«¿Para cuál familia, Igor?» preguntó Tatyana, acercándose a la ventana mientras la lluvia golpeaba el cristal con rabia

Esta injusticia familiar es intolerable, humillante y triste.
Historias

…Paula Morales está haciendo una reforma estupenda… Es aplicada, lo deja todo reluciente. Cuando terminemos de pagar, ya veremos qué hacemos. ¿Para qué dárselo a Mario Iglesias? No es un hombre de fiar y, además, su mujer… hoy está, mañana quién sabe. Tú, en cambio, con los niños lo necesitarás más; eres madre soltera. Te lo pondré a tu nombre como donación, no te preocupes. Lo importante es que hasta entonces sigan pagando.

La víspera, Paula había intentado convencerse de que había entendido mal. Que una madre no sería capaz de tramar algo así contra su propio hijo, ni una suegra contra la nuera que siempre la trató con respeto sincero. Pero esa mañana, contemplando la espalda indiferente de su marido, todas las piezas encajaron con una claridad dolorosa.

Cerró la aplicación del banco sin realizar la transferencia. Acto seguido abrió otra: una página de reservas de alojamiento.

Diez minutos después regresó al dormitorio.

—Mario.

—¿Qué pasa? ¿Ya lo has enviado? —gruñó él sin apartar la vista del ordenador.

—No.

En la pantalla, el tanque de su videojuego se estrelló contra un muro cuando él perdió el control.

—¿Cómo que no? ¿Ha fallado algo?

—No ha habido ningún error. Simplemente no voy a pagar.

Mario se giró al fin. En su rostro se mezclaban desconcierto y alarma.

—¿Estás bromeando? Paula, mañana es día veinticinco.

—Lo sé perfectamente. Que pague Isabel Santos. La vivienda es suya. O págalo tú. O que lo haga Rebeca Lozano, ya que, según parece, será quien la disfrute cuando todo esté liquidado.

—¿Qué tiene que ver Rebeca en esto? ¿Te has vuelto loca?

—Mucho más de lo que imaginas. Ayer escuché a tu madre hablando con ella. Piensa regalarle el piso en cuanto se salde la hipoteca. Porque Rebeca tiene hijos y tú —cito textualmente— eres “un hombre poco fiable”.

El color abandonó el rostro de Mario y después regresó en manchas rojas de furia.

—¡¿Estabas espiando?!

—Entraba en mi propia casa. Lo oí por casualidad. Pero eso es lo de menos. Lo esencial es que dejo de ser la patrocinadora de vuestra armonía familiar. Me lavo las manos.

—¡Mi madre jamás diría eso! Te lo estás inventando para justificar tu avaricia. ¡Haz la transferencia ahora mismo!

—No. Mañana tengo cita con el dentista. Y este fin de semana me marcho a un balneario. Mis nervios necesitan cuidados.

—¿Un balneario? ¿Has perdido la cabeza? ¿Y la hipoteca?

—No es asunto mío.

Aquella noche estalló en el piso una discusión como nunca antes en sus años de matrimonio. Mario gritaba, daba portazos, la acusaba de traición y de querer dejar a su madre en la calle —aunque Isabel Santos poseía un excelente apartamento de dos habitaciones a su nombre—. Paula, en cambio, guardaba silencio mientras hacía la maleta. No lo recogió todo; solo lo imprescindible para empezar.

—Si cruzas esa puerta, no vuelvas —vociferó él siguiéndola por el pasillo.

—No es tu casa para prohibirme la entrada —respondió ella con serenidad, cerrando la cremallera—. Es de tu madre. Arréglalo con ella.

Esa noche durmió en casa de una amiga. Sentía una punzada amarga en el pecho, pero también una ligereza inesperada, como si por fin se hubiera desprendido de un saco de piedras que llevaba años cargando cuesta arriba.

La mañana siguiente no comenzó con café, sino con el teléfono vibrando. En la pantalla apareció el nombre de su suegra.

—¡Paula! —la voz de Isabel Santos sonaba como cristal hecho añicos—. ¿Qué te crees que estás haciendo? Mario me ha llamado: dice que has retenido el dinero. El banco ha avisado de que no hay fondos suficientes. ¿Pretendes arruinar mi historial crediticio?

—Buenos días, Isabel Santos —contestó Paula, separando ligeramente el móvil de la oreja—. ¿Por qué iba a pagarlo yo? La propiedad es suya. El préstamo también. Hágase cargo usted.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Habíamos llegado a un acuerdo! Vivís ahí, vosotros pagáis.

—El acuerdo era construir un hogar familiar, no financiarle un piso a su hija Rebeca.

Al otro lado se hizo un silencio espeso.

—¿De dónde has sacado eso? —la voz cambió, más baja, más afilada.

—Las paredes oyen. Durante cuatro años fui ingenua. Pero incluso la ingenuidad tiene fecha de caducidad. Voy a solicitar el divorcio. Y en cuanto a su inmueble, páguelo usted misma. Tiene pensión y un abrigo de visón nuevo. Véndalo; le alcanzará para varias cuotas.

—¡Eres una desagradecida! —chilló Isabel Santos—. ¡Te voy a maldecir por esto!

Vivencia