«¿Para cuál familia, Igor?» preguntó Tatyana, acercándose a la ventana mientras la lluvia golpeaba el cristal con rabia

Esta injusticia familiar es intolerable, humillante y triste.
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—Tanja, pásame treinta y cinco mil rublos a mi tarjeta, mañana vence la cuota del banco —soltó Igor sin apartar la vista del portátil, enfrascado otra vez en una absurda batalla de tanques virtuales.

Tatyana se quedó rígida, sujetando la plancha. El vapor escapaba con un silbido constante, cubriendo la tabla con una neblina blanca. Tras unos segundos, dejó el aparato en su base y clavó la mirada en la espalda ancha de su marido, marcada por una camiseta doméstica ya gastada. Aquella escena mensual —el invariable “haz la transferencia”— se repetía desde hacía cuatro años. Sin embargo, en ese martes lluvioso de noviembre, algo dentro de ella se resquebrajó de forma definitiva.

—Igor —dijo en voz baja, procurando que no se notara el temblor—, ¿de verdad no te queda nada? La semana pasada gasté diez mil en la compra y pagué todas las facturas. Del adelanto apenas sobran migajas, y tengo que estirarlo hasta cobrar.

Él chasqueó la lengua con fastidio, se quitó los auriculares y giró la silla hacia ella. Tenía el gesto agraviado de un niño al que le quitan un dulce.

—Tanja, ya lo hablamos. Ahora mismo el trabajo está parado, es temporada baja y no hay encargos. Vivo de comisiones, lo sabes. El banco no va a esperar. A mamá ya le llegó el mensaje de recordatorio. ¿Quieres que la llamen los cobradores? Tiene la tensión por las nubes.

—Claro, tu madre tiene hipertensión… ¿y yo tengo una imprenta en la mesilla de noche? —Tatyana desenchufó la plancha de un tirón—. Llevo cuatro años pagando ese préstamo. Cuatro años destinando el setenta por ciento de mi sueldo a un piso en el que, legalmente, no soy nadie.

—Otra vez con lo mismo —bufó él, poniendo los ojos en blanco—. ¿Hasta cuándo vas a insistir? Lo registramos a nombre de Isabel Santos porque, como jubilada y veterana laboral, le daban intereses más bajos. Hemos ahorrado muchísimo. ¡Es para la familia!

—¿Para cuál familia, Igor? —se acercó a la ventana, donde la lluvia golpeaba el cristal con rabia—. Jurídicamente, esta familia no existe en esta vivienda. Solo hay una propietaria: Isabel Santos. Y luego estamos nosotros, los que financiamos su patrimonio. Mejor dicho, yo. Porque tu “temporada baja” dura todo el año.

—¿Ahora me reprochas el dinero? —su voz se volvió aguda—. Vaya, qué materialista te has vuelto. Yo también he aportado. Hice la reforma. Pegué el papel pintado.

—El papel que compramos con mi prima. Estoy agotada, Igor. Hoy fui al dentista, necesito una corona. Eso cuesta dinero. Y no tengo, porque mañana toca pagar la cuota. Llevo cinco inviernos con el mismo abrigo. Y tu madre presumía la semana pasada de su nuevo abrigo de piel, porque puede ahorrar su pensión… total, sus hijos le cubren la vivienda.

—¡No te pongas a contar el dinero de mi madre! —se levantó de un salto—. Es mezquino. Nos abrió las puertas de su casa y tú…

—¿Nos abrió las puertas de una casa que pago yo? Qué generosidad tan conmovedora.

—Se acabó el drama. Haz la transferencia. No pienso quedar en ridículo mañana si el banco llama a mamá. Y calienta la cena, tengo hambre.

Se colocó de nuevo los auriculares, dejando claro que daba la conversación por terminada. Tatyana observó su nuca y sintió cómo una frialdad densa le invadía el pecho. Amor, paciencia, esperanza… todo se evaporó en un instante, sustituido por una lucidez glacial y calculadora.

Sin decir palabra, salió del salón. Sacó el móvil y abrió la aplicación bancaria. En la cuenta había cuarenta mil rublos: lo justo para cubrir la cuota y que quedara algo para comida. Su dedo se detuvo sobre el botón de enviar.

Entonces recordó la charla que había escuchado por casualidad el día anterior. Isabel Santos había pasado por casa y tomaba té en la cocina mientras Tatyana bajaba a la tienda. Regresó antes de lo previsto y, al abrir la puerta con cuidado, oyó la voz de su suegra. Hablaba por teléfono con su hija mayor, Rebeca Lozano.

—Sí, Rebequita, todo sigue según lo planeado. La hipoteca se está pagando puntualmente. Además, Paula Morales está haciendo una reforma estupenda…

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