—…carísimo —remató con dramatismo—. Andrea Núñez, hoy mismo me transfieres tu sueldo. Ya averigüé cuánto ganas, con eso alcanza perfectamente.
Me senté frente a ella sin prisa, notando cómo dentro de mí se activaba ese interés frío y analítico que uso en el hospital. No discuto por impulso ni levanto la voz; prefiero desmontar las cosas con datos.
—¿Qué procedimiento exactamente? —pregunté, sosteniéndole la mirada mientras sus ojos iban de la estufa a la ventana—. ¿Cuál es el diagnóstico puntual? Sabe perfectamente a qué me dedico. Soy médica. Muéstreme los estudios, la historia clínica, las indicaciones. Si el tratamiento es necesario, puedo mover algunos contactos y conseguirle consulta con los mejores especialistas de la ciudad sin que pague un peso.
Carmen Álvarez parpadeó varias veces. Era evidente que no esperaba un interrogatorio tan concreto y sin el menor rastro de compasión.
—¡Ay, por favor! ¿Qué vas a saber tú con tus hospitales públicos y esas dichosas “cuotas gratuitas”? —soltó con desdén—. Ahí lo dejan a uno peor de lo que entra. ¡Y yo no puedo esperar meses! Esto es urgente… es… un desequilibrio energético muy serio. El especialista fue clarísimo: para recuperar mis defensas y estabilizar la presión necesito llevar ciertos metales preciosos y piedras raras a la altura de la cabeza. Es medicina ancestral, avalada por profesores, me dijo.
Hasta ese momento, Alejandro Ruiz había permanecido en silencio, escuchando a su madre con la pantalla de la laptop iluminándole el rostro. Cerró el equipo despacio. La expresión se le endureció.
Yo no pude evitar sonreír, más divertida que indignada ante aquel espectáculo de provincia.
—¿Piedras correctas a la altura de la cabeza? Carmen Álvarez, se lo digo como doctora: en los lóbulos de las orejas no existen interruptores mágicos de longevidad. Hay grasa, cartílago y capilares, nada más. Y lo único que suelen elevar los diamantes es la presión arterial… pero de las vecinas envidiosas. ¿Eso lo leyó en algún folleto gratuito del mercado o su entrañable Patricia Contreras ya le presumió sus nuevas joyas?
Mi suegra se encendió como cerillo. El plan que, sin duda, había ensayado durante días empezaba a desmoronarse.
Porque Patricia Contreras era famosa en toda la colonia por su habilidad para vivir a costa de la ingenuidad ajena. Experta en inventar intrigas y presentarse como víctima, hacía milagros para que otros pagaran sus caprichos. Apenas la semana anterior le había mostrado a Carmen unos aretes deslumbrantes, jactándose de que se los había “arrancado” a su nuera mediante una estrategia muy bien calculada.
—¿Y qué tiene que ver Patricia? —chilló Carmen, traicionándose sola—. ¡Sí, sus hijos sí la consienten! Le compraron unos pendientes de diamantes preciosos y mira, se le quitaron todos los males. En cambio mi propio hijo solo paga paredes de concreto y ya se olvidó de su madre. Yo me desvelé criándote, Alejandro, lo di todo por ti, ¿y ahora me regatean unos cuantos pesos?
Al notar que la culpa no surtía efecto, cambió de máscara con sorprendente rapidez. El enojo desapareció y en su lugar apareció una dulzura empalagosa.
—Andreíta, corazón —canturreó con voz melosa—. No te pido el dinero por capricho. Ayer estuve con el notario. Decidí que la casa de campo en Malinalco la voy a poner a tu nombre. A Alejandro no le interesan huertos ni invernaderos, pero tú eres hacendosa. Me transfieres hoy tu sueldo para mi tratamiento y la próxima semana vamos a firmar. Serás la dueña absoluta de la propiedad.
Casi suelto la carcajada. Ahí estaba el anzuelo clásico que Patricia solía recomendar: prometer herencias, terrenos y escrituras; lograr que la víctima afloje la cartera y luego, cuando llegue el momento de cumplir, siempre surge un “documento extraviado” o una súbita crisis de presión que impide ir con el notario.
Guillermo Mendoza carraspeó con un deje burlón. Dio un largo sorbo a su té y, sin mirarla directamente, habló hacia la oscuridad que se filtraba por la ventana.
—Mire, Carmen… eso que cuenta me recuerda a un caso muy curioso. En el taller donde trabajaba había un mecánico, Ricardo Montoya, que también soñaba con aparentar más de lo que podía sostener… —comenzó con tono pausado, preparando una historia que, por lo visto, no prometía dejar a nadie bien parado.
