«De acuerdo, entonces eres tú quien se marcha» respondió Carmen sin alterarse, dejando a Diego atónito frente a la ventana

Su indiferencia fue fría, sorprendentemente digna.
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—¿El piso? —replicó Diego con un gesto tenso—. Lo compramos entre los dos. Lo reformamos, elegimos cada mueble…

Carmen alzó por fin la mirada.

—¿Lo reformamos? ¿Te refieres a las obras que hizo mi padre con sus propias manos, sin cobrar un euro? —su voz no se elevó, pero cada palabra cayó con precisión—. ¿O hablas del mobiliario que pagamos con mi sueldo mientras tú “buscabas tu verdadera vocación”?

—Siempre he trabajado.

—Sí, trabajabas —admitió ella—. Solo que, curiosamente, tu salario desaparecía en tus gastos personales y era yo quien asumía la casa. ¿Recuerdas tu argumento? “Un hombre necesita dinero propio para respetarse a sí mismo”.

Diego guardó silencio.

—También recuerdo cuando dijiste que no estabas preparado para tener hijos. Y más tarde, cuando nació Juan Rubio, confesaste que la paternidad te daba miedo. Ahora, en cambio, vas contando por ahí lo entregado y ejemplar que eres como padre.

—¿Qué tiene que ver todo eso?

—Tiene que ver con que esta decisión no la tomaste ayer. Ni la semana pasada. La llevas madurando mucho tiempo.

Carmen dejó el cuchillo sobre la encimera y se giró completamente hacia él.

—Dime una cosa, Diego: ¿a Andrea Ortíz le gusta este piso? ¿O pensáis buscar algo nuevo?

El color se le fue del rostro.

—¿Andrea? ¿De qué estás hablando?

—De la compañera con la que intercambias mensajes desde hace medio año. Ocho años en tu empresa, sin hijos todavía, aunque le encantaría tenerlos. ¿Me equivoco?

—¿Me has estado espiando?

—No hacía falta. Tú solo te delataste. ¿Recuerdas aquella noche, hace tres semanas? Llegaste eufórico, hablándome de una colega brillante, con un futuro prometedor. Al día siguiente apareciste con una camisa nueva.

Carmen tomó el paño y se secó las manos con calma.

—Y empezaste a ducharte por las mañanas, cuando siempre lo hacías por la noche. Te compraste perfume. Te apuntaste al gimnasio después de diez años sin pisar uno.

—Carmen…

—Ahora incluso entras al baño con el móvil. Antes lo dejabas en cualquier parte sin preocuparte. Y sonríes cada vez que miras la pantalla.

En ese instante, el reloj inteligente de Diego vibró con una notificación. Él miró por reflejo y cubrió la esfera con la mano.

—¿Es Andrea? —preguntó ella con una serenidad casi curiosa.

Diego se dejó caer en una silla.

—Yo no pretendía que esto ocurriera…

—¿No pretendías enamorarte o no pretendías que te descubriera?

—Fue algo que surgió sin buscarlo. Empezamos hablando de trabajo y…

—Y decidiste que lo más práctico era que yo me marchara —lo interrumpió Carmen—. Así tú conservas el piso, tu imagen queda intacta —la esposa se fue por voluntad propia, luego la culpa es suya— y con Andrea puedes empezar una relación sin sombras, limpia ante los demás.

Lo observó unos segundos más, como si terminara de encajar todas las piezas de un rompecabezas que llevaba tiempo armando en silencio.

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