Carlos Romero nunca había sido hombre de enfrentamientos; discutir le incomodaba y prefería ceder antes que prolongar un conflicto.
La compra se concretó sin contratiempos. Apenas dos semanas después, María Medina sostenía en la palma de la mano las llaves de su nuevo departamento. Entró despacio, como si temiera que todo fuera un sueño, y recorrió cada habitación vacía imaginando el futuro: en qué rincón iría el sillón, qué tono de azulejo combinaría mejor en el baño, dónde colgarían un espejo amplio que diera más luz al espacio. Carlos la observaba con una sonrisa tranquila, ayudándole a medir paredes con la cinta métrica y haciendo cálculos sobre dónde quedaría mejor el comedor.
—Deberíamos llamar a mis papás para agradecerles otra vez —comentó María, sentándose en el alféizar de la ventana—. Sin su ayuda, seguiríamos ahorrando quién sabe cuántos años más.
—Claro… y también habría que avisarle a mi mamá —añadió Carlos mientras sacaba el celular del bolsillo.
María lo miró con recelo inmediato.
—¿Para qué?
—Pues… porque es mi madre. Me gustaría compartirle la noticia.
Ella estuvo a punto de oponerse, pero se contuvo. No quería iniciar una discusión inútil. Para cuando decidió hablar, Carlos ya estaba marcando.
—Hola, mamá. Te hablo para contarte algo importante… Compramos un departamento. Sí, de tres recámaras, en el centro, ochenta metros cuadrados… Es nuevo… Está a nombre de María, sus papás pusieron casi todo el dinero… No, mamá, sí entiendo… así se dieron las cosas…
María escuchaba solo fragmentos, pero eso bastó para que un mal presentimiento comenzara a crecerle en el pecho. Sandra Domínguez jamás había sido una suegra sencilla. Opinaba de todo, se metía en decisiones que no le correspondían y tenía la firme convicción de que su hijo le debía cada paso que daba. María procuraba mantener cierta distancia, aunque no siempre lo conseguía.
Cuando Carlos colgó, intentó mostrarse despreocupado.
—Mi mamá quiere venir a conocer el departamento. Le dije que el próximo fin de semana.
—Qué maravilla —respondió María con sequedad, sin molestarse en fingir entusiasmo.
Los días siguientes pasaron volando entre entregas de muebles y arreglos menores. Contrataron a unos trabajadores para detalles de pintura, instalaron un refrigerador nuevo y colocaron una mesita con dos sillas en la cocina. El viernes por la noche, Carlos le recordó:
—Mañana viene mi mamá. Trata de ser un poco más amable, ¿sí? Sé que no se llevan perfecto, pero al final es mi madre.
—Yo siempre soy correcta —replicó María, tajante.
El sábado por la mañana, el timbre sonó puntual. María abrió la puerta… y se quedó helada. En el umbral estaba Sandra Domínguez, cargando dos bolsas enormes y otra más a sus pies.
—Buenos días, Marita —saludó con una sonrisa rígida—. ¿Me ayudas con esto, por favor?
Sin entender del todo, María tomó una de las bolsas y se hizo a un lado para dejarla pasar. La suegra entró examinando el lugar con mirada crítica, como si evaluara una propiedad en venta.
—Bueno… no está mal. Aunque yo lo habría distribuido distinto, pero supongo que así funciona.
Carlos salió del baño secándose las manos con una toalla.
—Hola, mamá. ¿Cómo te fue en el camino?
—Bien, hijito. Traje algunas cosas.
María dejó la bolsa en el suelo.
—¿Qué cosas exactamente?
Sandra se irguió, cruzó los brazos y clavó los ojos en ella con determinación.
—Mi hijo me contó que compraron un departamento de tres recámaras en pleno centro. Pues he decidido que aquí voy a vivir yo.
María parpadeó varias veces, convencida de haber escuchado mal.
—¿Cómo dice?
—Me mudaré aquí. Luis Castillo se casa en seis meses, y mi casa será para él y su prometida. Yo necesito dónde quedarme. Este lugar me queda perfecto: céntrico, amplio, cómodo.
El rostro de María se encendió de golpe. Sintió la sangre subirle a la cabeza y apenas logró contener el estallido que le quemaba por dentro mientras giraba lentamente hacia su esposo.
