«De acuerdo, entonces eres tú quien se marcha» respondió Carmen sin alterarse, dejando a Diego atónito frente a la ventana

Su indiferencia fue fría, sorprendentemente digna.
Historias

Sin apartar la mirada de Diego Ortega, Carmen Cortés tomó asiento frente a él con una serenidad que resultaba casi desconcertante.

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto? —dijo al cabo—. No siento rabia. Ni siquiera resentimiento. Si te soy sincera… hasta podría darte las gracias.

Él frunció el ceño, desconcertado.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Porque me has obligado a descubrir algo que yo misma ignoraba: soy mucho más fuerte de lo que creía.

Diego tragó saliva antes de preguntar:

—¿Y ahora qué piensas hacer?

—Vivir. Aquí. En mi casa.

Pronunció esas palabras con firmeza, como quien firma un documento irrevocable.

—Tal vez retome aquello que siempre quise intentar y nunca me atreví. Ahora tendré tiempo para mí.

—¿Y Juan Rubio? —replicó él, intentando aferrarse a algo.

—Juan tiene veintiún años. Es adulto. Estoy segura de que sabrá sacar sus propias conclusiones sobre cómo se comporta cada uno de sus padres.

Diego se levantó y comenzó a caminar por la cocina, inquieto.

—Carmen… quizá podamos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a compensarte económicamente…

Ella lo miró con auténtica sorpresa.

—¿Compensarme? ¿Por qué exactamente?

—Por el piso… por los años compartidos.

Carmen esbozó una sonrisa incrédula.

—¿Pretendes comprar mi vivienda para instalar aquí a tu novia?

—No lo plantees así…

—Entonces, ¿cómo debo entenderlo? ¿Me ofreces dinero para que me marche voluntariamente y me quede sin hogar?

Soltó una carcajada limpia, sin rastro de amargura.

—¿Sabes qué? Hace un tiempo habría aceptado. Por compasión hacia ti. Me habría dicho: “Pobre Diego, no lo hizo con maldad, simplemente se enamoró”. Me habría ido a casa de mi hermana y hasta te habría pedido perdón por no haber sabido retenerte.

Se levantó y se acercó a la ventana.

—Pero ahora lo veo claro: siempre pensaste que yo era una mujer cómoda, dócil, capaz de soportarlo todo en silencio.

Se volvió hacia él.

—Y estabas equivocado.

—Entonces… ¿no te irás?

—No. Te vas tú. Hoy mismo. Y solo con tus cosas.

—¿Y si me niego?

Carmen lo sostuvo con una mirada tranquila, la de alguien que por fin ha tomado conciencia de su propia fuerza.

—Mañana mismo Andrea Ortíz sabrá que su “hombre libre” sigue casado. Y también conocerá el plan detallado que habías ideado con respecto al piso. ¿Crees que le agradará?

Diego guardó silencio.

—Tienes una hora —añadió ella con calma—. A las cinco vienen mis amigas. No quiero que presencien el último acto de esta comedia familiar.

Tomó el pulverizador del alféizar y comenzó a rociar las plantas con delicadeza.

La casa quedó envuelta en un silencio denso; solo se oía el leve siseo del agua y el crujido del suelo bajo los pasos apresurados de Diego mientras recogía sus pertenencias.

Carmen sonrió a su violeta favorita.

Lo verdaderamente importante empezaba justo en ese instante.

Vivencia