—¿Sí? —insistió, ladeando la cabeza con esa sonrisa que ya me sabía de memoria—. Ándale, todos ya se metieron. ¿O te da miedo que la alberca se desborde?
Alguien soltó una risita. Dos, quizá tres personas. El resto prefirió mirar hacia otro lado, como si el comentario se hubiera perdido con la música.
No le seguí el juego. Giré el rostro hacia Paola y retomé la plática, convencida de que, como siempre, si lo ignoraba se cansaría. Soltaría su “broma”, yo guardaría silencio, terminaría la reunión y cada quien a su casa.
Pero Luis Ruiz no se movió. Permaneció detrás de mi camastro. Podía sentir su sombra encima.
Y entonces gritó, con voz lo bastante alta para que todos escucharan:
—¡Gorda estúpida! ¡Métete ya!
No hubo advertencia. Sus dos manos me empujaron con fuerza en la espalda. Yo estaba justo en la orilla, acababa de levantarme para apartarme de él.
El golpe contra el agua me sacudió completo. Cloro en la nariz, ardor en los ojos. La túnica se empapó al instante y me jaló hacia abajo. Salí a la superficie como pude y me aferré al borde. Me zumbaban los oídos. Lo vi arriba, muerto de risa, encogiéndose de hombros.
—¡Era broma!
Dieciocho personas observando. Algunas sonreían incómodas. Otras callaban. Ignacio Domínguez corría desde el asador; Karla Figueroa estaba pálida.
Me incorporé sola. Nadie me ayudó. La tela mojada se me pegaba al cuerpo, el cabello en la frente. Metí la mano al bolsillo: el celular, apagado. Ochenta mil pesos convertidos en trapo húmedo.
Tomé una toalla del camastro más cercano, me cubrí y me sequé el rostro. Las manos no me temblaban. Eso me sorprendió más que el empujón.
—Luis —dije con una calma que no sabía que tenía—. Me aventaste sin mi consentimiento. Acabas de arruinar mi teléfono. Cuesta ochenta mil pesos. Espero la transferencia mañana.
La risa se le congeló medio segundo. Luego volvió a sonreír.
—Vale, no exageres. Fue un chiste. Cómprate otro.
—Mañana —repetí—. Si no, levanto denuncia. Esto no es gracioso. Es agresión.
El silencio cayó pesado. Hasta la música pareció bajar de volumen.
Ignacio ya estaba a mi lado, también empapado; se había lanzado cuando me vio caer, aunque yo ya había salido.
—Nos vamos —dijo. Y por primera vez en siete años no añadió que Luis “no lo había hecho con mala intención”.
En el coche me senté sobre la toalla. El asiento quedó húmedo. Estaba furiosa y, al mismo tiempo, extrañamente serena. No era rabia ardiente; era una frialdad nítida, como una mañana de enero.
Luis no pagó. Ni al día siguiente, ni tres después, ni una semana más tarde. En cambio, le escribió a Ignacio: “Dile a la tuya que deje el drama. Es una broma. Y que agradezca que la aguantamos en nuestras reuniones”.
Ignacio me mostró el mensaje sin decir palabra. Lo leí despacio. Algo adentro no se rompió; se acomodó. Como una palanca que por fin encaja en su sitio.
Una semana después organizamos una cena en casa. Mitad social, mitad negocio. Yo invité a dos posibles socios para la franquicia; Ignacio, a colegas suyos. Luis se autoinvitó. Llamó a Ignacio: “Supe que harán reunión. Caigo con Karla”. Ignacio me preguntó. Le dije que sí, que viniera.
Doce personas alrededor de la mesa larga del comedor. Mi sala. La misma. Cociné durante dos días, no por impresionar a Luis, sino porque entre los invitados estaban Arturo Acosta y Patricia Delgado, dueños de una cadena de cafeterías en Guadalajara interesados en mi modelo. Era una noche clave.
Luis llegó con su camisa de siempre, una botella de vino de dos mil pesos y Karla. Saludó efusivo a Ignacio, a mí apenas me hizo un gesto. La primera hora se comportó. Contó anécdotas de Turquía, elogió los platillos. Por un momento pensé que quizá había entendido el límite.
Me equivoqué.
Al servir el postre —tartaletas con crema de frutos rojos, hechas a mano— se recargó en la silla, copa de vino tinto en la mano, mirada pesada.
—Nuestra Vale no solo cocina increíble —dijo, mirando a Arturo Acosta—, también tiene talento para comer. ¿A poco no, Nacho? Cuéntales cuánto se puede echar en una sentada.
Arturo levantó las cejas. Patricia dejó el tenedor sobre el plato.
Yo estaba al otro extremo de la mesa. Frente a mí, la tartaleta que preparé esa mañana. Cuatro horas en la cocina. Dos días de planeación. Socios potenciales. Mi casa. Mi mesa. Mi trabajo.
Y él, otra vez.
Dentro de mí no hubo explosión. Solo un silencio absoluto, previo a una decisión irrevocable.
Me puse de pie sin prisa. Tomé el teléfono nuevo —pagado de mi bolsillo porque Luis jamás transfirió nada— y busqué un contacto.
—Renata —dije, marcando su número.
