Por Raúl.
Siempre por Raúl.
Sin embargo, diez minutos después, Silvia volcó vino sobre el mantel.
Se quedó mirando cómo la mancha roja se abría paso sobre la tela blanca, creciendo despacio.
Luego alzó la voz desde el comedor:
—¡Marta!
Yo estaba en la cocina.
—¿Qué pasa?
—Ven aquí y límpialo.
Esta vez ni siquiera di un paso.
—En el cajón que tienes al lado hay servilletas.
El silencio cayó de golpe.
Un instante después apareció en la puerta de la cocina.
—Te he pedido que vengas a limpiar esto.
—Y yo te he indicado dónde están las servilletas.
—¿No puedes dejar de contestar siempre?
—¿Y tú no puedes dejar de darme órdenes en mi propia casa?
Su expresión cambió al momento.
Avanzó hacia mí, con la mandíbula tensa.
—Escúchame bien. Cuando está reunida toda la familia, tú atiendes a los invitados. Así funcionan las cosas.
—En mi casa, no.
—¡Ya está bien con ese discursito de “mi casa”!
—¿Por qué? ¿Te molesta?
La cara de Silvia se encendió.
Entonces, de pronto, delante de todos, me gritó:
—¡Cierra la boca y haz lo que se te dice!
El silencio que siguió fue casi absoluto.
Me quedé observando a aquella mujer que llevaba años tanteando mis límites, palmo a palmo.
Durante el primer año de matrimonio, reorganizó los armarios de mi cocina.
En el segundo, Raúl le dio una llave “por si había una emergencia”.
Después empezó a entrar sin llamar al timbre.
Más tarde decidió dónde pasaríamos la Navidad.
A qué lugar iríamos de vacaciones.
Cuánto dinero debíamos gastar.
Qué muebles convenía comprar.
Incluso llegó a opinar sobre cuándo teníamos que empezar a pensar en tener hijos.
Cada vez que yo protestaba, Raúl respondía lo mismo:
—Ella es así. No te lo tomes como algo personal.
Pero aquel día algo se rompió dentro de mí.
O quizá fue justo lo contrario.
Quizá, por fin, algo encajó en su sitio.
Me sequé las manos con calma.
Después miré a Silvia directamente a los ojos.
—Y tú pareces haber olvidado por completo en la casa de quién estás repartiendo órdenes.
Se quedó rígida.
—¿Qué?
—Me has oído.
Raúl se levantó de golpe.
—Marta…
Levanté una mano para detenerlo.
—No, Raúl. Esta vez vas a escucharme hasta el final.
Se quedó quieto.
Entonces me giré hacia los invitados.
—Ya que estáis todos aquí, podemos aclarar unas cuantas cosas.
Silvia soltó una risa cargada de desprecio.
—Qué numerito tan dramático…
—Esta casa es mía.
Ella se encogió de hombros.
—Todos sabemos que la comprasteis juntos.
—No.
En ese momento Raúl bajó la vista.
Y lo entendí al instante.
Silvia no lo sabía.
Miré a mi marido.
—¿Nunca se lo contaste?
Él se rascó la nuca, incómodo.
—No era importante.
—¿Qué no era importante? —preguntó Claudia.
Sonreí, aunque mi sonrisa no tenía nada de alegre.
—Compré esta casa dos años antes de casarme con Raúl.
Nadie dijo nada.
—Con mi propio dinero.
Silvia parpadeó.
—Eso no cambia nada.
—Sí que lo cambia. Lo cambia todo.
—Raúl es tu marido.
—Exacto. Mi marido. No mi dueño.
Una de las tías carraspeó, nerviosa.
Silvia apoyó las manos en las caderas.
—¿Y ahora piensas echarnos a todos?
