El sábado, cuando mi hija Andrea Ramírez apareció sin avisar en mi puerta acompañada de su hijo Mateo Navarro, sentí un vuelco extraño, como si el suelo se desplazara bajo mis pies. Ella siempre había sido imprevisible, capaz de presentarse de improviso, pero aquella vez la sorpresa traía consigo algo inquietante.
La vitalidad que normalmente la rodeaba, esa chispa que llenaba cualquier estancia, parecía haberse extinguido. Tenía el rostro descolorido y la mirada apagada, como si librara una batalla silenciosa en su interior. Las líneas de preocupación marcaban su frente con una profundidad que jamás le había visto, y de inmediato comprendí que no se trataba de una visita cualquiera.
—Mamá, necesito pedirte un favor —dijo al fin, con la voz temblorosa.
Dejó a Mateo en el suelo con suavidad. El pequeño torbellino salió disparado hacia el salón sin sospechar la tensión que se estaba formando entre nosotras.
—Claro, hija, dime. ¿Qué ocurre? —pregunté, mientras notaba cómo el corazón me latía con fuerza.

En sus ojos había una tristeza desconocida, una sombra que no supe interpretar, y me invadió la certeza de que no me estaba contando toda la verdad.
Evitando sostenerme la mirada, arrastró una maleta azul por el pasillo hasta dejarla junto a la pared.
—Tengo que hacer un viaje urgente por trabajo. ¿Podrías quedarte con Mateo dos semanas… quizá más tiempo?
—¿Más tiempo? —repetí casi sin voz.
Andrea, que nunca se separaba de su hijo ni un día más de lo imprescindible, ahora hablaba de marcharse durante semanas. Aquello no encajaba.
—¿Y de qué es exactamente ese viaje?
—Es solo trabajo —respondió con excesiva rapidez, jugueteando nerviosa con el asa del bolso—. No te preocupes.
Pero yo no conseguía tranquilizarme; algo en su manera de hablar, en ese temblor apenas contenido, me decía que la historia no estaba completa y que lo que estaba a punto de revelarse cambiaría más de lo que imaginaba.
