El golpe del metal contra el cristal de la mesa sonó como un disparo en el silencio repentino. La guitarra de Manuel calló. Susana dejó de masticar. Todos miraban a Carmen como si acabara de hablar en un idioma desconocido.

Ella recogió las llaves y se enderezó.

—Escúchenme con atención —anunció, recorriendo con la mirada aquel mosaico de rostros enrojecidos—. No pienso llamar a la policía ni rebajarme a pelear con ustedes. Me repugna siquiera tocarlos. Terminen la bebida, acaben el queso. Si la conciencia se lo permite, duerman incluso en mi cama. Pero mañana, a las diez en punto, llegará un equipo para sustituir la valla y colocar un sistema de alarma. Y vendrán acompañados por personal de seguridad privada. Si a esa hora queda aquí aunque sea un calcetín suyo, atenganse a las consecuencias.

—¿Nos estás amenazando? —rugió Manuel, intentando incorporarse; el mareo lo venció y volvió a desplomarse en el banco—. ¡Somos familia! ¡Tenemos derechos!

—El único derecho que tienen es marcharse mientras todavía mantengo la paciencia —cortó Carmen—. Javier, adiós. Presentaré la demanda de divorcio por vía telemática; ni siquiera tendrás que desplazarte. Es cómodo, ¿no? A ti siempre te gustó lo cómodo.

Sin añadir nada más, giró sobre los talones y caminó hacia el coche. Su espalda recta parecía una cuerda tensada al máximo.

—¡Carmen! ¡Espera! —gritó Javier, poniéndose en pie de un salto—. ¡No puedes irte así! ¡Esto es absurdo! ¡Mamá, dile algo!

Nieves lo agarró del brazo y lo obligó a sentarse de nuevo.

—¡Ni se te ocurra! —susurró con furia—. Que se largue la histérica. Ya volverá arrastrándose. ¿A dónde va a ir con esa hipoteca al cuello? Regresará, ya lo verás, y entonces seremos nosotros quienes pongamos condiciones.

Carmen se acomodó al volante de su todoterreno. El interior olía a cuero y a su perfume fresco, un aroma limpio que sabía a independencia. Al arrancar, el rugido del motor ahogó los alaridos ebrios que provenían del porche. Por el retrovisor alcanzó a ver a Javier intentar soltarse para correr tras ella, retenido por la mano férrea de su madre, que le escupía reproches al rostro.

Pisó el acelerador. La grava crujió bajo las ruedas. Atravesó la puerta de su parcela dejando atrás el césped pisoteado, la barbacoa humeante y aquella pandilla que devoraba no solo su comida, sino también su vida. Mañana habría cerraduras nuevas. Mañana, limpieza a fondo. Esa noche la esperaba un apartamento vacío y silencioso donde nadie osaría tocar su taza favorita.

El corazón le latía acompasado. No derramó una sola lágrima. Solo tenía una convicción nítida: acababa de desprenderse del lastre que la había estado hundiendo durante tres años. Y ese lastre permanecía en la terraza, bebiendo vodka caliente y escuchando a su madre, cambiando definitivamente su matrimonio por un plato de ensaladilla rusa.

Vivencia