—Anda ya… Si todo el mundo se está bañando. ¿O es que temes que el agua se desborde cuando entres?
Se escaparon algunas risitas. Dos, quizá tres. El resto fingió no haber oído nada, concentrados de pronto en sus copas o en el humo de la barbacoa.
No le respondí. Giré el cuerpo hacia Sofía Delgado y retomé la conversación como si nada. Pensé que, si lo ignoraba, se cansaría. Siempre era igual: soltaba la pulla, yo callaba, la noche avanzaba y cada cual volvía a su casa.
Pero Carlos León no se movió. Permaneció detrás de mi tumbona. Notaba su sombra sobre la espalda.
Y entonces alzó la voz, lo suficiente para que todos lo escucharan:
—¡Gorda estúpida! ¡Métete ya en la piscina!
No me dio tiempo a reaccionar. Sentí sus dos manos empujándome con fuerza entre los omóplatos. Yo estaba justo al borde, acababa de incorporarme para apartarme de él.
El golpe contra el agua me sacudió entera. El cloro me invadió la nariz. La túnica se empapó al instante y tiró de mí hacia abajo. Salí a la superficie como pude y me aferré al borde. Un zumbido me retumbaba en los oídos. Lo vi arriba, riéndose, encogiéndose de hombros.
—¡Era broma! —decía, divertido.
Dieciocho personas mirando. Algunas sonreían. Otras callaban. Jorge Ortega corría hacia mí desde la barbacoa. Paloma Gómez estaba inmóvil, blanca.
Salí del agua por mi cuenta. Sin ayuda. La tela mojada se me pegaba al cuerpo; el pelo chorreaba sobre la frente. Metí la mano en el bolsillo: el teléfono, muerto. Ochenta mil euros convertidos en un trapo empapado.
Tomé una toalla de la tumbona más cercana. Me sequé la cara. Me sorprendió comprobar que no temblaba.
—Carlos —dije con una calma que no sabía de dónde salía—. Me acabas de empujar sin mi consentimiento. Has destrozado mi móvil. Cuesta ochenta mil euros. Mañana espero la transferencia.
Su risa se cortó un segundo. Solo un segundo. Luego volvió la sonrisa ladeada.
—Marina Pérez, por favor… No exageres. Cómprate otro.
—Mañana —repetí—. O presentaré una denuncia. No ha sido una gracia. Ha sido una agresión.
Se hizo un silencio espeso. Incluso la música pareció bajar de volumen.
Jorge ya estaba a mi lado, empapado también: se había lanzado para ayudarme, aunque yo ya había salido.
—Nos vamos —dijo. Y por primera vez en siete años no añadió que Carlos no lo había hecho con mala intención.
En el coche me senté sobre una toalla. El asiento quedó húmedo. Estaba furiosa, sí, pero no era una rabia ardiente. Era algo frío, nítido, como el aire de enero a primera hora.
Carlos no envió el dinero. Ni al día siguiente, ni tres días después, ni una semana más tarde. Lo que sí hizo fue escribirle a Jorge: “Dile a la tuya que deje el drama. Una broma es una broma. Y que agradezca que la aguante en nuestras reuniones”.
Jorge me mostró el mensaje sin decir palabra. Lo leí. Dentro de mí algo no se rompió; más bien se desplazó, como una palanca que por fin encaja en su sitio.
Una semana después organizamos una cena en casa. Medio social, medio profesional. Yo había invitado a dos posibles socios para mi franquicia; Jorge, a algunos compañeros. Carlos se autoinvitó. Llamó: “Me han dicho que montáis algo. Voy con Paloma”. Jorge me consultó. Contesté que viniera.
Doce personas alrededor de la mesa larga del salón. Nuestra casa. Cociné durante dos días, no para impresionarlo a él, sino porque entre los invitados estaban Antonio Herrera y Susana Peña, propietarios de una cadena de cafeterías en Murcia interesados en mi modelo de negocio. Aquella velada era decisiva.
Carlos apareció con su camisa habitual, una botella de vino de dos mil euros y Paloma del brazo. Abrazó a Jorge, me saludó con un gesto y se sentó. La primera hora se comportó de manera impecable: anécdotas de Turquía, bromas suaves, elogios a la comida. Incluso pensé que quizá lo de la piscina le había servido de lección.
Me equivoqué.
Cuando serví el postre —tartaletas con crema de frutos rojos, hechas a mano—, Carlos se recostó en la silla. Copa de tinto en la mano, mirada aceitosa.
—Por cierto, Marina no solo cocina de maravilla —comentó dirigiéndose a Antonio Herrera—. También tiene un talento especial para comer. Jorge, ¿les cuentas cuánto puede zamparse de una vez?
Antonio arqueó una ceja. Susana dejó el tenedor en el plato.
Yo estaba al otro extremo de la mesa. Delante, mi tartaleta. La crema que había preparado esa misma mañana tras cuatro horas en la cocina. Dos días de trabajo. Mis futuros socios. Mi casa. Mi mesa.
Y otra vez él.
Dentro de mí todo se volvió silencio. No rabia. Silencio. El que precede a una decisión irrevocable.
Me levanté despacio. Cogí el teléfono nuevo —pagado con mis ochenta mil euros, porque Carlos jamás transfirió nada— y marqué.
—Marta Ortíz, —dije.
