«¿Como padre?» repitió ella, avanzando un paso ante la fría indiferencia de Alejandro

Una decisión egoísta, fría y profundamente injusta.
Historias

El comentario de Julia seguía resonando cuando otra pieza encajó en la mente de Claudia.

—¿Has mirado los recibos? —había insistido su amiga—. Eso no es una farmacia, es una joyería.

Claudia recordaba perfectamente la notificación bancaria que apareció semanas atrás en la tablet de Alejandro Suárez, olvidada sobre la mesa del salón. La cifra era demasiado elevada para pasar inadvertida. Cuando ella preguntó, él respondió sin titubear: anticipo para asegurar un nuevo cargamento, trámites, papeleo… palabras técnicas que sonaban convincentes si una quería creer.

—No quiero convertirme en una paranoica celosa —murmuró Claudia aquella tarde.

—Entonces conviértete en alguien que abre los ojos —replicó Julia Ramos con frialdad—. Si aceptas esto sin más, el siguiente paso será instalarla aquí y relegarte a ti al felpudo de la entrada.

Después de que su amiga se marchara, la casa le pareció distinta, como si las paredes hubieran oído demasiado. Claudia caminó de una habitación a otra sin rumbo fijo. Las sospechas que había ido escondiendo en lo más profundo empezaron a ocuparlo todo. Recordó cómo Alejandro dejaba el móvil boca abajo. Cómo se mostraba irritable cada vez que ella preguntaba qué tal había ido la visita a su hija. Y aquel perfume… no olía a hospital ni a colonia infantil, sino a una fragancia intensa, adulta, demasiado sofisticada para una tarde cuidando a una niña enferma.

No fue un arrebato lo que sintió, sino algo más denso: una indignación lenta, oscura. La hería no tanto la traición como el desprecio implícito, la certeza de que la consideraban manejable, cómoda, casi invisible.

Tomó el teléfono, pero no para llamarlo. Sabía dónde estaba la oficina de su empresa. Según él, ese día tendría una breve reunión antes de viajar a primera hora de la mañana siguiente. Sin embargo, el supuesto desplazamiento parecía haberse adelantado: la víspera había mencionado una “urgente preparación de documentos” y salió con prisa.

Se cambió de ropa. Nada de vaqueros manchados de arcilla ni jerséis amplios; eligió un vestido sobrio que marcaba su figura y unos zapatos que resonaban firmes contra el suelo. Pidió un taxi.

En la oficina, una secretaria joven, con expresión nerviosa, le informó de que Alejandro se había marchado al mediodía.

—¿A casa? —preguntó Claudia, manteniendo la compostura.

—No… comentó que tenía un encuentro. Algo importante. Personal.

Claudia conocía la dirección de Andrea Torres. Alejandro jamás la ocultó; al contrario, hacía gala de una supuesta transparencia: “No tengo nada que esconder, voy a ver a mi hija”. El piso estaba en una urbanización exclusiva, al otro extremo de la ciudad. Mientras el taxi avanzaba, Claudia comprendió que no iba en busca de un escándalo. Iba en busca de la verdad, aunque resultara grotesca.

La puerta tardó en abrirse. Durante el trayecto, su determinación no se debilitó; se endureció hasta volverse cortante. Pulsó el timbre una vez más, prolongando el sonido.

El cerrojo giró.

Andrea apareció en el umbral. No llevaba ropa doméstica ni el atuendo práctico de una madre entregada a los cuidados. Vestía un batín de seda color burdeos, suelto, apenas sujeto al cuerpo desnudo. El cabello revuelto, los labios brillantes, como recién besados.

—Vaya… —dijo, arqueando una ceja—. Claudia. No esperábamos visita. Inés está dormida.

—No he venido por Inés —respondió Claudia con voz baja, opaca.

Desde el interior, procedente del baño, surgió Alejandro Suárez. Una toalla le rodeaba la cintura; el pelo, húmedo, goteaba aún. En el pecho se distinguía un arañazo reciente. Se secaba la cara con otra toalla y tarareaba algo sin preocupación.

Al verla, se quedó inmóvil. La tela descendió lentamente de su rostro.

—¿Claudia? —parpadeó—. ¿Qué haces aquí? Te dije que no…

Andrea apoyó el hombro en el marco de la puerta y, con un gesto deliberado, acomodó el batín de modo que dejara al descubierto más piel.

—Alejandro, ocupaos de tu… esposa. Todavía tenemos pendiente hablar del tratamiento de la niña.

La ironía era tan descarada que por un instante Claudia no encontró palabras. Observó al hombre que había considerado su compañero, su sostén. Aquel que proclamaba su rectitud. Frente a ella no había más que un extraño sorprendido en falta, intentando mantener una apariencia de autoridad.

Alejandro reaccionó dando un paso al frente, endureciendo el gesto.

—¿Me estabas vigilando? ¿Has perdido la cabeza? Te dije claramente que te quedaras en casa.

Claudia no gritó. No hizo ningún movimiento brusco. No se abalanzó sobre Andrea. Se limitó a mirarlos con detenimiento, como si quisiera fijar en la memoria cada detalle de aquella escena miserable. En su interior algo se rompió con un sonido seco, definitivo. Y supo que nada volvería a ser como antes.

Vivencia