Aunque yo misma ya empezaba a dudar de esas palabras.
Una noche, después de una guardia especialmente pesada, el cansancio pudo más que mi orgullo. Tomé el celular y volví a marcarle a Ricardo Vargas. El tono sonó largo rato. Cuando por fin contestaron, no fue su voz.
—¿Bueno?
Era una mujer.
Sentí que se me helaban las manos.
—Disculpe… ¿se encuentra Ricardo Vargas?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Está bañándose —respondió ella con naturalidad—. ¿Quién lo busca?
No me despedí. Corté de inmediato.
El corazón me latía con tanta fuerza que parecía golpearme las costillas. Me quedé sentada en la orilla de la cama, apretando el teléfono, tratando de entender qué acababa de pasar. Mi mente comenzó a fabricar explicaciones: tal vez una enfermera, una vecina, alguna prima lejana. Pero el tono de aquella mujer… seguro, tranquilo, como si estuviera en su propia casa. Nada en su voz sonaba casual.
Media hora después, Ricardo devolvió la llamada.
—Renata, ¿me marcaste? Dejé el celular en otro cuarto.
—¿Quién contestó? —pregunté, procurando que no se quebrara mi voz.
—Seguro fue un error. Aquí la señal está pésima —respondió apresurado.
Hablaba rápido, atropellándose, como si quisiera terminar cuanto antes. No insistí. Le dije que estaba agotada y colgué.
Esa noche casi no dormí. La angustia me oprimía el pecho, pero aun así me aferraba a la idea de que debía existir una explicación razonable.
Pasó otra semana. Ricardo dejó de llamar por completo.
Entonces tomé una decisión.
Pedí unos días libres en el hospital, preparé una mochilita para Xóchitl Cruz y le dije que iríamos a visitar a su abuela Margarita Ramos. Mi niña se emocionó; durante el camino no dejó de hablar, imaginando la cara que pondría su papá al vernos aparecer sin avisar.
La casa de Margarita nos recibió en un silencio extraño. En el patio había un coche que no reconocí. La reja estaba apenas entornada. Toqué. Nadie respondió. Empujé la puerta y esta se abrió con un chirrido suave.
Y fue entonces cuando escuché voces.
—Tú dijiste que ella no vendría —comentó una mujer, molesta.
—No pensé que se lanzaría así, y menos con la niña —respondió Ricardo.
—¿Piensas explicarle algo o qué?
Me quedé paralizada. Xóchitl apretó mi mano sin comprender.
—Después. Ahora no es momento —murmuró él—. Mamá está en su cuarto.
—¿Cuál mamá? —bufó la mujer—. Está en el centro de rehabilitación desde hace dos semanas.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
Abrí la puerta de golpe y entré al recibidor. Ricardo estaba junto a la mesa de la cocina. A su lado, una mujer alta, morena, de unos treinta y tantos años, vestida con bata.
Al verme, perdió el color.
—Renata… ¿qué haces aquí?
No respondí. Xóchitl se pegó a mi pierna.
—¿Papá? —susurró ella.
La mujer tomó con calma una toalla del perchero, como si actuara en una escena ensayada.
—Así que tú eres —dijo con una sonrisa fría—. La famosa “situación temporal”.
Ricardo se llevó las manos a la cabeza.
—No es lo que parece…
De pronto me invadió una serenidad extraña.
—¿Dónde está Margarita Ramos? —pregunté con voz firme.
Bajó la mirada.
—En un centro de rehabilitación. Tuvo una recaída, pero ahora está estable.
—¿Y por qué mentiste?
—No sabía cómo decirlo.
—¿Y ella quién es?
—Andrea Soto —respondió la mujer sin esperar a que él hablara—. Llevamos un año viéndonos.
Un año.
No grité. No lloré. Simplemente cargué a mi hija en brazos.
—No te fuiste a cuidar a tu madre —dije despacio—. Te viniste con ella.
Ricardo dio un paso hacia mí.
—Renata, escucha. Todo es más complicado. Nos fuimos distanciando, tú siempre trabajando, siempre cansada…
Solté una risa amarga.
—¿Y la solución fue empezar otra relación y desaparecer de la vida de tu hija de siete años?
Andrea cruzó los brazos.
—Él pensaba hablar contigo. Solo estaba buscando el momento adecuado.
—Qué considerado —respondí en voz baja.
Xóchitl temblaba aferrada a mi cuello.
—Mamita, ¿por qué papá está viviendo aquí con esa señora?
