Mi papá apretaba el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Itzel Cruz miraba a mi suegra con la boca entreabierta. Incluso algunos parientes de Mónica Aguilar bajaron la vista, avergonzados.
Me volví hacia Alejandro Salazar.
—¿Tú sabías de esto?
Él se acomodó la corbata con los dedos y soltó un suspiro, como si la que estuviera causando un momento incómodo fuera yo.
—Paulina, por favor, no empieces con un pleito ahorita. Mi mamá nada más quiso explicarte cómo se manejan las cosas en nuestra familia.
—Eso no fue lo que pregunté. Te pregunté si sabías de estas supuestas reglas.
Alejandro apartó la mirada un segundo.
—Lo hablamos —admitió en voz baja—. Pero estás haciendo esto mucho más grande de lo que es. Mi mamá entiende de dinero. Y si las propiedades quedan a mi nombre, de todos modos seguirán siendo de la familia.
Lo observé sin poder creerlo.
—De tu familia —lo corregí.
De pronto, muchas frases sueltas de los últimos meses cobraron sentido. Por eso Mónica Aguilar me había preguntado tantas veces cuánto ganaba. Por eso insistía en saber cuánto tenía ahorrado. Por eso se interesaba tanto, con una curiosidad que ya parecía vigilancia, en el departamento que mi abuela me había dejado como herencia.
Y por eso Alejandro, desde que nos comprometimos, no había dejado de presionarme para que lo vendiera.
Siempre decía que quería una casa más amplia para nuestro futuro juntos. Cuando yo le preguntaba por qué en las escrituras debía aparecer únicamente su nombre, me contestaba que así era más sencillo por el crédito.
Y yo le había creído.
Mónica Aguilar metió la mano debajo de su silla y sacó una carpeta color beige.
—Para que después de la boda no pierdan tiempo con trámites, ya dejé todo listo.
Puso la carpeta frente a mí y la abrió.
En la primera hoja había una orden de transferencia permanente. Mi número de cuenta, el nombre de la empresa donde trabajaba y el monto de mi sueldo mensual ya estaban escritos. A partir de ese momento, mi salario debía depositarse en la cuenta de Mónica Aguilar.
Solo faltaba mi firma.
Debajo venía un poder que le habría permitido manejar casi todos mis movimientos bancarios. Y más atrás había otro documento relacionado con la venta de mi departamento.
—Firma aquí —ordenó Mónica Aguilar, acercándome una pluma dorada—. Así queda todo arreglado antes de que mañana se vayan de luna de miel.
—¿Esto es en serio?
Su sonrisa desapareció.
—Por supuesto. Alejandro ya estuvo de acuerdo.
Giré hacia mi esposo. Esta vez sí me sostuvo la mirada.
—Nada más firma —dijo, molesto—. Todos están esperando. No tienes por qué dejarme en ridículo delante de toda mi familia.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
Su madre acababa de exigirme, frente a todos los invitados, que entregara mi sueldo, mis bienes y mi independencia. Y aun así, según él, la que lo estaba humillando era yo.
—¿Y qué pasa si me niego? —pregunté.
El rostro de Mónica Aguilar se endureció.
—Entonces demostrarás que no mereces a mi hijo.
—Mamá, tal vez deberíamos hablar de esto después —murmuró Alejandro.
No intentaba defenderme. Solo quería evitar que la escena se volviera todavía más vergonzosa para él.
—No —respondió Mónica Aguilar—. Tiene que aprender hoy cuál es su lugar en esta familia. Está claro que su propia madre no le enseñó cómo debe comportarse una esposa decente.
Mi mamá había muerto tres años antes, después de una enfermedad terrible.
