Se hizo el silencio entre ambos.
—La escritura está a mi nombre —continuó ella con serenidad—. En aquel momento tú no tenías trabajo fijo; decías que estabas “buscando tu camino”. Para que el banco concediera la hipoteca, necesitaban nóminas, y las únicas que había eran las mías.
Lo miró con calma.
—¿Ahora lo recuerdas?
Miguel Domínguez tragó saliva.
—Pero… nosotros… habíamos quedado en que sería algo de los dos…
—Quedamos en que sería nuestro hogar. Y así fue —replicó María Sanz sin alzar la voz—. Hasta que decidiste que había que repartirlo todo.
Regresó a la mesa, tomó la taza. El café estaba frío, pero aun así bebió un sorbo, como si necesitara ese gesto para marcar el ritmo de la conversación.
—¿Sabes qué? Creo que tienes razón. Tal vez lo mejor sea separarnos.
—¿En serio? —Él se incorporó ligeramente; en su expresión asomó un destello de esperanza, empañado por la inquietud.
—Sí. Y ya que deseas empezar de cero, hagámoslo de manera justa.
Dejó la taza sobre el plato con suavidad.
—Yo me quedo en el piso. Es mío. Tú buscarás otro lugar donde vivir. Por tu cuenta y con tu dinero.
—María, podemos arreglarlo de otra forma, como personas civilizadas…
Ella esbozó una sonrisa leve.
—¿Y esto no es civilizado? Querías libertad. Aquí la tienes, completa.
Miguel se sentó frente a ella. De pronto, su camisa elegante parecía un disfraz ridículo.
—Ahora mismo no tengo ahorros para alquilar nada…
—Y yo no tengo intención de mantenerte —respondió con tranquilidad—. Según tus propias palabras, somos adultos.
—Pensé que podríamos resolverlo sin conflictos…
—Y así lo estamos haciendo. Nadie grita. No hay escenas. Simplemente cada uno asume lo que ha elegido.
Lo observó por primera vez de manera directa.
—Tú querías que me marchara. Al final, eres tú quien se irá. ¿Te parece injusto?
María se levantó y llevó la taza al fregadero. En su móvil parpadeaba la notificación de la compra que había programado el día anterior.
—Necesito tiempo para pensar —murmuró él desde la mesa.
—Tómalo —respondió ella mientras enjuagaba la loza—, pero no demasiado. Esta tarde vienen unas amigas. Preferiría no convertir la visita en un drama familiar.
Miguel se refugió en el dormitorio. Ella alcanzó a oírlo hablar por teléfono, en voz baja y alterada. Cuando llamaron al timbre con la entrega del supermercado, recogió las bolsas y empezó a preparar la comida. Cortaba las verduras con movimientos pausados, casi hipnóticos.
Media hora después, él regresó a la cocina.
—María, quizá hemos sido impulsivos. Deberíamos sentarnos otra vez y reconsiderarlo.
—¿Reconsiderar qué? —preguntó sin apartar la vista de la tabla de cortar—. Tú ya tomaste tu decisión. Yo simplemente estoy de acuerdo.
