Aquello no era un ser común.
Apenas del tamaño de una uña, lucía una coraza negra que reflejaba la luz como una película de aceite flotando sobre el agua. Podría haber pasado por una garrapata… si no fuera porque su silueta resultaba demasiado simétrica, casi perfecta, como si alguien la hubiera diseñado con regla y compás.
Se retorcía.
Luis Mendoza no lo veía, pero lo percibía con absoluta claridad. No en el ojo, sino detrás de la frente, en lo más profundo de la cabeza… como si un tapón invisible, uno que había cargado desde niño sin saberlo, acabara de desprenderse de golpe.
Javier Romero permanecía rígido, atrapado entre el terror y la incredulidad, incapaz de procesar lo que tenía enfrente.
—¡Seguridad! ¡Atrapen a esa muchacha! —gritó al fin, con la voz quebrada.
Camila Torres ni siquiera parpadeó. Con serenidad abrió la mano.
La diminuta criatura oscura, que comenzaba a resecarse bajo la luz del sol, emitió un chillido tan agudo que casi no se oía, pero vibraba en el aire.
Y entonces saltó.
No hacia Javier.
Cayó directo al piso de mármol.
—No la pisen —ordenó Camila con firmeza—. Si la aplastan aquí, liberará esporas. Se activarán y explotará.
Javier se detuvo en seco. Los guardias, que ya avanzaban, quedaron congelados a varios metros.
El ser se desplazó con una rapidez antinatural, como una mancha que se desliza, buscando la sombra proyectada por el piano. Huía de la claridad; ansiaba la oscuridad.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró Javier, casi sin aire.
—Un Noktürn —respondió Camila, siguiendo el rastro oscuro que iba dejando—. Habitan en lugares donde la luz fue encerrada a la fuerza.
Luis habló entonces. Paradójicamente, el único que no podía ver era quien parecía entenderlo todo.
—No era el único —dijo con voz ronca—. Mi otro ojo… arde. Como si algo todavía se moviera ahí. Como si la luz misma estuviera atrapada.
La comprensión golpeó a Javier como una descarga eléctrica. Si había uno… tenía que haber otro.
Camila corrió hacia el piano, se arrodilló y examinó una diminuta hendidura cerca de la base.
—Aquí hay un nido —susurró—. Ese solo era un explorador. Y no pretendía robarte la vista.
Un escalofrío profundo, helado, recorrió a Javier de pies a cabeza.
—Entonces… ¿qué hacía dentro de él?
Camila levantó la mirada y señaló la cavidad en la pared.
—Custodiaba aquello que te negabas a mirar. Protegía lo que debía permanecer oculto. Y ahora ya lo saben… Si seguimos, los despertaremos a todos.
Javier no dudó. Tal vez la chica era una bruja… o algo peor. Pero era la única persona allí que entendía lo que estaba ocurriendo.
—Saca el otro —dijo, extendiendo la mano hacia ella—. Confío en ti.
