—¡Te prohíbo que vayas! —irrumpió mi suegra sin llamar, agitando en la mano la hoja impresa con la confirmación de nuestro viaje.
—¡He dicho que no vas a ir! —la voz de María Marín vibraba de rabia contenida mientras atravesaba la puerta del piso de su hijo como una exhalación.
Clara Alonso se quedó paralizada junto a los fogones, todavía con la cazuela entre las manos, convencida de que estaba viendo una escena irreal. En mitad de la cocina, envuelta en un abrigo de piel carísimo, su suegra apretaba un papel contra el pecho. Tenía el rostro encendido por la indignación.
Daniel Navarro se levantó de golpe de la mesa, donde segundos antes almorzaba tranquilamente con su esposa.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿De qué estás hablando?

María Marín lanzó el documento sobre la mesa. Era la confirmación, impresa desde la web de una agencia, de unas vacaciones para dos personas en Turquía.
—¡Esto es lo que pasa! Tamara, la vecina, te vio entrar en la agencia de viajes. Y menos mal que me lo contó. ¿Cómo has podido hacer algo así?
Clara dejó la cazuela con cuidado sobre la vitrocerámica y se giró hacia ella.
—María Marín, Daniel y yo llevamos seis meses organizando estas vacaciones. ¿Cuál es el problema?
La mujer ni siquiera la miró; mantenía la vista clavada en su hijo.
—El problema es que mi único hijo pretende abandonarme dos semanas enteras. No os basta con vivir separados, ahora además os marcháis quién sabe adónde.
—Mamá, es solo un viaje —intentó calmarla Daniel—. En quince días estaremos de vuelta.
—¿Y si me ocurre algo? —María se llevó la mano al pecho—. Tengo sesenta y ocho años. La tensión me sube y me baja, las articulaciones me matan. Y vosotros tomando el sol en una playa mientras yo me quedo aquí, sola…
Clara notó cómo la irritación, tan conocida, empezaba a aflorar. En tres años de matrimonio había presenciado al menos una docena de aquellos “ataques” repentinos que surgían cada vez que ella y Daniel planeaban algo sin incluirla.
—Tiene teléfono —respondió con serenidad—. Si sucede cualquier cosa, puede llamarnos en cualquier momento.
Por fin María la miró. La expresión era fría, cargada de desprecio.
—Contigo no estoy hablando. Todo esto es idea tuya. Antes de que aparecieras, mi hijo jamás se iba a ningún sitio sin mí.
—Antes de conocerme, su hijo tenía veinticinco años —replicó Clara—. Ahora tiene treinta y dos. La gente crece, forma su propia familia y, sí, se va de vacaciones.
—¡No me des lecciones! —la interrumpió María—. Yo lo crié sola, sin marido. Le dediqué mi vida entera. Y ahora llega alguien… —miró a Clara con intención— que pretende arrebatármelo.
Daniel se colocó entre ambas, levantando las manos en un gesto conciliador.
—Mamá, nadie le está quitando nada a nadie. Solo queremos descansar. Es nuestro primer viaje juntos en tres años.
—Descansar podéis hacerlo aquí mismo —replicó ella al instante—. En la parcela, por ejemplo. Yo también podría ir, respirar aire puro…
Clara puso los ojos en blanco. La parcela de campo era un capítulo aparte. Cada fin de semana María exigía su presencia: cavar, podar, limpiar, reparar. Y siempre encontraba un motivo para criticar a su nuera: que arrancaba mal las malas hierbas, que la comida estaba sosa, que fregaba mal los platos.
—El viaje ya está pagado —afirmó Daniel con firmeza—. No vamos a cancelarlo.
María agitó las manos con dramatismo.
—¡Lo habéis pagado! ¿Y no se os ocurrió consultarme? ¡Soy tu madre!
—¿Y qué significa eso? —Clara perdió la paciencia—. ¿Tenemos que pedir permiso para cada paso que damos? Somos adultos.
—¡Daniel! —María ignoró deliberadamente a su nuera—. ¿Vas a permitir que me hable así?
Él miró alternativamente a una y a otra, visiblemente superado.
—Mamá, Clara tiene razón. Tenemos derecho a irnos de vacaciones.
—¡Derecho! —repitió ella con sorna—. ¿Y obligaciones con tu madre no existen? ¿O es que esta mujer —señaló a Clara— te ha hecho perder la cabeza por completo?
Clara apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. «Esta…»
