«La casa será mía, y el dinero también» dijo Manuel mientras cerraba su maletín; Adriana contuvo el temblor y siguió secando las tazas

Un abandono cobarde e insoportable que destroza.
Historias

—Esa es la actitud correcta —afirmó Mercè Alonso con un leve asentimiento—. Mañana nos vemos en el juzgado.

La sala resultó mucho más modesta de lo que Adriana Lozano había imaginado. No tenía nada de imponente: bancos de madera gastados, una mesa elevada para la jueza y el escudo del Reino de España colgado en la pared. Se aferraba nerviosamente a la correa de su bolso, procurando no cruzar la mirada con Manuel Vázquez, que permanecía sentado enfrente con una seguridad casi insolente.

—Tranquila —murmuró Mercè a su lado—. Lo tenemos bien atado.

—¿Y si se inventa algo? Usted no sabe hasta dónde puede llegar…

—Créame, perfiles como el suyo los veo a diario —respondió la abogada con una sonrisa serena—. Además, ha venido acompañado de Rubén Castillo, el abogado favorito de los empresarios adinerados. Pero ni siquiera él puede torcer los hechos.

La jueza, una mujer de mediana edad con gesto cansado, entró en la sala y tomó asiento.

—Se abre la vista sobre la demanda de reparto de bienes del matrimonio Lozano-Vázquez —anunció mientras revisaba el expediente—. Parte demandante.

Rubén Castillo se levantó.

—Mi representado, Manuel Vázquez, solicita que se desestimen las pretensiones de la demandada. Todos los bienes fueron adquiridos con fondos exclusivamente suyos y figuran inscritos únicamente a su nombre.

Adriana apretó los puños. Aquella afirmación era una burla. Recordó cada euro ahorrado, cada gasto recortado para poder levantar aquella casa. Las horas extra en la universidad, las tutorías añadidas con la excusa de “invertir en nuestro futuro”.

—Parte demandada —indicó la jueza.

—Mi clienta rechaza rotundamente esa versión —intervino Mercè con firmeza—. El patrimonio se constituyó durante el matrimonio, y la señora Lozano contribuyó tanto económicamente como con su trabajo. Disponemos de pruebas documentales y testificales.

Manuel resopló y cuchicheó algo al oído de su abogado. Este asintió con gesto tenso.

—¿Qué pruebas presentan? —preguntó la jueza.

Mercè abrió una carpeta ordenada con meticulosidad.

—Recibos firmados por el señor Vázquez reconociendo la recepción de cantidades entregadas por su esposa para la construcción de la vivienda. Facturas abonadas con la tarjeta personal de la señora Lozano para la compra de materiales. Extractos bancarios que muestran retiradas significativas en efectivo durante el periodo de obra. Y varios testigos.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Manuel poniéndose en pie—. ¿Qué recibos? ¡Ni siquiera recuerdo nada de eso!

—Guarde silencio —lo cortó la jueza con severidad—. Intervendrá cuando se le indique.

La documentación pasó a manos del tribunal. La jueza la examinó detenidamente antes de ordenar:

—Que pase el primer testigo: Adrián Guerrero.

El joven entró visiblemente inquieto.

—Señor Guerrero, ¿puede confirmar que su madre aportó dinero para la construcción de la vivienda familiar?

—Sí —respondió tras tragar saliva—. Era pequeño, pero recuerdo que llevaba sobres con efectivo a la obra. Decía que era su sueldo y que iba destinado a los materiales.

—¡Está mintiendo! —saltó Manuel de nuevo—. Solo intenta protegerla.

—Una interrupción más y ordenaré que lo desalojen —advirtió la jueza sin alzar la voz.

Después comparecieron otros testigos. Silvia Ramos, la vecina, relató cómo Adriana solicitó un préstamo para cubrir el primer pago del terreno. Una compañera de la universidad explicó que Adriana aceptó clases particulares adicionales “para pagar los azulejos del baño”.

Con cada declaración, el semblante de Manuel se ensombrecía más. Rubén Castillo hojeaba sus papeles con creciente nerviosismo.

—Quisiera añadir un documento más —anunció entonces Mercè, extrayendo una hoja amarillenta—. Un poder notarial otorgado por la señora Lozano a favor de su esposo para gestionar la empresa familiar. Y aquí, el extracto bancario que acredita que el capital inicial del negocio se transfirió desde la cuenta de ahorros de mi clienta.

El silencio se hizo denso. Manuel palideció.

—¿De dónde ha salido eso? —susurró entre dientes.

—Del archivo histórico del banco —contestó Mercè con tranquilidad—. Conservan los registros durante décadas.

El tribunal se retiró a deliberar. Adriana permaneció inmóvil, casi sin respirar, incapaz de asimilar que todo estuviera encajando.

—¿Cree que ganaremos? —preguntó en voz baja.

Mercè le guiñó un ojo.

—Esto ya está decidido. La jueza no puede fallar en contra cuando la ley está claramente de nuestro lado.

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