— El muchacho me dijo que compraste un departamento de tres recámaras en pleno centro. Pues en ese departamento voy a vivir yo sola —declaró la suegra con tono categórico.
María Medina salió del edificio corporativo y caminó hacia su coche. La jornada había sido agotadora: tres reuniones con clientes exigentes, montones de documentos por revisar y el teléfono sonando sin descanso. Llevaba cinco años ejerciendo como abogada en una empresa grande y, aunque el ritmo era extenuante, ya se había acostumbrado a esa dinámica acelerada.
Desde joven había sido independiente y determinada. Mientras estudiaba la carrera, trabajaba medio turno para no depender económicamente de sus padres. Y eso que José Núñez y Norma Domínguez, dueños de una cadena de tiendas de materiales para construcción, podían haberle dado una vida cómoda sin el menor esfuerzo. Sin embargo, María siempre prefirió abrirse camino por cuenta propia y demostrar que podía lograrlo sola.
Tres años atrás se casó con Carlos Romero, programador en una compañía de tecnología. Se conocieron en la fiesta de una empresa a la que ambos fueron invitados por amigos en común. A María le gustó de inmediato la serenidad de Carlos, esa sonrisa tranquila y su capacidad de escuchar con atención. Más adelante descubriría que esa paciencia no solo era con ella, sino con todo el mundo, especialmente con su madre, Sandra Domínguez. Pero al inicio de la relación, ese detalle pasó desapercibido.
Después de la boda, la pareja rentó un departamento de dos recámaras en la periferia de la ciudad. No estaba mal, pero María anhelaba un hogar propio. Desde su primer mes de trabajo comenzó a ahorrar disciplinadamente: cada mes apartaba una tercera parte de su sueldo para el enganche de una futura vivienda. Carlos también guardaba dinero, aunque en menor cantidad. Decía que debía apoyar a su mamá y a su hermano menor, Luis Castillo.

Al cabo de tres años, María había reunido cerca de dos millones de pesos mexicanos. Carlos, en cambio, apenas logró juntar quinientos mil. Ella nunca se lo reprochó; entendía que cada quien tiene prioridades distintas. No obstante, cuando mencionó formalmente la idea de comprar un departamento, José Núñez la sorprendió con una propuesta inesperada.
—Hijita, tu mamá y yo hemos decidido darte tres millones de pesos para que adquieras tu casa —anunció durante la comida del domingo—. Eres nuestra única hija y queremos que vivas como mereces. A tu edad ya no deberías seguir pagando renta.
María se levantó para abrazarlos y no pudo contener las lágrimas de gratitud. Con esa suma, ahora sí era posible aspirar a algo realmente bueno.
La búsqueda duró aproximadamente un mes. Revisó decenas de anuncios, visitó distintas zonas de la ciudad y recorrió incontables edificios hasta que encontró lo que parecía perfecto: un departamento de tres recámaras en un desarrollo nuevo, en el corazón de la ciudad, ochenta metros cuadrados, muy iluminado y con una distribución excelente. El precio era de nueve millones de pesos. El resto podría cubrirse con un crédito hipotecario en condiciones favorables.
—Mira esto, Carlos, está increíble —le dijo, mostrándole las fotos en su celular—. Tres habitaciones, cocina integrada con sala amplia, dos baños. ¿Te imaginas viviendo aquí?
Carlos observó las imágenes con atención y asintió.
—Está padrísimo… pero dime algo, ¿a nombre de quién quedaría la propiedad?
María guardó silencio unos segundos. Esa conversación ya la había ensayado en su mente.
—Carlos, quiero que esté a mi nombre. Entiéndeme… el dinero lo aportaron mis papás; es un regalo que me hicieron a mí. Prefiero que legalmente sea mío. Es una cuestión de seguridad.
Él frunció el ceño.
—¿Entonces yo viviría en tu departamento? ¿Como si fuera un invitado?
—No digas eso, por favor. Eres mi esposo, y sería nuestro hogar. Solo que en los papeles apareceré yo como propietaria. De verdad, es lo más sensato.
Carlos soltó un suspiro largo. Aunque en su expresión se notaba que la decisión no le agradaba del todo, finalmente aceptó y no quiso discutir más el asunto.
