Él ladeó la cabeza, aún sonriendo, como si fuera a rematar la broma.
—Vamos, mujer. Si todo el mundo está dentro. ¿O es que te preocupa que el agua se desborde?
Se oyeron risitas sueltas, dos, quizá tres. El resto fingió no haber escuchado nada.
No le respondí. Giré el cuerpo hacia Lorena Galán y retomé la conversación, convencida de que, si lo ignoraba, terminaría cansándose. Siempre había funcionado así: él soltaba la pulla, yo callaba, la noche avanzaba y cada uno volvía a su casa.
Pero aquella vez no se apartó. Permaneció detrás de mi tumbona. Notaba su presencia como una sombra pegada a la espalda.
Y entonces alzó la voz, buscando público.
—¡Gorda idiota! ¡Métete ya en la piscina!
Sentí el empujón antes de procesar las palabras. Dos manos firmes en la espalda. Yo estaba de pie junto al borde, acababa de incorporarme para alejarme de él.
El golpe contra el agua me cortó la respiración. El cloro me ardió en la nariz. La túnica se empapó al instante y tiró de mí hacia abajo. Logré salir a la superficie y aferrarme al borde. En los oídos solo había un zumbido espeso. Al levantar la vista lo vi arriba, riéndose, abriendo los brazos con teatralidad.
—¡Era una broma!
Dieciocho personas mirando. Algunas carcajadas. Otros, inmóviles. Miguel Domínguez venía corriendo desde la barbacoa. Nuria Núñez tenía el rostro pálido, rígido como una pared recién encalada.
Salí por mi cuenta. No acepté manos. La tela mojada se pegaba al cuerpo, el cabello me caía sobre la frente. En el bolsillo, el teléfono: inservible. Ochenta mil euros convertidos en chatarra húmeda.
Tomé una toalla de la hamaca más cercana y me sequé con calma. Me sorprendió notar que no temblaba.
—Carlos Garrido —dije, mirándolo de frente. Mi voz no vaciló—. Acabas de empujarme sin mi consentimiento. Has destrozado mi móvil. Cuesta ochenta mil euros. Espero la transferencia mañana.
La risa se le congeló medio segundo y luego regresó, forzada.
—Carmen Cortés, no exageres. Ha sido una tontería. Te compras otro y listo.
—Mañana —repetí—. Si no, presentaré denuncia. Esto no es una gracia. Es una agresión.
El silencio cayó de golpe. Incluso la música pareció bajar.
Miguel estaba a mi lado, también mojado; se había lanzado para ayudarme cuando yo ya salía.
—Nos vamos —dijo. Y por primera vez en siete años no añadió ninguna excusa en su defensa.
En el coche me senté sobre la toalla. El asiento absorbía el agua que escurría de mi ropa. Estaba furiosa, sí, pero no era un enfado ardiente; era frío, nítido, como una mañana de enero.
Carlos no pagó. Ni al día siguiente, ni tres días después, ni una semana más tarde. En cambio, escribió a Miguel: “Dile a la tuya que deje el drama. Una broma es una broma. Y que agradezca que la soportamos en nuestras reuniones”.
Miguel me enseñó el mensaje sin decir palabra. Lo leí. Dentro de mí algo no se rompió: se colocó en su sitio, como una pieza que encaja por fin.
Siete días después organizamos una cena en casa. Mitad social, mitad profesional. Yo había invitado a dos posibles socios interesados en mi franquicia; Miguel convocó a algunos compañeros. Carlos se autoinvitó. Llamó: “Me han dicho que montáis algo. Voy con Nuria”. Miguel me preguntó. Contesté que viniera.
Doce personas alrededor de nuestra mesa larga, en el salón de siempre. Cociné durante dos días. No por impresionarlo a él, sino porque entre los invitados estaban Andrés Hernández e Isabel Gallego, propietarios de una cadena de cafeterías en Murcia que estudiaban invertir. Aquella velada era crucial.
Carlos apareció con su camisa habitual, una botella de vino de dos mil euros y Nuria del brazo. Abrazó a Miguel, me saludó con un gesto y se sentó. La primera hora fue impecable: bromas ligeras, historias de Turquía, elogios a la comida. Incluso pensé que quizá el incidente de la piscina le había servido de lección.
Me equivoqué.
Al llegar el postre —unas tartaletas de crema de frutos rojos que había preparado a mano— se reclinó en la silla, copa de vino en la mano, mirada turbia.
—Carmen no solo cocina de maravilla —dijo, dirigiéndose a Andrés Hernández—, también tiene un talento especial para comer. Miguel, ¿les cuentas cuánto puede zamparse de una sentada?
Andrés alzó una ceja. Isabel dejó el tenedor sobre el plato.
Yo estaba al otro extremo de la mesa. Frente a mí, mi propia tartaleta. La crema roja, brillante. Cuatro horas esa mañana en la cocina. Dos días de preparación. Socios potenciales. Mi casa. Mi mesa.
Y él, otra vez.
Por dentro se hizo un silencio absoluto. No era rabia. Era claridad. Esa pausa que precede a una decisión.
Me levanté despacio. Tomé mi teléfono nuevo —ochenta mil euros pagados de mi bolsillo porque Carlos jamás transfirió nada— y marqué.
—Andrea, —
