—Que nuestros regalos eran de mercadillo… —sollozó Carmen al fin, incapaz de contener la vergüenza que todavía le quemaba por dentro.
Andrés Herrera cruzó una mirada cargada de amargura con Laura. Después, sin decir palabra, se levantó, fue hasta el viejo aparador del salón y extrajo de uno de los cajones un sobre grande, grueso, tamaño A4.
—Pensábamos aparecer mañana temprano —explicó con calma mientras dejaba el sobre frente a su hija—. Queríamos daros una sorpresa. Que durmierais tranquilos tras la boda, que disfrutarais vuestra primera noche como marido y mujer.
Carmen se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo —respondió él.
Dentro había varios documentos perfectamente ordenados: una escritura de donación, una nota simple del registro y un juego de llaves atado con una cinta.
—Un piso de dos habitaciones —aclaró Andrés—. En una urbanización nueva, ya terminado, listo para entrar a vivir. Tu madre y yo llevábamos años ahorrando. Tu tía Natalia aportó todos sus ahorros. Tu tío Miguel vendió su coche viejo y hasta el garaje para sumar. Toda esta familia de “muertos de hambre”, como nos llaman, puso lo que pudo para que tuvierais un comienzo digno. Para que no anduvierais de alquiler en alquiler. Por eso en los sobres de la boda no había grandes cantidades: todo se convirtió en ladrillos y paredes.
El mundo de Carmen pareció inclinarse. Aquellos a quienes Ricardo y su madre habían despreciado como pobres habían entregado lo último que tenían por ella. Y Ricardo… Ricardo había hipotecado su matrimonio por un préstamo de trescientos mil euros.
—La vivienda está a tu nombre —añadió Laura con firmeza—. Tu padre insistió. Es una donación personal. En caso de divorcio no entra en reparto. Mañana debemos pasar por el notario para formalizarlo correctamente, pero legalmente está blindada.
Carmen alzó la vista. Ya no lloraba.
—Entonces no se divide… —dijo despacio—. Perfecto.
—¿Vas a volver con él? —preguntó Andrés.
—No. —Su respuesta fue seca, definitiva—. Mañana anulamos el matrimonio o lo disolvemos. Me da igual el trámite, lo único que quiero es que sea rápido.
A la mañana siguiente regresó al hotel únicamente para recoger lo que quedaba de sus pertenencias. Ricardo dormía despatarrado sobre la cama. Silvia Vázquez no estaba. Carmen dejó una nota sobre la mesilla: “Acepto el divorcio. Presentaré yo misma los papeles”.
El proceso fue sorprendentemente ágil. Ricardo ni siquiera se presentó en el registro civil; envió a su madre con un poder notarial para vigilar que no hubiera “reclamaciones económicas indebidas”. Carmen firmó en silencio, mirando más allá de Silvia, como si fuera una figura transparente. Para entonces ya vivía en su nuevo piso. Había instalado en la galería un pequeño estudio donde componía elaboradas creaciones con musgo preservado y piedra natural. Sus trabajos empezaban a tener una demanda inesperadamente alta.
Dos semanas se esfumaron como un suspiro. Carmen respiraba libertad por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, intuía que aquella calma no sería eterna. Las noticias vuelan.
Un sábado por la mañana llamaron a su puerta. Tres timbrazos insistentes, con ese ritmo arrogante que reconocería en cualquier parte.
Se asomó por la mirilla.
Allí estaba Ricardo, sosteniendo un enorme ramo de aquellas peonías carísimas que tanto había presumido el día de la boda. Detrás de él, Silvia Vázquez y el inseparable amigo-testigo, Iker Prieto, el mismo con el que se había burlado durante el banquete.
Carmen abrió.
—¡Hola, cariño! —Ricardo sonrió como si nada hubiera ocurrido e intentó avanzar—. No seas así, mujer. Hemos estado pensando… Todos nos exaltamos. Fue el estrés, ya sabes cómo son las bodas.
Silvia asomó la cabeza por encima del hombro de su hijo con una sonrisa tan forzada que resultaba grotesca.
—Carmencita, hija, no guardes rencor —entonó con voz melosa—. No sabíamos nada. La gente comenta que te han regalado un pisito, ¿eh? De dos habitaciones. ¡Qué padres más apañados tienes! Muy calladitos lo tenían.
—Somos una familia —insistió Ricardo, empujando con el hombro para hacerse hueco—. Y en una familia todo se comparte. Habrá que brindar por la casa nueva, ver cómo está. Igual movemos algún mueble. Estaba pensando que una habitación podría servir para mi estudio de streaming…
Durante dos semanas Carmen había canalizado su rabia en el trabajo. Ahora la sentía subirle por el pecho como lava. Recordó la humillación en el hotel. Recordó a su padre hablando del coche vendido de Miguel. Recordó la palabra “lastre”.
—¿Familia? —repitió con una serenidad que helaba—. Dijiste que te arrepentías de casarte conmigo.
—¡Fue un calentón! —replicó él, ya medio dentro del recibidor—. Los amigos se burlaban, el tema del préstamo… Olvídalo. Lo importante es que ahora tenemos dónde vivir. El crédito lo liquidamos enseguida si alquilamos la otra habitación o si mi madre se viene con nosotros y pone su piso en renta…
Una desfachatez infinita, obscena. No habían venido a pedir perdón. Habían venido a ocupar territorio.
