«Tus ojos no están dañados. Hay algo dentro que no te deja ver» dijo Camila, dejando a Javier ofendido y a Luis desconcertado

Increíble injusticia: la riqueza no compró la luz.
Historias

Camila no titubeó esta vez.

Repitió el mismo gesto preciso y espantoso, como si siguiera una coreografía aprendida en sueños.

Del ojo izquierdo de Luis Mendoza extrajo otro Noktürn. Era más grande que el anterior, más oscuro, con un brillo húmedo que reflejaba la luz como aceite sobre agua.

Aquella criatura no dio ningún salto. Permaneció inerte en la palma de Camila, quieta… expectante, como si aguardara una orden.

De pronto, ella lanzó un grito. No era terror lo que la atravesaba, sino dolor.

—Están resguardando algo —exclamó con la voz entrecortada—. Algo muchísimo más grande que el simple miedo a la luz.

Desde el fondo del muro, detrás del piano, comenzó a filtrarse un sonido viscoso: un murmullo que se multiplicaba, como si decenas de cuerpos se desplazaran al mismo tiempo en la oscuridad.

Entonces llegó el olor.

Metálico. Corrompido. Una mezcla insoportable de cables quemados y piedra húmeda.

Javier Romero apoyó la mano sobre la madera del piano y contuvo la respiración. Bajo sus dedos percibió una vibración rítmica, constante… semejante al latido de un corazón atrapado dentro de la pared.

—Están ahí —susurró.

La verdad de los doce años de ceguera de Luis se encontraba justo al otro lado.

En ese instante, las luces del jardín se apagaron. No fue un fallo eléctrico. Una sombra gigantesca cubrió la casona, tragándose el día. La claridad se convirtió en noche en cuestión de segundos.

Los Noktürn habían regresado a su origen.

El nido de la oscuridad

Javier giró hacia los guardias.

—Traigan herramientas. Derriben ese muro. Ahora mismo.

No tardaron ni cinco minutos en abrir la pared interior del salón de música. El yeso cedió y se desplomó con estrépito.

El hedor que salió de la cavidad era casi sólido: moho antiguo mezclado con ese mismo tufo metálico que quemaba la garganta.

En el hueco estrecho los vieron.

Decenas de Noktürn.

Algunos reptaban lentamente entre el material aislante; otros se apiñaban formando una masa negra que palpitaba, como si respirara.

El haz de la linterna de Javier rozó el enjambre. La masa se estremeció y un coro de chillidos agudos, insoportables, inundó la habitación.

—Miren con atención —dijo Camila, sin apartar la vista—. No son simples parásitos del cuerpo.

Se alimentaban del crepúsculo que había creado la ceguera de Luis; eran simbiontes del trauma, criaturas que florecían allí donde los recuerdos se enterraban y el dolor se negaba.

El secreto en el muro

En el centro del nido había algo distinto.

No latía.

No se movía.

No era orgánico.

Camila introdujo la mano sin vacilar entre las criaturas y lo sacó con firmeza.

Era una pequeña caja musical de madera oscura, cubierta de polvo y telarañas.

Javier la reconoció de inmediato.

Había pertenecido a la madre de Luis Mendoza.

Doce años atrás todavía sonaba en aquella casa cada noche, antes de que todo se viniera abajo.

Vivencia