«Esta mujer…». Así la llamaba siempre su suegra. En tres años de matrimonio no la había nombrado ni una sola vez por su nombre. Para María Marín era “esta”, “la esposa” o, simplemente, nadie.
Clara Alonso dio un paso al frente, con el pulso latiéndole en las sienes.
—¿Sabe qué, María Marín? Estoy harta. Harta de sus desplantes, de sus chantajes emocionales y de sus escenas interminables. Nos iremos de vacaciones, le guste o no.
El rostro de la madre se tiñó de rojo intenso.
—¡Daniel! ¿Estás oyendo cómo me habla? ¡A mí!
—No estoy faltando a la verdad —replicó Clara, incapaz ya de contenerse—. Controla cada uno de nuestros movimientos, llama diez veces al día, exige saber dónde estamos y con quién. Eso no es normal.
—¡Lo que no es normal es que un hijo olvide a su madre! —estalló María Marín—. ¡Y que su mujer lo ponga en mi contra!
—No pongo a nadie contra nadie. Solo quiero vivir mi propia vida.
—¿Tu vida? —rió con sarcasmo—. ¿Y el piso en el que vivís? ¿De quién es? ¿Quieres que te recuerde quién aportó el dinero para la entrada?
Ahí estaba su argumento favorito. Cuando Daniel y Clara compraron el apartamento, María Marín les entregó trescientos mil euros para completar el pago inicial. Desde entonces, no había perdido ocasión de restregárselo.
—Le devolvemos ese dinero todos los meses —respondió Clara, firme—. Veinte mil euros, tal como acordamos.
—Una cosa es el dinero y otra muy distinta el agradecimiento —contraatacó la suegra—. Una nuera educada sabría valorar la ayuda de su marido y no contestarle con insolencia.
—Una suegra educada no se presentaría en casa sin avisar ni invitarla —disparó Clara.
—¡Es la casa de mi hijo!
—También es la mía. Estamos casados, por si lo ha olvidado.
María Marín soltó un bufido desdeñoso.
—Casados… Ya veremos por cuánto tiempo. Daniel —se volvió hacia él, que hasta entonces había permanecido en silencio—. O ella o yo. Elige.
Un silencio denso cayó sobre la cocina. Clara apenas se atrevía a respirar mientras miraba a su marido. Era el instante decisivo. Durante tres años había soportado reproches y humillaciones, esperando que algún día Daniel pusiera límites. Ese día había llegado.
Daniel Navarro palideció. Sus ojos iban de su madre a su esposa sin hallar refugio.
—Mamá, no hagas esto. No me obligues a un ultimátum…
—¡Claro que sí! —lo interrumpió María Marín—. No pienso tolerar más la falta de respeto de esta persona. O te divorcias de ella o puedes olvidarte de que tienes madre.
A Clara le dio la sensación de que el corazón se le desplomaba dentro del pecho. ¿De verdad era capaz de llegar tan lejos?
—Mamá, no puedes hablar en serio… —murmuró Daniel.
—Hablo muy en serio. Estoy cansada de que me humillen. Tu esposa no me respeta, es grosera y te aparta de mí. No lo permitiré más.
Daniel parecía atrapado entre dos fuerzas opuestas, como si lo golpearan desde ambos lados. Clara veía en su rostro la desesperación de quien busca una salida imposible.
—Intentemos calmarnos —propuso al fin—. Mamá, vuelve a casa, tranquilízate. Más tarde podemos hablar con serenidad…
—¡No! —golpeó el suelo con el pie—. No me moveré de aquí hasta que me respondas. ¿A quién eliges?
Daniel inspiró profundamente y sostuvo la mirada de su madre.
—Mamá, te quiero. Siempre serás mi madre y eso no cambiará jamás. Pero Clara es mi esposa. Le hice una promesa ante todos y ante Dios. Y no voy a romperla.
María Marín retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—Entonces, ¿la eliges a ella?
—Elijo a mi familia —afirmó con voz firme—. Y tú puedes formar parte de ella si quieres. Pero tendrás que respetar a mi mujer y nuestras decisiones.
—¿Respetarla? —rió con un deje casi histérico—. ¿Respetar a esta…?
—¡Basta! —Daniel alzó la voz, algo extraordinario en él—. Mamá, te pido que te marches. Ahora. Cuando estés más tranquila, llámame y hablaremos.
María Marín lo contempló como si estuviera viendo a un desconocido.
—He criado a un hijo desagradecido —susurró con amargura—. He dedicado mi vida entera a ti, y así me lo pagas.
