La llamada no llegó a establecerse. Sin cobertura. Como si el mundo se la hubiera tragado.
Le dejé un mensaje en el buzón; apenas reconocía mi propia voz, quebrada por el pánico:
—Andrea Ramírez, soy mamá. Por favor, contéstame. Necesito saber que estás bien.
Las horas se convirtieron en días interminables y el silencio fue absoluto. Ninguna noticia suya, ni una pista de alguien que supiera dónde estaba. Llamé a la oficina, a sus amistades más cercanas, incluso a aquella compañera con la que compartió piso en la universidad. Nadie la había visto. Era como si se hubiese desvanecido sin dejar rastro.
Mateo Navarro no dejaba de preguntarme cuándo regresaría su madre, y cada vez que lo hacía sentía un nudo insoportable en la garganta. ¿Cómo explicarle algo que ni yo misma comprendía? ¿Qué podía decirle, si estaba tan perdida como él?
Hasta que una mañana el teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció su nombre. El corazón me dio un vuelco y, por un instante, dejé de respirar. Contesté de inmediato.
Cuando su rostro surgió en la videollamada, el alivio me inundó… pero duró apenas unos segundos. Estaba pálida, con ojeras marcadas y una expresión cansada. Sonrió, sí, pero era una sonrisa vacía, sin luz.
—Andrea, ¿dónde estás? ¿Qué está pasando? ¿Te han hecho algo? —pregunté sin poder disimular el temblor.
—Estoy bien, mamá —respondió en voz baja.
Sus palabras intentaban sonar firmes, pero sus ojos contaban otra historia.
—No puedo decirte dónde me encuentro, pero estoy a salvo. De verdad. No te preocupes.
—Eso no es cierto. Te conozco. No eres así. ¿Por qué me ocultas algo? ¿Qué sucede?
Negó lentamente con la cabeza, como si deseara poder hablar y no le estuviera permitido.
—No puedo darte explicaciones. Tuve que irme. Era necesario.
Hizo una pausa y bajó la mirada antes de añadir, casi en un susurro:
—Lo hago por Mateo.
