«Yo misma iré a ver a tu exmarido. Así que, preciosa, será mejor que vayas pensando en dejar libre el piso» —sentenció la amante con desparpajo

Qué indignante desfachatez, la paz fue usurpada.
Historias

—Qué detalle por tu parte —añadió Laura Galán con una ironía afilada—. Enviar primero a tu perro de caza en vez de llamarme tú mismo. De verdad, todo un ejemplo de delicadeza.

—Sabías perfectamente que ese piso no es tuyo —replicó Carlos Navarro, ignorando el sarcasmo—. Mi madre me lo cedió antes de que nos casáramos. No puedes haberlo olvidado.

—Claro que lo recuerdo —respondió ella de inmediato—. Lo entregó para nuestro matrimonio, para los dos. Después fuiste tú quien desapareció, dejándome aquí con tu hija. Y, si la memoria no me falla, prometiste que no nos tocarías hasta que Sofía Molina terminara el colegio. ¿O tus promesas también caducan?

—No empieces con juramentos pasados de moda. Las cosas cambian —intentó escabullirse él.

—No esquives la pregunta. Lo prometiste —insistió Laura, con la voz firme.

—Sí, lo hice. Pero ahora necesito el apartamento —contestó él con frialdad, como si estuviera hablando de un trámite bancario.

—Eres… un miserable sin principios —se le escapó a ella, aunque enseguida se contuvo—. Resulta repugnante.

—¿Vamos a discutir eternamente o podemos centrarnos en lo importante? —preguntó Carlos con una calma que helaba la sangre.

—Dile a Andrea Amor que no… —empezó Laura, pero él la cortó en seco.

—No metas a Andrea en esto. El piso lo necesito yo. Fue una lástima que ella fuera antes a verte.

—Así que no te atreviste a dar la cara y mandaste a tu emisaria —replicó Laura con amargo desdén.

—Basta de rodeos. Tienes dos semanas para marcharte —sentenció él sin alterarse.

—¿Irme adónde? —explotó ella—. Sabes que no tengo otra vivienda.

—Alquilas algo. Te paso la pensión, y no es poca. Te alcanzará para pagar una renta —respondió con sequedad.

—Eso no se hace, Carlos. Me diste tu palabra —dijo ella, y en su voz se filtró un rastro de súplica que detestó al instante.

—Déjalo ya. No dispongo de otro piso como este. Catorce días son más que suficientes para buscar. ¿Ha quedado claro?

—No, no ha quedado claro. Aquí vive tu hija. Tu hija —remarcó—, a la que no visitas, a la que ni siquiera felicitaste en su cumpleaños. ¿Te acuerdas de eso?

Al otro lado se hizo un silencio espeso. Luego, un suspiro impaciente. Tras unos segundos, Carlos pronunció, impasible:

—Dos semanas.

Y colgó.

Laura dejó el teléfono sobre la mesa y se dejó caer en una silla. Afuera anochecía; dentro de ella, la oscuridad se espesaba todavía más.

La noche fue interminable. Apenas consiguió cerrar los ojos. Las ideas giraban sin descanso: legalmente, el piso pertenecía a Carlos. Él podía exigir que lo desocupara. La pensión ayudaba, sí, pero un alquiler consumiría casi todo. No veía salida.

Al amanecer, una luz gris se filtró entre las cortinas mal corridas, tiñendo la estancia de sombras apagadas. Laura se movía por la cocina como un autómata, preparando el desayuno para su hija. Tenía el rostro pálido y ojeras profundas que delataban la vigilia.

Después de dar de comer a la niña y alistarla para salir a dar un paseo, sonó el timbre. En la puerta estaba Elvira Herrera, la madre de Carlos. A pesar del divorcio, la abuela acudía casi a diario. Adoraba a su nieta: la llevaba al parque, la bañaba, le enseñó a dar sus primeros pasos y ahora compartía con ella dibujos y lecturas.

Elvira observó a Laura con atención, recorriéndola con la mirada.

—¿Qué te ocurre? —preguntó al notar las sombras bajo sus ojos.

Laura respiró hondo antes de responder en voz baja:

—Carlos quiere echarnos.

—Explícate —dijo la mujer mientras alzaba a la pequeña en brazos, la besaba en la mejilla y se dirigía al salón para sentarse con calma en un sillón—. Cuéntame todo, sin saltarte nada.

Laura relató la visita de Andrea Amor, la reclamación del piso, la llamada posterior y la confirmación fría de su exmarido.

—Dos semanas. Solo eso. ¿Adónde voy a ir? —extendió las manos con desesperación—. ¿Y qué hago con todo esto? ¿Lo dejo en la calle?

Elvira inclinó la cabeza. Permaneció unos instantes en silencio y luego se levantó para acercarse a la ventana. Observó a los niños que jugaban en el parque. Cuando regresó, habló con tono contenido:

—Es su derecho. El piso está a su nombre; puede disponer de él como quiera.

—¿Y Sofía Molina? —recordó Laura con amargura.

—No lo sé —admitió la mujer, incómoda—. De verdad, no lo sé.

Se aproximó a la niña y le acarició el cabello con ternura.

—Pero él lo prometió —persistió Laura.

Elvira esbozó una sonrisa amarga.

—Las promesas, hija mía, a veces son tan etéreas como ciertas declaraciones fiscales —comentó mientras observaba el dibujo de la niña y corregía con suavidad un trazo con el lápiz—. Escúchame: no te atormentes más de la cuenta. No tengo idea de qué se trae Carlos entre manos. Hace tiempo que dejó de confiarme sus “brillantes” planes financieros y sus intrigas personales. Sin embargo… —miró de nuevo a la pequeña— hablaré con él.

—Gracias —susurró Laura, aferrándose a esa mínima esperanza.

—Hablaré —repitió Elvira con determinación mientras se dirigía hacia la puerta.

—¿Te marchas ya? —preguntó Laura, incapaz de ocultar la decepción.

—Necesito ordenar mis argumentos antes de enfrentarme a ese genio de las finanzas —respondió la abuela, calzándose—. Sin preparación no hay victoria.

Salió al rellano. La puerta se cerró con un golpe sordo, y Laura quedó sola en el apartamento que quizá pronto dejaría de ser su hogar.

En la calle, el viento otoñal despeinó a Elvira y la obligó a estremecerse. Se detuvo un instante contemplando las hojas secas que giraban en el aire frío. Esa imagen le trajo el recuerdo del día en que murió su esposo, Miguel Ramos.

Los detalles de aquella jornada se habían difuminado, pero aún sentía la angustia de entonces. Carlos tenía apenas dos años. Recordó la sensación de abandono, la impotencia que la asfixiaba, la misma desesperación que ahora veía en los ojos de su nuera. Caminó hasta su coche y se acomodó al volante. El interior conservaba el aroma a lavanda de su perfume favorito.

Mientras miraba la calle casi vacía, evocó también cómo su propia madre le dio la espalda en aquellos tiempos difíciles. La única que le tendió la mano fue Nuria Peña, la madre de su difunto esposo. Permitió que la joven viuda se instalara con el niño en su amplio piso. A su muerte, la vivienda pasó a manos de Elvira.

Abrochó el cinturón, giró la llave y el motor cobró vida.

—No está bien, hijo —murmuró, como si Carlos pudiera oírla—. No es propio de un hombre esconderse tras Andrea Amor. Es cobarde. Muy cobarde.

Arrancó con suavidad. Las calles estaban casi desiertas. Condujo despacio, repasando mentalmente cada posible argumento para la conversación que pensaba tener con su hijo.

Pasaron algunos días. Finalmente, Elvira Herrera decidió visitar de nuevo a su nieta, Sofía Molina. Tocó el timbre y la puerta se abrió casi al instante.

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