«Vaya, Javi, no sabía que te iban las mujeres con curvas» dijo Sergio con sorna al presentarla, arrancando en ella una sonrisa tensa que ocultó siete años de humillación

Siete años soportando agravios, completamente injusto e intolerable.
Historias

—Carmen, mejor no cojas ese plato. Esa ensalada lleva mayonesa, y a ti no te conviene —comentó Sergio Torres sin apartar la vista de la carne que chisporroteaba en la parrilla. Después soltó una risita, satisfecho con su ocurrencia.

Éramos doce alrededor de la mesa, en la terraza de nuestra casa. Era verano. Las brochetas las había preparado yo desde primera hora de la mañana. El adobo seguía una receta que perfeccioné durante tres años, probando especias y proporciones hasta dar con el punto exacto. La ensalada “peligrosa”, por cierto, también era obra mía.

Siete años llevaba soportando aquello. Desde el día en que Javier Cruz me lo presentó. Recuerdo cómo Sergio me examinó de arriba abajo, silbó y le dijo a mi entonces novio: «Vaya, Javi, no sabía que te iban las mujeres con curvas». Yo sonreí. Pensé que era una broma de mal gusto. Solo una broma.

Me equivocaba.

Javier y yo nos casamos hace ocho años. Yo tenía cuarenta; él, treinta y ocho. Ambos veníamos de matrimonios fallidos. Él trabajaba como ingeniero en una oficina de proyectos; yo ya había abierto el segundo local de “Dulce Asunto”, mi red de pastelerías. La levanté desde cero: sin préstamos, sin ayudas familiares. Durante tres años reinvertí cada euro que ganaba. Cuando nos dimos el “sí, quiero” había dos tiendas; hoy son cinco.

Sergio Torres era amigo de Javier desde primaria. Crecieron juntos, hicieron el servicio militar codo con codo, y cada octubre se escapaban a pescar. Para mi marido era casi familia. Yo lo entendía. Por eso aguantaba.

Sergio dirigía una agencia de publicidad llamada “Brisa Media”: diseño de marcas, empaques, campañas digitales. Le iba razonablemente bien, al menos en apariencia. Lo que ignoraba era un detalle esencial. Seis años atrás necesité renovar por completo la imagen de mis pastelerías: nuevo concepto visual, cajas, cartas, rótulos. Mi gerente, Laura Castro, seleccionó tres agencias. Entre ellas estaba “Brisa Media”. Presentaron la mejor propuesta en precio y plazos. Firmé el contrato a través de mi sociedad, “Confitería Plus S.L.”. Laura figuraba como contacto principal. Durante seis años, Sergio trabajó para mi empresa sin saber que quien pagaba sus facturas era la esposa de su mejor amigo.

Cuatro millones ochocientos mil euros anuales. Ese era mi presupuesto para su agencia: rediseño de cartas, campañas estacionales, imagen de nuevos locales, gestión de redes sociales. Cada mes, cuatrocientos mil euros transferidos con puntualidad matemática.

Javier lo sabía. Le pedí que no comentara nada. No quería mezclar amistad con negocios. Y él guardó silencio.

Mientras tanto, Sergio seguía lanzando sus chistes.

Aquella noche, cuando coloqué en la mesa la última fuente —verduras asadas— me senté junto a Javier. Sergio ya repartía vino. Ana Gil, su esposa, estaba enfrente, con la mirada fija en el plato. Siempre hacía lo mismo cuando él empezaba.

—Carmen, deberías adelgazar antes del verano —dijo él, alzando su copa—. ¿Te pones bañador o te escondes bajo el pareo?

Un silencio espeso cayó sobre la mesa. Alguien carraspeó. Javier apoyó la mano en mi rodilla: el gesto de siempre. “No lo hace con mala intención”.

Tomé mi copa y miré a Sergio con calma.

—¿Sabes que tu agencia aún no ha terminado de pagar el crédito del local? —pregunté con tono neutro, como quien comenta el tiempo. Lo sabía porque Laura me mencionó un retraso en las entregas; habían alegado problemas con el alquiler.

Su sonrisa vaciló apenas un segundo.

—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó, girando el vino en la copa—. ¿Te lo contó Javier? Hombre, Javi…

Mi marido no dijo nada.

Apuré el vino. Sergio cambió de tema: fútbol, vacaciones, su coche nuevo. El repertorio habitual. Pensé: no es la primera vez. Sobreviviré.

Cuando todos se marcharon, me quedé fregando platos. Javier se acercó por detrás y me rodeó con los brazos.

—Perdónalo. Es así.

—Ya sé cómo es —respondí—. Pero “ser así” no justifica todo.

Me besó en la nuca y se fue a dormir. Yo seguí ante el fregadero, con el agua caliente resbalando por las manos sin que lograra sentir su calor. Solo notaba cansancio. Siete años escuchando lo mismo. Siete años de disculpas repetidas. Siete años de silencios incómodos alrededor de la mesa.

Un mes más tarde, Sergio llamó para invitarnos a su cumpleaños. Cuarenta y dos.

Preparé una tarta. Tal vez fue una tontería, pero soy pastelera. Tres pisos, cobertura de chocolate brillante y adornos de caramelo. Seis horas de trabajo minucioso: merengue por un lado, relleno por otro, decoración aparte. Pesaba casi cuatro kilos.

Javier llevó la caja hasta el coche con un cuidado casi paternal.

—Es preciosa —dijo—. Sergio va a alucinar.

Y alucinó. Aunque no exactamente como imaginábamos.

Había unas veinte personas. Un restaurante elegante que Sergio Torres había alquilado para celebrar la ocasión.

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