—¿Negocio en común? —Manuel soltó una carcajada áspera al otro lado de la línea—. ¿De qué estás hablando, Adriana? Eres una profesora jubilada, ¿qué empresa ni qué nada?
—Invertí dinero. Y conservo los comprobantes.
—¿Comprobantes? —su voz titubeó apenas un segundo—. No digas tonterías. Aquello fueron regalos.
Adriana sintió cómo algo se endurecía dentro de ella.
—Entonces lo aclararemos ante un juez —respondió con una firmeza que ni ella misma se reconoció, y colgó sin despedirse.
El corazón le golpeaba el pecho con violencia. Jamás le había hablado así. Durante treinta y dos años había cedido, había retrocedido, había callado. Siempre. Y, sin embargo, ahora…
—¿De verdad lo he hecho? —murmuró en voz baja.
Una sonrisa leve, casi incrédula, apareció en su rostro por primera vez en muchos días.
Las semanas siguientes transcurrieron envueltas en una especie de neblina. Adriana se dedicó a recopilar papeles, ordenar carpetas, revisar extractos bancarios amarillentos. Visitó varias veces a la abogada y empezó a familiarizarse con términos legales que hasta entonces le resultaban ajenos. En la universidad pidió una excedencia temporal: le era imposible concentrarse en las clases o preparar apuntes con la mente en otra parte.
—Adriana, te estás quedando en los huesos —comentó su compañera Sara León al verla en la sala de profesores—. Deberías comer algo decente.
—No tengo tiempo ahora —respondió ella, cerrando una carpeta repleta de facturas—. Necesito poner todo esto en orden.
Sara bajó la voz.
—Oye… ¿y ese hombre? ¿No te está presionando?
Adriana torció el gesto.
—Por ahora solo llama. Repite que “entre en razón”. Como si la desequilibrada fuera yo, ¿te lo puedes creer?
Aquella misma noche sonó el teléfono. Era su hijo.
—Mamá, me está volviendo loco —la voz de Adrián Guerrero sonaba agotada—. Me llama todos los días para que te convenza.
—¿Y tú qué le dices?
—Que es asunto vuestro. Nada más. Y se enfada.
Adriana suspiró. Adrián siempre había procurado mantenerse al margen de los conflictos entre sus padres. Quizá había sido lo más sensato.
—¿Y tú cómo estás, mamá?
Ella dudó un instante.
—Resistiendo. He encontrado fotos antiguas… ¿recuerdas cuando construimos la casa? Eras pequeño.
—¡Claro! Yo cargaba ladrillos como si fuera un obrero —rió él—. Y papá daba órdenes sin parar.
—Sí… —repuso Adriana con calma—. Y el dinero para los materiales salía íntegramente de mi sueldo.
—¿Cómo dices?
—Cada euro de mi salario iba destinado a la obra. Aún guardo los recibos.
—Pues él asegura que lo pagó todo…
El móvil emitió un pitido: llamada entrante de Manuel. Adriana la rechazó.
—Otra vez —dijo—. Ya es a diario.
—No contestes.
—No lo hago. Pero se presentó aquí ayer.
Apareció sin avisar, plantado en el umbral con aquella mirada autoritaria que durante décadas bastaba para hacerla callar. Antes funcionaba. Ahora no.
—Devuélveme los recibos —exigió.
—No.
—Estás jugando con fuego, Adriana.
—No, Manuel. Has sido tú quien ha jugado conmigo durante treinta y dos años.
Dio un portazo tan fuerte al marcharse que parte del yeso del techo cayó al suelo.
Y hoy había venido ella. Joven, impecablemente arreglada, con una seguridad insolente en los ojos.
—Soy Lorena Amor —se presentó sin esperar invitación—. Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué? —Adriana cruzó los brazos.
—Sobre Manuel. Está destrozado. Si de todos modos vais a divorciaros, ¿qué sentido tiene montar este espectáculo?
—¿Espectáculo?
—Estas reclamaciones… la casa, el dinero…
—Mi dinero —precisó Adriana con serenidad.
Lorena puso los ojos en blanco.
—Vamos, ¿qué dinero va a ser suyo? Manuel es quien llevaba los negocios. Usted solo…
—¿Yo solo qué?
La joven vaciló.
—Bueno… se ocupaba de la casa.
—Llevo más de treinta años dando clases en la universidad.
—¡Da igual! —replicó Lorena, perdiendo la paciencia—. Manuel y yo nos queremos. Usted debería apartarse con dignidad.
Adriana la observó detenidamente.
—¿Cuántos años tienes, Lorena?
—Veintisiete —respondió con desafío.
—A esa edad yo también creía que todo era sencillo —dijo Adriana con una calma inesperada—. Dile a Manuel que nos veremos en el juzgado.
Cuando la puerta se cerró, permaneció largo rato frente al espejo del pasillo. Las arrugas marcaban su piel, algunas hebras blancas asomaban entre el cabello oscuro. No, no competía con aquella muchacha. Y comprendió que esa nunca había sido la cuestión.
—No lucho por juventud —susurró a su reflejo—. Lucho por justicia.
Al caer la tarde la llamó Mercè Alonso.
—Adriana Lozano, ya tengo toda la documentación preparada. Mañana presentamos la demanda.
—¿Tan pronto?
—No hay motivo para retrasarlo. Nuestro caso es sólido. Por cierto, su marido me ha telefoneado.
—¿Y qué pretendía?
—Intentó intimidarme —respondió la abogada con una ligera risa—. No ha tenido éxito. Dígame, ¿está preparada para el juicio?
Adriana guardó silencio unos segundos.
—No —admitió al fin—, pero estoy decidida.
—Eso es lo que importa. Mañana damos el primer paso.
Colgó despacio. Sentía miedo, sí, pero también una claridad nueva, como si después de años caminando a oscuras alguien hubiera abierto una ventana. Sabía que el siguiente tramo no sería fácil, que habría miradas, murmullos y acusaciones. Aun así, por primera vez en mucho tiempo, tenía la certeza de que avanzaba hacia algo que le pertenecía, y estaba dispuesta a defenderlo ante quien hiciera falta.
