La noticia le llegó a Javier Mejía ese mismo día. En una planta pequeña, los rumores corren más rápido que las máquinas: alguien de administración lo llamó y se lo soltó sin rodeos. A los pocos minutos, el teléfono de Mariana vibró.
«¿Es cierto?», escribió él.
«Sí», respondió ella, sin añadir nada más.
El indicador de “escribiendo…” apareció y desapareció varias veces. Finalmente llegó otro mensaje: «Mamá se va a ir de espaldas».
Mariana dejó escapar una risa breve y dejó el celular boca abajo sobre el escritorio. Norma Guzmán ya estaba escandalizada desde hacía años; lo único que faltaba era que se enterara oficialmente.
Salió del edificio y caminó sin prisa hacia el malecón. Era el mismo sitio donde, en el primer año de matrimonio, ella y Javier paseaban soñando en grande, cuando todo parecía alcanzable y Norma aún fingía cordialidad. El río avanzaba opaco, sereno, como si nada pudiera alterarlo. A lo lejos, detrás del puente, se oyó el traqueteo de un tranvía.
No pensaba en su exmarido ni en su exsuegra. Su mente volvía, una y otra vez, al hombre corpulento que había estado en la sala de juntas: Carlos Aguilar, así lo habían presentado. Había algo en su manera de observar que no encajaba. Demasiado atento a los movimientos internos. Demasiado preciso al preguntar qué jefes seguirían y cuáles no.
Una fábrica no se sostiene solo con balances y proyecciones. Está hecha de personas, de contratos, de acuerdos invisibles. Y era evidente que alguien prefería que la nueva directora no escarbara demasiado pronto.
Dentro de una semana cruzaría esas rejas ya no como economista.
Y algo la estaría esperando. Lo presentía con la misma claridad con la que el cuerpo anticipa la tormenta cuando cae la presión del aire.
El lunes amaneció despejado. A las ocho en punto, Mariana se presentó en la entrada principal. Pedro Romero, el vigilante de siempre —canoso, meticuloso, testigo de cada turno durante décadas— la miró como si dudara de lo que veía.
—Ingeniera Mariana… entonces ahora usted es la mera mera, ¿verdad?
—Así es, don Pedro. Ahora me toca a mí.
El hombre carraspeó, acomodó el registro y abrió el torniquete con un gesto casi solemne. Había en aquello algo cómico y entrañable a la vez.
El patio industrial ya estaba en plena actividad: un montacargas arrastraba tarimas con láminas de acero, tres obreros conversaban junto al área de fumadores del segundo taller, y en el fondo retumbaba el zumbido constante de la maquinaria. Mientras avanzaba, Mariana sentía las miradas clavarse en su espalda: sorpresa, curiosidad, franca desconfianza en algunos casos. Mujer. Treinta y dos años. Directora.
No se detuvo. Siguió caminando con la cabeza en alto.
La oficina principal era amplia, pero impersonal. Un escritorio pesado de otra época, archiveros saturados y el retrato oficial del presidente en la pared. Roberto Guerrero, su antecesor, había dejado tres cajas llenas de documentos y una nota breve: «Suerte. La va a necesitar». Mariana la leyó sin cambiar el gesto, la guardó en un cajón y pidió a Silvia Mejía —secretaria desde hacía más de veinte años, mirada aguda y paciencia infinita— el listado completo del equipo directivo.
Silvia cumplió de inmediato. Mientras Mariana revisaba nombres y cargos, sintió cómo la secretaria la analizaba en silencio, con esa discreción de quien ha visto desfilar a varios jefes y sabe que el tiempo revela más que cualquier discurso.
El primero en aparecer fue Ramón Vargas, subdirector de producción. Pasaba de los sesenta, robusto, manos siempre hundidas en los bolsillos y una cadencia al hablar que obligaba al interlocutor a esperarlo, como si cada palabra tuviera peso específico.
—Mariana Jiménez —dijo, tomando asiento sin invitación—. Me alegra su nombramiento, por supuesto. Pero usted sabe que esta planta tiene sus propias reglas. Aquí se necesita experiencia en línea de producción.
—Y usted la tiene, ingeniero Vargas —contestó ella con calma—. Por eso continuará en su puesto. Por ahora.
El “por ahora” fue casi un susurro. Aun así, él lo captó. Enderezó apenas los hombros y salió con una cortesía que no lograba ocultar el desafío implícito.
Javier apareció cerca de las nueve y media. Asomó la cabeza por la puerta como si pasara por casualidad, aunque en esa fábrica las casualidades habían dejado de existir hacía tiempo.
Llevaban una semana sin verse. Él lucía igual que siempre: pulcro, ligeramente desorientado, con aquella hendidura en el mentón que antes a ella le parecía adorable.
—¿Vengo a felicitarte o todavía no? —preguntó, intentando sonreír.
—Si te nace, adelante.
Guardó silencio unos segundos y se rascó la nuca, gesto que Mariana conocía de memoria.
—Mi mamá llamó anoche. No sabe que regresaste… no le dije.
—Se enterará —respondió ella sin alterarse—. Tarde o temprano.
Javier asintió y se fue. Así, sin más. Cinco años resumidos en un movimiento de cabeza. Mariana lo vio alejarse y no sintió punzada ni rabia, sino algo más cercano al descanso: como cuando por fin dejas en el suelo una carga que llevabas demasiado tiempo.
La conversación verdaderamente importante ocurrió después de la comida.
Carlos Aguilar llegó sin previo aviso, conduciendo una camioneta negra, acompañado de un joven que sostenía una carpeta. Se presentó como representante del corporativo para asuntos operativos y solicitó media hora.
Mariana consultó el reloj.
—Dispone de veinte minutos —dijo con firmeza, y llamó a Silvia Mejía para que entrara.
