—… y tú echaste a perder tu matrimonio por una mentira.
Iván Montes salió de la casa hecho una furia y manejó directo al departamento de Paola Jiménez. No tocó con delicadeza; prácticamente golpeó la puerta.
Cuando ella abrió, él apenas pudo contenerse.
—Dime la verdad.
Paola cruzó los brazos, fingiendo una calma que no tenía.
—¿Qué verdad?
—¿Estás embarazada?
El silencio de ella fue suficiente respuesta.
Después de unos segundos, Paola puso los ojos en blanco, como si la pregunta le pareciera una molestia.
—No.
Iván se quedó mirándola, incapaz de asimilarlo.
—¿Por qué?
—Porque jamás ibas a dejar a Daniela Ramírez si no te daba un motivo lo bastante fuerte. Y tu mamá nunca me habría aceptado así nada más. Tenía que acelerar las cosas.
—¿Y luego qué pensabas hacer?
—Pues después tendríamos un hijo de verdad. ¿Cuál era el problema?
A Iván se le revolvió el estómago.
Pero el asco que sintió no era únicamente por ella. También era por sí mismo.
Había cambiado a una mujer que estuvo a su lado cuando él no tenía nada, por otra que necesitó inventarse un embarazo para amarrarlo. Había destruido su hogar por una mentira burda, por una ambición disfrazada de amor, por su propia ceguera.
No dijo una palabra más.
Se dio la vuelta y se fue.
Durante horas manejó sin rumbo por la ciudad, pasando avenidas, semáforos y calles que apenas registraba. Al final, sin haberlo planeado, terminó frente al taller de Daniela Ramírez.
Desde la banqueta la vio por la ventana. Estaba rodeada de varios niños que reían mientras pintaban alebrijes de colores encendidos. Ella llevaba el cabello recogido, el mandil manchado de pintura y una luz en el rostro que Iván no le había visto desde antes de casarse.
Daniela se veía feliz.
Feliz sin él.
Iván bajó la mirada.
Por primera vez entendió algo que durante meses se había negado a aceptar: Daniela no había perdido su vida al alejarse de él.
La estaba recuperando.
Paola, en cambio, no estaba dispuesta a desaparecer con las manos vacías.
Sabía que Iván guardaba una tarjeta para emergencias y conocía la contraseña de su computadora. Con una copia de una llave antigua logró entrar a la casa, tomó la tarjeta y descargó varios archivos donde estaban registradas operaciones financieras turbias con las que Iván había ocultado bienes.
Después retiró casi un millón de pesos.
Esa misma noche le marcó.
—Tengo los archivos.
Iván sintió un golpe helado en el pecho.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tenía que hacer. Si no cumples lo que me prometiste, le voy a entregar todo a Daniela, a tu papá y a cualquiera que quiera enterarse.
—¿Me estás extorsionando?
—Llámalo compensación.
Iván tuvo la sensación de que las paredes se le venían encima.
Cuando colgó, Don Salvador Rojas estaba parado detrás de la puerta de su estudio. Había escuchado lo suficiente.
—¿Hasta cuándo vas a seguir convirtiendo una tontería en diez problemas más?
Iván agachó la cabeza.
—Papá…
—Sé lo de las transferencias. Sé lo de los pagarés falsos. Sé lo de Paola. Y ahora ella también tiene parte de las pruebas en tu contra.
—Lo perdí todo.
—No. Todavía puedes perder algo mucho más importante.
Iván levantó la vista, confundido.
—¿Qué?
—La última oportunidad de dejar de ser el hombre en el que te convertiste.
Don Salvador puso una carpeta sobre el escritorio, justo frente a él.
—Aquí está todo lo necesario para demostrar que intentaste engañar a Daniela durante el divorcio. Si me obligas, yo mismo le voy a entregar estos documentos a su abogado.
Iván palideció.
—Soy tu hijo.
—Precisamente por eso te estoy dando una última oportunidad. Firma un acuerdo justo. Reconoce como tuyas las deudas inventadas. Devuelve los bienes que escondiste. Y deja de castigar a una mujer sólo porque tuvo el valor de irse de tu lado.
Iván permaneció callado largo rato.
Al final preguntó, con la voz quebrada:
—¿Y la empresa?
Don Salvador no suavizó la respuesta.
—La empresa no es un premio por portarte como una persona decente.
Esa frase terminó de romper lo poco que quedaba de su orgullo.
Al día siguiente, Paola Jiménez se presentó en las oficinas del Grupo Rojas y armó un escándalo en plena recepción. Gritaba que Iván la había dejado embarazada y abandonada, asegurándose de que todos los empleados la escucharan.
En cuestión de minutos, Don Salvador apareció.
—Ya basta.
Paola alzó la barbilla, desafiante.
—Tengo pruebas de movimientos financieros ilegales de su hijo.
—Y nosotros tenemos pruebas de que usted robó dinero y de que está intentando extorsionarlo.
El color se le fue del rostro.
—No se atreverían.
—Pónganos a prueba.
Don Salvador dio un paso hacia ella, sin levantar la voz.
—La historia del embarazo inventado ya no le sirve de nada. Iván va a declarar sus manejos financieros dentro del proceso de divorcio. Su memoria USB dejó de ser un arma. Ahora sólo tiene dos opciones: devuelve el dinero y desaparece, o dejamos que los abogados se encarguen de lo demás.
Paola miró alrededor.
Nadie la defendió. Nadie dio un paso hacia ella. Ni una sola persona parecía dispuesta a creerle.
Dos días después, mediante un acuerdo, regresó una parte del dinero y salió de sus vidas.
Iván fue quien llamó personalmente al abogado de Daniela Ramírez. Aceptó una división de bienes clara, sin trampas ni documentos fabricados.
Unos meses más tarde, el divorcio quedó firme.
Cuando salieron del edificio después de firmar los últimos papeles, Iván parecía haber envejecido varios años en muy poco tiempo.
—Daniela.
Ella se detuvo.
—Perdóname.
Ya no había arrogancia en su voz. Sólo cansancio.
Daniela lo miró con serenidad.
—Te perdono —respondió—. Pero perdonar no significa volver.
Iván tragó saliva.
—Lo sé.
—Espero que algún día entiendas por qué tuvo que pasar todo esto.
—Creo que ya estoy empezando a entenderlo.
Daniela se fue sin mirar atrás.
No sintió triunfo.
Sintió paz.
Su taller comenzó a crecer mejor de lo que ella misma había imaginado. En pocos meses tuvo que contratar a dos maestras más para ayudarla con los grupos de niños.
Tiempo después abrió cursos para adultos y acondicionó una pequeña galería donde sus alumnos podían exhibir sus trabajos. El espacio se llenó de piezas coloridas, máscaras, alebrijes, barro pintado y cuadros sencillos que, para quienes los habían creado, significaban una segunda oportunidad.
Don Salvador y Doña Teresa Aguilar asistieron a la inauguración.
Él observó las paredes llenas de obras y luego se acercó a Daniela con los ojos brillantes.
—Estoy orgulloso de ti, hija.
Daniela tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar.
Con el tiempo, Iván también empezó a cambiar.
Su padre no le devolvió la dirección de la empresa de inmediato. En lugar de eso, lo puso a trabajar como gerente de una división pequeña, bajo la supervisión de personas que antes habían estado subordinadas a él.
Al principio, Iván protestó.
Después dejó de hacerlo.
Comenzó a llegar temprano al trabajo, visitaba con más frecuencia a sus padres, escuchaba más y hablaba menos.
No porque creyera que con eso iba a recuperar a Daniela Ramírez, sino porque había comprendido que quizá eso jamás sucedería.
