—¿Ay, ya, María! Todos se están metiendo. ¿O te da miedo que el agua se desborde contigo adentro?
Alguien soltó una risita incómoda. Dos, quizá tres personas. El resto prefirió clavar la mirada en sus vasos, como si no hubieran escuchado nada.
No le contesté. Giré hacia Ana y retomé la plática, convencida de que, como tantas otras veces, el momento pasaría solo: él soltaba la pulla, yo la ignoraba y la noche seguía su curso.
Pero Luis Guzmán no se movió. Se quedó detrás de mi camastro. Podía sentir su presencia, su sombra encima de mí.
Y entonces alzó la voz, lo suficiente para que todos lo oyeran:
—¡Órale, gorda tonta! ¡Métete de una vez!
No me dio tiempo de reaccionar. Sentí sus dos manos empujándome con fuerza por la espalda. Yo apenas me había levantado del camastro para apartarme. Estaba al borde.
El golpe contra el agua me sacó el aire. El cloro me quemó la nariz. La túnica se empapó al instante y pesó como si alguien me jalara hacia abajo. Salí a la superficie como pude y me aferré al borde. Me zumbaban los oídos.
Lo vi arriba, riéndose, abriendo los brazos.
—¡Era broma! ¡No exageres!
Dieciocho personas mirando. Algunos con media sonrisa. Otros petrificados. Miguel Romero corría desde el asador. Fernanda Estrada estaba blanca, inmóvil.
Salí sola. Nadie me ayudó. La tela mojada se me pegaba al cuerpo, el cabello chorreando sobre la frente. Metí la mano al bolsillo y sentí el teléfono muerto. Ochenta mil pesos convertidos en basura empapada.
Tomé una toalla del camastro más cercano, me cubrí, me sequé el rostro. Para mi sorpresa, no me temblaban las manos.
—Luis —dije, con una calma que no sabía que tenía—. Acabas de aventarme a la alberca sin mi permiso. Arruinaste mi celular. Costó ochenta mil pesos. Mañana espero la transferencia.
Su risa se apagó apenas un segundo. Luego volvió a sonreír, forzado.
—Ay, María, no seas intensa. Fue juego. Te compras otro y ya.
—Mañana la transferencia —repetí—. Si no, presento denuncia. Esto no es un chiste. Es agresión.
Se hizo un silencio pesado. Hasta la música pareció bajar.
Miguel se colocó a mi lado. También estaba mojado: se había lanzado para ayudarme, pero yo ya estaba fuera.
—Vámonos —dijo. Y por primera vez en siete años no añadió: “no fue su intención”.
En el coche me senté sobre la toalla. El asiento quedó húmedo. Yo también: empapada, furiosa y, al mismo tiempo, fría. No era una rabia explosiva; era una claridad helada, como amanecer de enero.
Luis no pagó. Ni al día siguiente, ni tres después, ni una semana más tarde. En cambio, le escribió a Miguel: “Dile a la tuya que deje el drama. Es una broma. Y que agradezca que la aguantamos en nuestras reuniones”.
Miguel me enseñó el mensaje sin decir palabra. Lo leí despacio. Algo dentro de mí no se rompió; más bien encajó. Como una pieza que por fin cae en su sitio.
Una semana después organizamos una cena en casa. Mitad social, mitad estratégica. Yo invité a dos posibles socios interesados en mi franquicia; Miguel convocó a colegas suyos. Luis se autoinvitó. Llamó a Miguel: “Supe que harán reunión. Caemos Fernanda y yo”. Miguel me preguntó. Respondí que sí, que vinieran.
Doce personas alrededor de la mesa larga de nuestra sala. Mi sala. Cociné durante dos días completos. No para impresionarlo a él, sino porque entre los invitados estaban Raúl Ruiz y Adriana Chávez, dueños de una cadena de cafeterías en Puebla que evaluaban invertir en mi concepto. Esa noche era clave.
Luis llegó con su camisa de siempre, una botella de vino de dos mil pesos y Fernanda del brazo. Saludó efusivo a Miguel, a mí apenas me dio un abrazo ligero. La primera hora fue impecable: contó anécdotas de Turquía, hizo chistes moderados, elogió la comida. Por un instante pensé que quizá había entendido el límite.
Me equivoqué.
Cuando serví el postre —tartaletas con crema de frutos rojos, hechas a mano—, se recargó en la silla con la copa de vino en la mano, los ojos brillosos.
—Oigan, María no solo cocina espectacular —dijo mirando a Raúl—, también tiene un talento especial para comer. ¿Verdad, Miguel? Cuéntales cuánto se puede acabar en una sentada.
Raúl levantó una ceja. Adriana dejó el tenedor sobre el plato.
Yo estaba al otro extremo de la mesa. Frente a mí, la tartaleta perfecta. Cuatro horas preparando la crema esa mañana. Dos días organizando todo. Socios potenciales. Mi casa. Mi mesa.
Y él, otra vez.
Dentro de mí no hubo fuego. Hubo silencio. Ese silencio profundo que antecede a una decisión definitiva.
Me puse de pie con serenidad. Tomé mi teléfono nuevo —el que pagué con mis propios ochenta mil pesos porque Luis jamás transfirió nada— y marqué.
—Natalia, —dije.
