No lograba serenarme. Había algo profundamente inquietante en su actitud. Sus ojos, que siempre brillaban con energía, ahora parecían apagados, distantes, como si estuviera en otro lugar. Cuando me abrazó para despedirse, lo hizo con prisa, casi con desesperación; más que un gesto de cariño, fue como si buscara aferrarse a mí unos segundos más, consciente de que la separación sería larga.
—Prométeme que me llamarás si ocurre cualquier cosa —le supliqué, sintiendo cómo la preocupación me quebraba la voz.
—Te lo prometo —murmuró apenas, y antes de que pudiera añadir nada más, se marchó.
El silencio que quedó en la casa resultó abrumador. El aire se volvió denso, difícil de respirar. Mateo Navarro, ajeno a todo, mantenía su alegría habitual y se convirtió en mi único consuelo durante aquella jornada. Jugamos, reímos, intenté contagiarme de su ligereza, pero en el fondo de mi mente seguía creciendo una sombra que no lograba disipar.
Más tarde, cuando decidí deshacer la maleta de Mateo, una sensación helada me recorrió el cuerpo. Aquello no estaba preparado para quince días, como me había dicho Andrea Ramírez. Era equipaje para una ausencia prolongada. Había ropa para distintas estaciones, varios pares de zapatos, sus juguetes favoritos cuidadosamente envueltos e incluso medicamentos.
Cerré la cremallera despacio, tratando de ordenar mis pensamientos, y entonces vi un sobre blanco en el fondo. Lo abrí con manos temblorosas. Dentro había un fajo de billetes, una cantidad muy superior a la que Andrea Ramírez solía llevar encima.
Un escalofrío me atravesó la espalda. ¿Qué estaba ocurriendo realmente? ¿Por qué dejarme dinero? ¿Adónde pensaba ir? Y, sobre todo, ¿por qué no confiarme la verdad? Saqué el teléfono sin pensarlo y marqué su número de inmediato, pero su número no daba señal.
