Lucía sintió que un escalofrío le recorría la espalda al escuchar el resto del plan.
—Para cuando se entere, el dinero ya estará en nuestra cuenta —continuaba Alejandro con seguridad—. Diremos que lo hemos invertido en la construcción de un chalet. Le enseñaremos el solar, unos planos bonitos, renders en color… Entre permisos, obras y retrasos, pueden pasar años.
Ella se llevó la mano a la boca para no emitir ni un solo sonido. Aquello no era una simple mentira doméstica ni una discusión familiar. Era algo calculado, frío, casi quirúrgico. No pretendían vender el piso sin más: querían despojarla de todo, dejarla sin nada y cubrirlo con la historia de un supuesto “chalet” que probablemente ni siquiera existía fuera de esa cocina.
“Las deudas…”, recordó de pronto. “Tenemos que saldar lo tuyo.”
Una semana atrás había visto por casualidad una carta del banco dirigida a Pilar Vázquez que alguien había dejado sobre la consola del recibidor. No la abrió; le pareció una intromisión. Ahora, sin embargo, las piezas empezaban a encajar con inquietante claridad. Pilar, siempre tan austera, tan crítica con cualquier gasto ajeno, se había metido en un problema serio. ¿Créditos impagados? ¿Alguna inversión ruinosa? ¿Una estafa? Y para salir a flote, había decidido ofrecer el piso de su nuera como salvavidas.
¿Y Alejandro? Su marido atento, cariñoso, siempre dispuesto a prepararle el desayuno. Había aceptado sin titubear. No solo era un hijo obediente. Era cómplice.
Lucía retrocedió despacio por el pasillo, cuidando que el suelo no crujiera bajo sus pasos, y regresó al dormitorio. El corazón le golpeaba el pecho con tal fuerza que temió que pudieran oírlo desde la cocina. Durante un instante sintió el impulso de irrumpir allí, volcar la mesa y arrojarles a la cara cada palabra que había escuchado. Pero se contuvo.
No. Un estallido no serviría de nada. Se justificarían, maquillarían la verdad, apelarían a los sentimientos. “Lo hacemos por el bien de la familia.” “Estás exagerando.” “Nos has entendido mal.” Alejandro adoptaría su gesto compungido; Pilar se llevaría la mano al pecho. Y ella, con su tendencia a ceder, podría dudar. Incluso perdonar.
Necesitaba serenidad. Sangre fría.
Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo varias veces hasta que el pulso empezó a acompasarse. Querían jugar sucio. Bien. Aceptaría la partida. Pero no bajo sus reglas.
—¿Ya estás despierta, cariño? —Alejandro asomó la cabeza por la puerta con su habitual sonrisa afable. Traía una taza humeante—. Te he preparado café. Con canela, como te gusta.
Lucía lo observó en silencio. ¿Cómo podía sostenerle la mirada con tanta naturalidad sabiendo que, en cuestión de horas, planeaba dejarla sin techo? De pronto ya no vio al hombre con quien se había casado, sino a alguien ajeno, resbaladizo, casi desconocido.
—Gracias —respondió, forzando una mueca que pretendía ser una sonrisa. Él no percibió la tensión; estaba demasiado concentrado en su papel.
Dejó la taza en la mesilla y se sentó a su lado, tomando su mano. La palma le sudaba.
—Ah, por cierto —añadió con tono casual—, he preparado unos documentos para Hacienda. ¿Recuerdas lo de la devolución por el tratamiento dental? El plazo termina pronto. Ya lo he rellenado todo; solo falta tu firma.
Ahí estaba. El primer movimiento.
—Perfecto —dijo ella, soltándose con suavidad para apartarse un mechón de cabello—. Dámelos y los firmo ahora mismo.
Alejandro sonrió con alivio y salió un momento. Regresó enseguida con una carpeta delgada bajo el brazo.
—Mira —explicaba mientras pasaba las hojas—, aquí está la solicitud, aquí el inventario de documentos… Y en esta página —colocó otra hoja encima, cubriendo parcialmente el encabezado— es simplemente la autorización para que el gestor presente todo en tu nombre. Firma abajo y listo.
Lucía tomó el bolígrafo. Bajó la vista hacia el texto. La letra era pequeña, compacta, pero distinguió fragmentos suficientes: “…otorgo poder a Juan Cano para que me represente ante cualquier organismo… con facultad para disponer de bienes inmuebles… percibir cantidades…”
No era ninguna simple autorización fiscal. Aquello era un poder amplio, prácticamente una carta blanca. El formato imitaba el de un poder notarial. ¿Pensaban formalizarlo después? ¿Falsificar una validación? ¿O usar la firma como base para presionarla más adelante?
Fuera cual fuese el plan exacto, la intención resultaba cristalina.
“Da igual el mecanismo”, pensó. “Lo esencial es lo que pretenden hacer.”
Levantó la mirada despacio y clavó los ojos en él.
—Alejandro —dijo con voz serena—, ¿por qué aquí pone «
