El restaurante que Luis Ruiz había apartado para la ocasión estaba lleno de detalles elegantes: una mesa larguísima vestida con manteles blancos impecables, arreglos discretos y un trío tocando en vivo junto a la ventana. Karla Figueroa estrenaba vestido y, como siempre, permanecía en segundo plano, con esa discreción que parecía parte de su personalidad. Luis, en cambio, ocupaba el centro del escenario. Bronceado, sonrisa perfecta, camisa que —según comentó alguien— le había costado más de treinta mil pesos. Recibía a todos con abrazos efusivos, palmadas sonoras en la espalda de los hombres, besos teatrales en la mano de las mujeres. Encantador, sí… mientras no supieras cómo era en realidad.
Coloqué la caja del pastel en una mesita auxiliar. Levanté la tapa con cuidado. El pastel relucía bajo la luz cálida de las lámparas; los hilos de caramelo reflejaban destellos ámbar. Varias personas se acercaron enseguida, celulares en alto.
—¿Quién hizo esta belleza? —preguntó una mujer con vestido color vino.
—Yo —respondí.
—¿Eres repostera?
—Sí, me dedico a eso.
En ese momento Luis se aproximó. Observó el pastel. Luego me miró a mí.
—Vale —dijo con media sonrisa—, el pastel está impresionante, no lo niego. Pero deberías dejar de gastar tanta crema en los postres y usarla menos contigo, ¿no? —soltó una carcajada y volteó hacia los demás—. A Valentina le fascinan los dulces. Se nota, ¿verdad?
Y me dio una palmada en el hombro, como si fuera una broma inofensiva.
Ahí estaba yo, al lado de un pastel de casi cuatro kilos que me había tomado seis horas de trabajo, bajo la mirada de veinte personas. Algunos desviaron la vista hacia sus copas. Otros fingieron una sonrisa incómoda. Karla examinaba el vino como si encontrara en él algo interesantísimo.
Dentro de mí algo hizo clic. No fue rabia exactamente. Fue más bien como el sonido seco de una cerradura girando.
—Luis —dije con voz serena—, este pastel cuesta doce mil pesos. Invertí seis horas en hacerlo. Acabas de burlarte de la persona que te trajo un regalo hecho a mano. Así que me lo voy a llevar.
Cerré la caja con firmeza.
El silencio fue tan denso que se escuchaba el goteo de agua en la cocina.
—¿Hablas en serio? —parpadeó él.
—Completamente.
Levanté la caja. Pesaba, sí, pero mis manos no temblaron. Caminé hacia la salida sin mirar atrás.
Ignacio Domínguez me alcanzó en el estacionamiento.
—Valentina, espera.
—Te espero en el coche.
—No lo dijo con mala intención. Ya sabes cómo es, él solo…
—Ignacio —apoyé la caja sobre el cofre—. Lleva siete años “solo”. En cada reunión. Delante de todos. Ya no quiero seguir fingiendo que es normal. Vámonos.
Nos fuimos. A la mañana siguiente llevé el pastel a la pastelería. Se vendió en menos de una hora.
Durante el trayecto Ignacio no dijo nada. En casa, finalmente murmuró:
—Se molestó.
—Yo también —contesté.
Esa noche me quedé sola en la cocina, con una taza de té entre las manos. Afuera reinaba el silencio. Pensé que doce mil pesos no eran lo importante. Tampoco las seis horas invertidas. Lo diferente fue que veinte personas me vieron recoger mi regalo y marcharme. No sabía si había hecho lo correcto. Pero tenía la espalda recta. Y eso significaba algo.
Dos semanas después, Luis llamó como si nada hubiera pasado. Invitación a una fiesta en su casa, junto a la alberca. “Pero ahora sin pastel, ¿eh?”, bromeó.
No quería ir. Se lo dije a Ignacio con claridad. Él asintió… y dos días más tarde volvió al tema.
—Vale, van a estar Juan Aguilar y Paola Campos. También Miguel Ramos. Hace siglos que no nos reunimos todos. No te estoy pidiendo que hagas las paces con Luis. Solo acompáñame. Por mí.
Por él. Ocho años haciendo cosas “por él”. Cada cumpleaños, cada fin de semana compartido, cada reunión absurda. Saqué cuentas: en siete años nos habíamos visto con Luis unas sesenta veces. Ocho o diez encuentros por año. Y ni uno solo sin un comentario sobre mi peso, lo que comía, mi cuerpo, mi ropa.
Sesenta reuniones. Sesenta humillaciones. Y yo siempre sonriendo, guardando silencio o escapando al baño. Después Ignacio repetía: “No lo hace con mala intención”.
Fui.
La casa de Luis estaba en las afueras: terreno amplio, jardín impecable, alberca iluminada, zona de asador. Todo elegante, todo caro. Le encantaba presumir lo que había logrado. Camastros blancos, luces bajo el agua, bocinas con música a todo volumen. Éramos dieciocho invitados. A la mitad los conocía; al resto, apenas de vista.
Me puse un traje de baño cerrado y una túnica encima. Talla cincuenta y dos, sí. Soy una mujer grande. Lo sé cada mañana cuando me levanto, me visto y salgo a dirigir cinco pastelerías, a pagar sueldos a treinta y dos empleados. Mi cuerpo es asunto mío. No suyo.
La primera hora transcurrió tranquila. Luis estaba ocupado en el asador, atendiendo a los recién llegados. Yo me quedé en un camastro, con un vaso de limonada, platicando con Paola. A Paola le tengo cariño. También es de complexión robusta y también ha soportado las bromas de Luis, aunque con menos frecuencia; ellos se ven un par de veces al año.
Después él se acercó. Copa en mano, sonrisa amplia, piel dorada por el sol. Se detuvo frente a mí.
—Vale, ¿y tú por qué no te metes a la alberca? El agua está deliciosa.
—No se me antoja —respondí.
—¿Sí? —insistió, ladeando la cabeza con una sonrisa que ya conocía demasiado bien.
