«¿Para cuál familia, Igor?» preguntó Tatyana, acercándose a la ventana mientras la lluvia golpeaba el cristal con rabia

Esta injusticia familiar es intolerable, humillante y triste.
Historias

—También tiene un piso —añadió Paula mientras pasaba a su lado con calma—. Con hipoteca. Por cierto, ¿cómo van las cuotas?

La respuesta era evidente: iban fatal.

Mario Iglesias seguía sin encontrar un empleo estable; encadenaba trabajos esporádicos que apenas cubrían sus propios gastos. Rebeca Lozano, su hermana, se lavó las manos desde el principio: “Tengo hijos que mantener, y además este lío lo habéis montado vosotros”, había sentenciado sin el menor remordimiento. Mientras tanto, el banco llevaba tres meses aplicando intereses de demora y ya había enviado varias notificaciones formales advirtiendo que, si no se regularizaba la situación, ejecutarían la garantía y sacarían la vivienda a subasta.

El divorcio entre Paula y Mario se tramitó con rapidez. No tenían hijos y, en realidad, tampoco bienes que repartir. Salvo las deudas de él, no había nada más que dividir.

Transcurrió un año.

En vísperas de Año Nuevo, Paula paseaba por un centro comercial eligiendo regalos. Su aspecto era radiante: un corte de pelo nuevo que enmarcaba su rostro, una mirada firme, una sonrisa tranquila que ya no necesitaba fingirse. Se detuvo frente al escaparate de una tienda de electrodomésticos, contemplando una cafetera automática de última generación. Se preguntó si no sería buena idea hacerse un obsequio.

—¿Paula?

Se volvió.

Ante ella estaba Mario. Parecía envejecido, con el rostro ajado y los hombros caídos. Llevaba el mismo abrigo que el invierno anterior, solo que ahora mostraba un desgaste evidente en las mangas y el cuello.

—Hola, Mario.

—Hola… Estás… estás estupenda.

—Gracias. Me siento así. ¿Y tú? ¿Cómo está tu madre?

El gesto de Mario se torció, como si hubiera mordido algo amargo.

—El banco se quedó con el piso. Lo subastaron por una miseria. Apenas alcanzó para cubrir el principal; los intereses y las penalizaciones siguen a nombre de mi madre. Le embargan la mitad de la pensión. Y lo que te debe por la sentencia… también lo está pagando ella. Mil euros al mes.

—Lo siento —respondió Paula con cortesía, aunque su tono era distante.

—Ahora vivimos todos en su apartamento de dos habitaciones. Mi madre, yo… y Rebeca con los niños. Se divorció y se mudó con nosotros. Es un caos, no cabe un alfiler. Mi madre no deja de quejarse. Te menciona a cada rato. Dice: “Qué buena era Paula, qué bien vivíamos cuando estaba ella”.

Paula soltó una risa breve.

—¿Ah, sí? ¿Y qué fue de lo de “desagradecida” y “ya te arrepentirás”?

—Bueno… eso se le pasó pronto. Paula… —dio un paso hacia ella, intentando sostenerle la mirada—. ¿Tomamos un café? He cambiado. Trabajo de taxista. El coche no es mío, lo alquilo, pero me esfuerzo. Te echo de menos. Me he dado cuenta de que fui un idiota. ¿Y si empezamos de cero? Podemos alquilar algo pequeño, solo nosotros dos. Sin madres, sin interferencias…

Paula lo observó con atención… y no sintió absolutamente nada. Ni rabia, ni tristeza, ni compasión. Frente a ella solo había un hombre ajeno, impregnado de olor a tabaco barato y a problemas sin resolver.

—No, Mario. No se puede empezar desde el principio cuando una ya ha llegado al final. Yo estoy al final de aquella historia miserable.

—Pero nos quisimos…

—Yo te quise —corrigió ella con serenidad—. Tú querías comodidad. Una mujer que solucionara tus asuntos. ¿Sabes? Hace poco firmé una hipoteca. La mía. A mi nombre. Estoy reformando el piso poco a poco. Y nadie podrá decir que no es mi casa. Nadie meterá allí a su hermana con tres niños. No depender de nadie… eso es una felicidad inmensa.

Mario frunció el ceño.

—Te has vuelto dura.

—He madurado. Es distinto. Adiós, Mario. Y dale recuerdos a tu madre. Dile que le estoy agradecida. Si no hubiera sido tan codiciosa, quizá seguiría pagando su sueño mientras destrozaba mi vida. Sin querer, me hizo libre.

Paula se dio media vuelta. Sus tacones resonaron con decisión sobre el suelo brillante del centro comercial. Finalmente no compró la cafetera. Pensó que sería mejor guardar ese dinero para un viaje. Ese año volaría al mar. Por primera vez en cinco años. Sola. Sin cargas. Plenamente dueña de sí misma.

Mario permaneció inmóvil, observándola alejarse mientras apretaba en el bolsillo un paquete de cigarrillos baratos. Comprendió, con una lucidez tardía, que junto a su madre habían sacrificado a la gallina de los huevos de oro por la ambición de cocinarla en una sola cena.

En casa lo aguardaban los reproches por los platos sin fregar, los llantos de los sobrinos y la eterna insatisfacción de Isabel Santos, que ahora, cada noche, suspiraba ante una vieja fotografía de su exnuera encontrada por azar en un álbum olvidado.

Pero el tiempo no retrocede.

La vida había presentado la factura. Y esa factura debía pagarse íntegramente.

Vivencia