La primera en aferrarse a esa posibilidad fue doña Teresa Aguilar.
Durante años había deseado cargar a un nieto entre los brazos, y el hecho de que Daniela Ramírez nunca hubiera podido darle uno le pesaba más de lo que admitía en voz alta. Por eso, cuando Paola Jiménez apareció a la mañana siguiente con cara de arrepentida y una mansedumbre ensayada, la madre de Iván Montes ya no la miró con el mismo desprecio.
—Me equivoqué —murmuró Paola, llevándose una mano al vientre con teatral delicadeza—. Estoy muy sensible. Son las hormonas, de verdad.
Don Salvador Rojas no se tragó ni una sílaba.
—¿Dónde están sus estudios? —preguntó sin rodeos.
Paola parpadeó.
—Los olvidé.
Daniela, sentada a la mesa del desayuno, escuchó aquello en silencio. No necesitaba oír más. Había algo casi grotesco en la facilidad con la que todos estaban dispuestos a acomodar la realidad alrededor de una mentira conveniente.
Levantó la vista y miró a Iván.
—Acepto el divorcio.
Él soltó una risa seca, cargada de amargura.
—Perfecto. Nada más no regreses llorando cuando te des cuenta de que no tienes nada.
Daniela sostuvo su mirada.
—Para entonces, eso ya no será asunto tuyo.
Subió a la recámara, sacó una maleta del clóset y empezó a guardar lo indispensable. Mientras doblaba ropa y metía algunas cosas personales, tomó una decisión que le atravesó el pecho como aire fresco: iba a recuperar la vida que había dejado arrumbada por ese matrimonio.
Don Salvador la encontró envolviendo con cuidado unos pinceles viejos.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó desde la puerta.
Daniela acarició las cerdas gastadas de uno de ellos.
—Volver a pintar. Quiero abrir un taller, empezar otra vez.
Él entró, dejó una tarjeta bancaria sobre la mesa y la empujó hacia ella.
—Tómalo como un préstamo. Arranca de nuevo.
—No puedo aceptarlo —dijo ella de inmediato.
—Sí puedes. Me lo pagas después —respondió él, con una firmeza que no dejaba espacio para discusión—. Aunque pronto dejes de ser mi nuera, para mí sigues siendo parte de esta familia.
Unos días más tarde, Daniela encontró un local pequeño cerca de Coyoacán. No era lujoso, pero tenía luz, una vitrina amplia y estaba rodeado de cafeterías, escuelas y calles donde pasaban familias todos los días. Pintó las paredes con sus propias manos, compró caballetes, mesas bajitas, bancos de colores y comenzó a anunciar clases de pintura para niños.
Mientras ella reconstruía su futuro con pintura fresca y pinceles nuevos, Iván preparaba algo mucho más oscuro.
Movió inversiones a nombre de un amigo, escondió activos y mandó fabricar pagarés falsos por cantidades millonarias. Su intención era sencilla y cruel: hacer parecer que, durante el matrimonio, había adquirido deudas enormes y que Daniela tendría que cargar con la mitad.
—Cuando se entere de que puede terminar debiendo millones, va a regresar de rodillas —le dijo a Paola.
Ella sonrió, complacida.
Pero Paola también guardaba su propia mentira.
Nunca había estado embarazada.
Su plan consistía en conseguir, con ayuda de una conocida, documentos médicos falsificados y, después de casarse con Iván, embarazarse de verdad lo antes posible. Creía que así nadie podría reclamarle nada. Para ella, la verdad era un detalle incómodo que podía corregirse con tiempo.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que don Salvador ya había ordenado una investigación completa.
Una tarde, su asistente entró a su oficina con una carpeta gruesa bajo el brazo.
—Don Salvador, ya rastreamos los movimientos de dinero de Iván.
—¿Y lo del embarazo?
El hombre colocó varios documentos sobre el escritorio.
—También tenemos respuesta sobre eso.
Don Salvador abrió la carpeta y leyó la primera hoja. Su expresión se endureció poco a poco.
—A Daniela no le digas nada todavía.
Cerró el expediente con calma.
—Quiero que esos dos terminen de cavar su propia tumba.
Porque lo que había dentro de esa carpeta no solo podía derrumbar el plan de Paola. También podía costarle a Iván su empresa, su fortuna y hasta el respeto de la poca familia que le quedaba.
Tres semanas después, Daniela estaba colgando los primeros cuadros en las paredes de su nuevo taller cuando Iván apareció sin avisar.
Se quedó de pie en la entrada, observando los caballetes, las mesitas para niños y las paredes color crema. Su mirada recorrió el lugar como si estuviera evaluando algo que consideraba ridículo.
—¿De verdad crees que vas a vivir de esto?
Daniela no dejó de acomodar el cuadro.
—Buenos días para ti también.
—Regresa a la casa.
Ella giró lentamente.
—¿Perdón?
Iván suspiró, como si acabara de hacerle una concesión generosísima.
—Lo he pensado. Paola ya me tiene harto. Podemos olvidar lo que pasó. Tú vuelves y las cosas quedan como antes.
Daniela lo miró durante varios segundos, tratando de entender si hablaba en serio o si su arrogancia había llegado a un punto absurdo.
—Llevaste a tu amante a una comida familiar, permitiste que me golpeara en la cara y ahora vienes a decirme que estás dispuesto a olvidarlo todo.
Él frunció el ceño.
—Estoy intentando arreglar las cosas.
—No. Estás intentando recuperar la comodidad que perdiste.
La frase le pegó donde más le dolía.
Iván cambió el tono. Su voz se volvió fría.
—Entonces nos veremos en el divorcio. Pero te conviene recordar algo: tengo deudas por más de doce millones de pesos. Si se adquirieron durante nuestro matrimonio, tal vez la mitad te caiga encima.
Por primera vez en mucho tiempo, Daniela sintió miedo.
No permitió que se le notara.
—Mi abogado va a revisar peso por peso.
Iván se marchó convencido de que había logrado intimidarla.
Quince minutos después, sonó el teléfono. Era don Salvador.
—Dime exactamente qué fue lo que te dijo.
Daniela se quedó desconcertada.
—¿Cómo sabe que estuvo aquí?
—Porque mi hijo es tan predecible como irresponsable.
Ella le contó lo de las supuestas deudas. Del otro lado hubo un silencio breve.
—Son falsas.
—¿Qué?
—Tengo copias de transferencias, fechas, mensajes y de los documentos que falsificó. También sé dónde están los bienes que trató de ocultar.
Daniela tuvo que sentarse.
—¿Por qué está haciendo todo esto por mí?
La voz de don Salvador sonó más suave, aunque igual de firme.
—Porque tú no hiciste nada para merecer que te trataran así. Y porque yo sería igual de culpable que él si lo protegiera solo porque lleva mi apellido.
Mientras Daniela seguía levantando su nueva vida ladrillo por ladrillo, la segunda mentira comenzó a venirse abajo.
Doña Teresa fue a visitar a Paola sin avisar. Al entrar al departamento, la encontró fumando junto a una ventana abierta.
Paola escondió el cigarro con torpeza.
—Es de una amiga —dijo apresurada—. Yo ni siquiera lo toqué.
Doña Teresa no respondió, pero sus ojos se clavaron en ella con incomodidad.
Más tarde, Paola tropezó con una silla y se golpeó el vientre con fuerza contra la orilla de una mesa. Doña Teresa lanzó un grito, horrorizada.
—¡Cuidado!
Paola apenas hizo una mueca.
—No fue nada.
Esa reacción terminó de encender todas las alarmas en la madre de Iván.
Salió del departamento con el corazón acelerado y llamó de inmediato a un médico de toda la confianza de la familia. Después de varias verificaciones legales de los supuestos estudios que Paola había presentado, la conclusión fue contundente:
ninguno de esos documentos le pertenecía.
No había embarazo.
Doña Teresa regresó a casa fuera de sí. Iván acababa de cruzar la puerta cuando su madre se acercó y le soltó una bofetada que resonó en toda la entrada.
—¡Mamá!
—¡Esa mujer nunca estuvo embarazada!
Iván se quedó blanco.
—Eso no puede ser.
—Nos mintió a todos.
