Mi esposo se fue con el pretexto de cuidar a su madre, gravemente enferma. Pasaron treinta días enteros sin una sola visita y casi sin llamadas. La ausencia comenzó a dolerme más de lo que estaba dispuesta a admitir, así que decidí ir hasta allá con mi hija. Pensé que sería buena idea aparecer de sorpresa… pero al llegar, la puerta de la casa estaba entreabierta y, sin querer, terminé escuchando una conversación desde el interior.
Me llamo Renata Mata y trabajo como enfermera en una clínica pública de la ciudad. Mi rutina no es sencilla: turnos nocturnos, jornadas extenuantes y una responsabilidad que pesa incluso cuando intento dormir. Aun así, siempre he sabido por qué hago este esfuerzo. Cada vez que regreso a casa rendida, apenas sosteniéndome en pie, me recibe la sonrisa luminosa de mi pequeña Xóchitl Cruz, de siete años, y todo el cansancio se me borra de golpe.
—¡Mami, mira lo que dibujé hoy en la escuela! —me dice emocionada apenas cruzo la puerta, extendiéndome una hoja donde estamos los tres tomados de la mano.
En sus dibujos siempre aparecemos juntos, riendo, como si el mundo fuera perfecto.
—Está precioso, mi amor. Eres una artista increíble —le respondo, colocando su obra en la pared de la cocina, donde ya hemos formado una especie de mural familiar. Esa pared se convirtió en nuestra galería privada de felicidad.

Ricardo Vargas llevaba un mes fuera. Cuatro semanas sin su risa llenando el departamento, sin su voz por las mañanas. Trabaja como gerente en una aseguradora importante. Nos conocimos en la universidad, cuando apenas comenzábamos la carrera. Desde entonces me pareció un hombre sereno, confiable. Me conquistaron su trato amable, su educación y esa aparente transparencia que tanto valoraba. Durante años me cortejó con flores y cenas sencillas. Cuando por fin nos casamos, después de un largo noviazgo, sentí que había elegido bien. Tras el nacimiento de Xóchitl, hicimos malabares para equilibrar profesión y familia, y más de un vecino nos ponía como ejemplo.
—Los Vargas sí que saben mantener un hogar unido —llegué a escuchar alguna vez.
Y yo lo creía. O al menos eso pensaba.
Si alguna sombra de duda asomaba, la apartaba de inmediato. Prefería no darle espacio. Sin embargo, hace un mes todo cambió de forma abrupta. Ricardo me informó que su madre, Margarita Ramos, estaba muy delicada de salud. Desde que enviudó, años atrás, vivía sola en su casa en Saltillo, a unas tres horas de donde nosotros estamos. Siempre fue una mujer de carácter fuerte, dominante, difícil de tratar; aun así, por respeto a mi esposo, procuré mantener una relación cordial.
El día que me lo dijo, Ricardo tenía el rostro tenso.
—Renata, mi mamá está muy mal. Necesita cuidados constantes. Voy a quedarme con ella un tiempo.
Me tomó por sorpresa.
—¿Por qué no me avisaste antes? —pregunté, intentando conservar la calma—. Podríamos ir los tres. Incluso podríamos contratar a alguien que la ayude. Yo podría pedir vacaciones.
Él evitó mirarme; fijó la vista en cualquier punto que no fuera mis ojos.
—No hace falta. Será algo temporal. A mi mamá no le apetece ver a mucha gente ahora. Yo me encargo.
Su manera de hablar me dejó inquieta. No fue brusco, pero sí distante, como si de pronto se hubiera levantado una barrera invisible entre los dos. Decidí atribuirlo al estrés y al miedo por la salud de Margarita. Lo abracé, le deseé suerte y prometí llamarle a diario.
Los primeros días contestaba sin falta. Sus palabras eran breves, medidas: decía que su madre estaba débil, que la presión se le descontrolaba, pero que todo estaba bajo supervisión. Después las llamadas comenzaron a espaciarse. Los mensajes se volvieron escuetos. A veces pasaba un día entero sin responder, y cuando lo hacía alegaba cansancio o problemas con la señal.
Transcurrió una semana. Luego otra. Y otra más.
Intentaba no imaginar cosas que tal vez no existían, pero dentro de mí crecía una inquietud sorda. Xóchitl empezó a preguntar con mayor frecuencia cuándo regresaría su papá. Yo le sonreía, le acariciaba el cabello y le decía que pronto estaría de vuelta, aunque en el fondo ni yo misma estaba completamente convencida.
