«¿Un mes?» —dijo Marta, atónita al saber que Daniel había decidido alojar a toda su familia en el piso sin consultarla

Una imposición egoísta e intolerable que duele.
Historias

—¿Y yo no estoy cansada? —replicó Teresa Gallego desde el otro lado—. Me pasé diez horas metida en un tren y, mírame, sigo sonriendo.

Bajé la tapa del portátil con más brusquedad de la que pretendía. Las yemas de los dedos me palpitaban por tanto teclear y tenía la espalda rígida, como si me hubieran ajustado tornillos entre los omóplatos. Faltaban veintinueve días para que acabara el mes. Los contaba casi como una condena.

Al tercer día de su estancia, Teresa decidió rediseñar el salón.

Regresé del supermercado cargada con cuatro bolsas —2.300 rublos convertidos en euros que ya ni quería sumar mentalmente— y me encontré con un escenario irreconocible. El sofá atravesaba la habitación en diagonal. El televisor apuntaba hacia la ventana. Mi ficus, al que había cuidado durante tres años, estaba abandonado en el suelo del pasillo, como un mueble más.

—Así respira mejor el espacio —anunció mi suegra con satisfacción—. La energía tiene que circular.

Dejé las bolsas en el suelo.

—Teresa Gallego, Daniel Vázquez y yo colocamos todo así por una razón. Si movemos el sofá, tapa el radiador y esto se va a convertir en un horno.

—Tonterías. Para eso están las ventanas.

Busqué a Daniel con la mirada. Se frotaba el puente de la nariz, su gesto habitual cuando prefería desaparecer.

—Mamá, quizá podríamos dejarlo como estaba… —intentó.

—Daniel Vázquez, tengo cuarenta años más de experiencia que ella.

No discutí. Cogí el ficus y lo devolví a su sitio, junto a la ventana. Después empujé el sofá. Pesaba. Mucho. Empecé sola.

—¿Se puede saber qué haces? —se incorporó Teresa.

—Devolver las cosas a su lugar. Es nuestra casa. Y los muebles se quedan donde decidimos nosotros.

Un silencio espeso llenó la estancia. Teresa miró a su hijo. Daniel contemplaba la pared. Desde el otro cuarto, José Duque cambió de canal como si nada.

—Ya veo cómo es tu mujer —murmuró ella—. Fría. Y yo que solo quería ayudaros.

Se retiró a la cocina haciendo sonar los platos con dramatismo. Moví el sofá sin ayuda. El dolor me punzaba en la espalda, pero Daniel no dio un paso.

Por la noche entró en el dormitorio.

—No hacía falta ponerte así —me dijo en voz baja.

—¿Así cómo?

—Delante de mi madre. Se ha sentido ofendida.

—Ha reorganizado nuestra casa sin preguntarnos.

—Lo hizo con buena intención.

No respondí. Me tumbé de lado. Desde el salón escuché su voz al teléfono con una amiga: “la nuera es un témpano”, “mi Daniel Vázquez lo pasa mal”, “ni un borscht decente sabe preparar”. Siete años oyendo variaciones del mismo discurso. Siete años viendo a mi marido frotarse la nariz y callar.

Al día siguiente Teresa actuó como si nada hubiera ocurrido. Sonreía, ponía la mesa con mis platos y le explicaba a Marcos Morales cómo había “puesto orden” en el piso.

Abrí el frigorífico y me quedé mirando las baldas vacías. La tarde anterior estaba lleno; había comprado provisiones para dos jornadas. En veinticuatro horas, seis adultos arrasaron con todo: dos kilos de pollo, mantequilla, pan, queso, tomates, pepinos, un cartón de leche. 2.300 euros evaporados en un día.

Saqué el móvil y abrí la aplicación de notas. Empecé a anotar cifras.

Para el décimo día ya sabía los números de memoria.

Comida: unos 2.200 euros diarios de media. En diez días, más de 22.000. Al ritmo actual, el mes superaría los 60.000.

Electricidad: la lavadora funcionaba a diario. Antes la poníamos dos veces por semana; ahora eran seis cargas completas.

Agua: el contador giraba como loco. En diez días habíamos gastado lo que Daniel y yo solíamos consumir en mes y medio.

Y además estaba mi tiempo. Cuatro horas al día entre fogones. Cuarenta horas en diez días. Una semana laboral entera dedicada exclusivamente a cocinar.

Marcos y Lucía Castro habían tomado mi despacho como si fuera una habitación de hotel. El colchón inflable seguía extendido en medio. Lucía colgaba su ropa en mi silla de trabajo. Marcos había instalado un altavoz y escuchaba coplas a todo volumen.

Yo trabajaba en la cocina, con el portátil encajado entre la tabla de cortar y un tarro de pepinillos.

El miércoles me llamó un cliente.

—Marta León, ¿cuándo recibiré el informe? Llevo tres días esperando.

—Mañana lo tiene —respondí.

Colgué. En ese momento entró Teresa.

—Marta León, prepara unas albóndigas. A Marcos le encantan con puré.

La miré. Luego miré la pantalla del ordenador.

—Estoy trabajando.

—Eso se hace en un momento. La carne picada está en la nevera.

No estaba. Lo había comprobado por la mañana. Había comprado kilo y medio el día anterior —480 euros— y lo habían devorado en forma de filetes rusos en la cena.

—No queda carne —dije.

—Pues baja a comprar. El supermercado está enfrente.

Cerré el portátil con cuidado. Me levanté. Noté cómo las uñas se clavaban en mis palmas al cerrar los puños.

Esa noche, pese a todo, serví albóndigas recién hechas. Las pagué yo.

Durante la cena, Teresa inició otra conversación.

—Tu suegro y yo estamos ahorrando para reformar el piso —comentó—. Con la pensión es complicado. Daniel Vázquez ayuda, claro, pero es poco.

Levanté la vista.

—¿Poco?

Cada mes, Daniel transfería 15.000 euros a sus padres desde nuestra cuenta común. Lo sabía porque yo llevaba el control de las finanzas familiares.

—¿Qué son 15.000 hoy en día? —dijo ella encogiéndose de hombros—. Ni para cubrir la comida del mes.

Dejé el tenedor sobre el plato. Observé uno por uno: Daniel frotándose la nariz, Marcos masticando sin levantar la cabeza, Lucía estudiando su puré, José Duque carraspeando.

—Hagamos números —propuse.

Las conversaciones cesaron.

—Lleváis diez días viviendo en nuestra casa.

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