«Vaya, Javi, no sabía que te iban las mujeres con curvas» dijo Sergio con sorna al presentarla, arrancando en ella una sonrisa tensa que ocultó siete años de humillación

Siete años soportando agravios, completamente injusto e intolerable.
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El local era amplio, con una mesa larguísima vestida de manteles blancos impecables y un pequeño conjunto de músicos tocando en directo. Ana Gil estrenaba vestido y, fiel a su carácter, permanecía discreta, casi invisible. Sergio Torres, en cambio, ocupaba el centro del escenario sin necesidad de esfuerzo: piel bronceada, sonrisa perfecta, camisa que no bajaba de los 30.000 €, seguridad desbordante. Recibía a cada invitado con abrazos efusivos, palmadas en la espalda a los hombres, besamanos teatrales a las mujeres. Encantador… si uno no lo conocía demasiado.

Coloqué la caja sobre una mesa auxiliar y levanté la tapa. El pastel resplandeció bajo las lámparas; los hilos de caramelo atrapaban la luz y la devolvían en destellos ámbar. Varias personas se acercaron enseguida, móviles en alto.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó una mujer con vestido burdeos.

—Yo —respondí.

—¿Eres pastelera?

—Así es.

En ese momento apareció Sergio. Observó el pastel con detenimiento y luego me miró a mí.

—Carmen Amor —dijo con media sonrisa—, desde luego impresiona. Aunque quizá deberías reservar tanta crema para el pastel y no para ti, ¿no?

Soltó una carcajada y se volvió hacia los demás.

—A Carmen le encantan los dulces. Se nota, ¿verdad?

Y me dio una palmada en el hombro, como si hubiera hecho el comentario más ingenioso de la noche.

Allí estaba yo, junto a un pastel de casi cuatro kilos en el que había invertido seis horas de trabajo, mientras una veintena de personas fingía no saber dónde mirar. Algunos apartaron la vista. Otros esbozaron sonrisas tensas. Ana examinaba el vino en su copa como si fuera un objeto fascinante.

Dentro de mí no estalló nada. Fue algo más seco, más limpio. Como el chasquido de un cerrojo al cerrarse.

—Sergio —dije con absoluta calma—, este pastel cuesta 12.000 €. He dedicado seis horas a prepararlo. Acabas de burlarte de la persona que te ha traído un regalo hecho a mano. Así que me lo llevo.

Bajé la tapa sin prisas.

El silencio se volvió espeso; desde la cocina llegaba el goteo intermitente de un grifo.

—¿Hablas en serio? —parpadeó él.

—Completamente.

Alcé la caja. Pesaba, pero mis manos estaban firmes. Crucé el salón y salí sin mirar atrás.

Javier Cruz me alcanzó en el aparcamiento.

—Carmen, espera.

—Te espero en el coche.

—No lo dijo con mala intención. Es que él…

—Javier —apoyé la caja sobre el capó—, lleva siete años “sin mala intención”. Cada reunión, delante de todos. No pienso seguir actuando como si fuera normal. Vámonos.

Nos fuimos. A la mañana siguiente llevé el pastel a la pastelería; se vendió en menos de una hora.

Durante el trayecto, Javier guardó silencio. Ya en casa comentó:

—Se ha sentido ofendido.

—Yo también —respondí.

Aquella noche me quedé sola en la cocina. Afuera reinaba una calma absoluta. Bebía té y pensaba que 12.000 € no eran lo importante, ni siquiera las seis horas invertidas. Lo verdaderamente distinto había sido recoger mi regalo ante veinte testigos y marcharme. No sabía si había actuado bien, pero caminaba con la espalda recta. Y eso significaba algo.

Dos semanas después, Sergio llamó como si nada hubiera ocurrido. Invitaba a una fiesta en su casa, junto a la piscina. “Pero esta vez sin tartas”, bromeó.

No quería ir. Se lo dije a Javier con claridad. Él asintió. Sin embargo, dos días más tarde volvió sobre el tema.

—Carmen, vendrán Raúl Ramos y Paula Torres. También Daniel Marín. Hace siglos que no coincidimos. No te pido que arregles nada con Sergio. Solo que vayamos. Por mí.

Por él. Ocho años haciendo cosas “por él”: celebraciones, fines de semana compartidos, reuniones absurdas. Hice un cálculo rápido: en siete años habríamos visto a Sergio unas sesenta veces, entre ocho y diez encuentros anuales. Y no recordaba ni uno solo sin un comentario sobre mi peso, mi comida, mi figura o mi ropa.

Sesenta citas. Sesenta humillaciones. Yo sonreía, callaba o me refugiaba en otra habitación. Y después Javier repetía: “No lo hace con maldad”.

Acepté ir.

Sergio tenía una casa impresionante a las afueras: jardín amplio, piscina iluminada, zona de barbacoa. Todo impecable, todo caro. Le encantaba exhibir sus logros. Tumbonas blancas alineadas, música saliendo de altavoces invisibles. Éramos dieciocho invitados; a la mitad los conocía, al resto no.

Me puse un bañador entero y una túnica ligera encima. Talla cincuenta y dos, sí. Soy una mujer grande. Lo sé cada mañana al vestirme, al salir hacia el trabajo, al dirigir cinco pastelerías y pagar el sueldo a treinta y dos empleados. Mi cuerpo es asunto mío, no de él.

La primera hora transcurrió sin incidentes. Sergio estaba ocupado con la parrilla y con caras nuevas. Yo permanecía en una tumbona, con un vaso de limonada, conversando con Paula. A Paula la apreciaba; también tenía curvas y también soportaba las bromas de Sergio, aunque con menos frecuencia porque se veían un par de veces al año.

Al cabo de un rato, él se acercó. Copa en mano, sonrisa perfecta, piel dorada, postura segura.

—Carmen, ¿no vas a meterte en la piscina? El agua está estupenda.

—No me apetece —contesté.

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