«¡Lárgate de mi casa ahora mismo!» — gritó Norma Guzmán mientras Mariana salía con la maleta, impasible

Injusta y liberadora, su salida era inevitable.
Historias

Lo que Alejandro Guerrero expuso no era precisamente alentador, aunque tampoco implicaba un delito directo. Durante años se habían firmado decenas de convenios con proveedores sin licitaciones reales, eligiendo siempre a “los de confianza”. Las tarifas estaban por encima del promedio del mercado, las condiciones resultaban desventajosas y los retrasos en entregas se repetían como rutina. La planta había estado pagando de más simplemente por inercia, porque a nadie le interesó mover lo ya establecido. Ramón Vargas justificaba todo hablando de “aliados confiables”, y Roberto Guerrero nunca se metió a fondo; tenía otros frentes que atender.

Las cifras eran contundentes. Tan solo en los últimos dos años, las pérdidas por gastos operativos alcanzaban montos que harían estremecer a cualquier economista con un mínimo de rigor.

—No estamos frente a un crimen —aclaró Alejandro con voz serena—. Es negligencia acumulada. Años de hacer las cosas al ahí se va.

—Entonces habrá que desarmarla pieza por pieza —contestó Mariana Jiménez sin titubear—. Revisaremos cada contrato.

—Ramón Vargas no lo va a tomar bien.

—Lo tengo claro. —Cerró la carpeta con firmeza—. Prepare un informe ejecutivo para el corporativo. Formal, con números sólidos y propuestas de ajuste. Yo misma lo presentaré.

Alejandro reunió los documentos. Antes de salir, se volvió hacia ella.

—Ingeniera Jiménez, esta mañana Ramón pasó por los talleres. Habló con los jefes uno por uno. No sé qué les dijo, pero dos cancelaron la reunión que usted agendó para el miércoles.

Mariana asintió despacio. Era evidente: estaba organizando su propia trinchera. Una táctica vieja y conocida: aislar al recién llegado para que parezca que nadie lo respalda.

—Gracias, Alejandro. Cambiamos la cita al viernes. Y no quiero encuentros individuales. Convóquelos a todos juntos.

Al día siguiente viajó al corporativo. Antonio Medina la recibió sin demora. Revisó el reporte con atención, pasando las hojas con calma, deteniéndose en las tablas y gráficos. Luego dejó la carpeta sobre el escritorio y se quedó mirando por la ventana el cielo gris de la ciudad.

—Ramón lleva muchos años en esa planta —comentó finalmente—. Tiene relaciones, historia ahí dentro.

—Justamente por eso llevamos tres años con números rojos en operación —replicó Mariana—. No cuestiono su calidad como persona. Pero el esquema que armó ya no funciona para la empresa.

Antonio guardó silencio unos segundos más.

—¿Qué propone?

—Auditoría gradual de todos los contratos. Licitaciones abiertas y transparentes. Y un nuevo subdirector de producción que responda a resultados, no a compromisos antiguos.

—¿A quién tiene en mente?

—A Alejandro Guerrero. Es financiero, sí, pero entiende la lógica productiva mejor que varios ingenieros.

Se hizo una pausa breve. Después, un asentimiento casi imperceptible.

—Proceda. Cuenta con nuestro respaldo.

El viernes, Norma Guzmán apareció en la planta.

Mariana se enteró por Pedro Romero, el guardia, que la llamó al interno para avisarle que en la entrada había una señora exigiendo hablar con la directora por un asunto personal.

Mariana decidió salir ella misma. No la haría esperar.

Su exsuegra permanecía junto al torniquete, enfundada en un abrigo oscuro, los labios tensos, con esa expresión que solía usar antes de lanzar una crítica demoledora. Pero cuando vio a Mariana acercarse desde el edificio administrativo, traje formal, gafete de directora colgado al cuello, algo en su mirada vaciló apenas un instante.

—Señora Norma —saludó Mariana con tono neutro—. Buenas tardes.

—¿Es cierto? —preguntó sin rodeos—. ¿Eres la directora de aquí?

—Sí, lo soy.

Norma la observó largo rato, como recalculando cada recuerdo, cada frase pasada. Tal vez resonaba en su mente aquel “lárgate” pronunciado semanas atrás.

—¿Javier sabe? —preguntó al fin.

—Javier Mejía trabaja en el departamento de planeación —respondió Mariana con serenidad—. Así que sí, está enterado.

Norma abrió la boca, la cerró, volvió a intentar decir algo.

—Solo quería hablar —murmuró esta vez con menos dureza, casi humana.

—Podemos hacerlo —contestó Mariana mirando su reloj—. El lunes. Agende cita con mi asistente.

Y dio media vuelta sin mirar atrás.

Esa noche, en su pequeño departamento sobre la calle Sur, Mariana se sentó frente a la mesa donde tenía la laptop, una taza de té humeante y una libreta llena de apuntes para el mes entrante. Afuera, la ciudad vibraba; desde abajo subían risas despreocupadas de un par de jóvenes.

Pensó que apenas tres semanas antes estaba en un pasillo ajeno, con una maleta en la mano, escuchando gritos que no le pertenecían. Ahora tenía una oficina propia, el respaldo de dos personas confiables y un reto enorme por delante. Y, sobre todo, la certeza de que por fin ocupaba el lugar que le correspondía.

Venían procesos de licitación, negociaciones tensas, la resistencia abierta de Ramón Vargas y quién sabe cuántas complicaciones más. Harían falta energía, paciencia y cabeza fría.

Cerró la libreta, apagó la computadora y, por primera vez en mucho tiempo, se acostó antes de la medianoche.

Al día siguiente regresaría a la planta. El trabajo apenas comenzaba.

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