María Sanz tomó asiento frente a él, sosteniéndole la mirada sin titubeos.
—¿Sabes qué es lo más sorprendente de todo esto? Que no siento rabia. Ni siquiera rencor. Si te soy sincera… hasta podría darte las gracias.
Miguel Domínguez frunció el ceño, desconcertado.
—Gracias por qué.
—Porque me has obligado a descubrir algo que ignoraba: soy mucho más fuerte de lo que pensaba.
Él carraspeó, incómodo.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Vivir. Aquí. En mi casa.
Pronunció aquellas palabras con una serenidad firme.
—Quizá retome aquello que siempre quise hacer y fui aplazando por miedo o por falta de tiempo. Ahora lo tendré. Tiempo para mí.
—¿Y qué pasa con Adrián? —preguntó él, intentando encontrar un punto débil.
—Adrián Hidalgo tiene veintiún años. Es un hombre hecho y derecho. Sabrá juzgar por sí mismo el comportamiento de cada uno de sus padres.
Miguel se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina.
—María, podemos llegar a un acuerdo… Estoy dispuesto a compensarte económicamente.
Ella lo miró, genuinamente sorprendida.
—¿Compensarme por qué exactamente?
—Por el piso. Por todos estos años juntos.
María arqueó una ceja.
—¿Pretendes comprar mi vivienda para instalar aquí a tu novia?
—No lo digas así…
—¿Y cómo debería decirlo? ¿Me estás ofreciendo dinero para que me quede sin techo por voluntad propia?
La risa que escapó de sus labios fue clara, limpia, sin amargura.
—Lo curioso es que hace unos años habría aceptado. Por lástima. Habría pensado: “Pobrecillo, no lo hizo con mala intención, simplemente se enamoró”. Me habría ido a casa de mi hermana y, para colmo, te habría pedido perdón por no haber sabido retenerte.
Se levantó y se acercó a la ventana.
—Pero ahora entiendo algo distinto: siempre creíste que yo era una tonta cómoda, alguien que aguantaría cualquier cosa.
Giró la cabeza hacia él.
—Te equivocaste.
Miguel tragó saliva.
—Entonces… ¿no piensas marcharte?
—No. Te marchas tú. Hoy. Y únicamente con tus pertenencias personales.
—¿Y si me niego?
María se volvió por completo. En sus ojos no había furia, sino la calma firme de quien por fin reconoce su propio valor.
—Mañana mismo Aitana Pérez sabrá que su “hombre libre” sigue casado. Y también conocerá el plan tan elegante que ideaste para resolver el asunto del piso. ¿Crees que le hará gracia?
El silencio fue su única respuesta.
—Tienes una hora —añadió ella—. A las cinco llegan mis amigas. No me apetece que presencien esta función familiar.
Tomó el pulverizador del alféizar y comenzó a rociar las plantas con movimientos pausados.
La casa quedó envuelta en un silencio denso, roto solo por el siseo del agua y el crujido del suelo bajo los pasos apresurados de Miguel mientras recogía sus cosas.
María sonrió a su violeta favorita.
Lo verdaderamente importante empezaba justo en ese instante.
