«¿Tenemos que estar o tengo que estar yo?» respondió Laura, dejando la taza con tanta brusquedad que la cucharilla golpeó contra la porcelana

Es indignante sentirse obligada a servir.
Historias

—…en que te has abandonado últimamente. Siempre estás agotada, amargada, como si te hubieras echado años encima antes de tiempo. ¿Quién iba a querer estar contigo, aparte de mí, con ese carácter?

Sergio Ramos supo en el mismo instante en que lo dijo que se le había ido la mano. Aun así, no dio ni un paso atrás.

—Perfecto —murmuró Laura Méndez—. Por fin lo has dicho con tu propia voz, no repitiendo la de tu madre.

—¿Y acaso es mentira? —se encendió él todavía más—. ¿Te crees que ahí fuera hay una cola de hombres esperando por ti? ¿Con tus ataques, con esa cara? Soy yo quien te mantiene aquí.

—¿Tú me mantienes? —repitió Laura, incrédula—. Entonces explícame para qué demonios te casaste conmigo. ¿Para que trabajara, pagara mi parte de los gastos y, encima, los fines de semana fuera a servir a tus parientes?

—Cierra la boca —siseó Sergio.

—¿O qué? ¿Vas a correr a quejarte con Pilar Flores? ¿O vas a repetir otra vez, como un loro, que soy una desagradecida?

Sergio apretó los puños.

—Siempre me echas el dinero en cara cuando quieres que las cosas se hagan a tu manera —dijo Laura—. Pero cuando tu madre me humilla, te quedas callado. Ese es el verdadero problema.

Él se abalanzó tan deprisa que a Laura no le dio tiempo ni a retroceder. La agarró del codo y le clavó los dedos con una fuerza dolorosa.

—¡Te he dicho que te calles!

—¡Suéltame!

Ella intentó zafarse, pero Sergio, ya sin escucharla a ella ni escucharse a sí mismo, la empujó con violencia hacia el sofá. Laura perdió el equilibrio, se golpeó el hombro contra el reposabrazos y cayó sobre el asiento. Durante unos segundos se quedó sin aire.

—Como sigas llevándome la contraria, te quito esas ideas de la cabeza en un momento —gritó él, inclinado sobre ella—. Si el sábado no vienes, te bloqueo todas las tarjetas. ¿Me oyes? Todas. Y tampoco pienso seguir pagando el coche. Te quedarás sin un euro y entonces aprenderás cómo se habla.

Laura se llevó la mano al hombro dolorido y lo miró fijamente.

—Si esto es lo que hay —dijo con la voz baja—, puedes largarte a casa de tu madre para siempre.

El rostro de Sergio se deformó. Se dio la vuelta y descargó el puño contra la puerta del baño con tanta rabia que dejó una abolladura en el esmalte blanco; junto al picaporte, el revestimiento se agrietó. Luego cogió las llaves de un manotazo.

—¡No vas a ver ni un céntimo mío! —bramó ya desde el recibidor—. Ya veremos cómo hablas dentro de una semana.

El portazo fue tan fuerte que tintinearon los cristales del aparador.

Laura permaneció sentada en el sofá unos minutos. El hombro le palpitaba y en el brazo empezaban a marcarse las huellas de los dedos. Cuando entró en el baño, vio en el espejo su pelo revuelto, el moretón que comenzaba a formarse y, después, la hendidura en la puerta.

Fotografió el brazo y también el golpe de la puerta. Luego marcó el número de Sandra Medina, una antigua amiga del trabajo.

—¿Laura? —contestó Sandra con voz adormilada—. ¿Por qué llamas tan tarde?

Laura le contó de forma escueta la discusión, el empujón y las amenazas económicas.

—Voy para allá ahora mismo —dijo Sandra sin dudar.

—No hace falta. Estoy bien.

—No estás bien. ¿Te ha pegado?

—Me ha empujado. Me ha agarrado. Y me ha amenazado con dejarme sin dinero.

Sandra guardó silencio unos instantes.

—Haz fotos del brazo y de la puerta. Mañana ve a urgencias o a traumatología para que quede constancia. Y revisa tus documentos, las tarjetas y los accesos al banco. Después de algo así, no conviene confiar en que todo se arregle solo.

—Siempre pensé que no pasaría de los gritos.

—Ahora ya sabes que sí puede pasar —respondió Sandra.

Aquella noche, Laura comprobó las aplicaciones bancarias y cambió todas las contraseñas. En la cuenta común quedaba dinero suficiente para no depender de Sergio durante un tiempo. Después sacó la documentación del coche, el calendario de pagos y los extractos antiguos. El vehículo estaba a su nombre y la cuota se cargaba en su cuenta nómina. Era cierto que Sergio había abonado algunas mensualidades desde su tarjeta, pero eso no convertía el coche en propiedad exclusiva suya.

También aparecieron las transferencias destinadas al piso de los padres de Sergio. Las cantidades se habían ido pagando durante varios años, y la última cuota había quedado saldada hacía casi una década. En una conversación antigua, el propio Sergio le había escrito a su madre: «Mamá, ya he enviado el último pago. Gracias a todos, no os debemos nada más». Laura guardó copias de los extractos en una carpeta aparte.

Sergio regresó por la mañana. Olía a tabaco. Laura estaba ya sentada en la cocina, con una taza de café delante.

Él miró el moratón de su brazo y apartó la vista.

—¿Cuánto tiempo piensas seguir con el enfado? —preguntó con una fatiga fingida—. Yo también me pasé anoche.

—Me lanzaste contra el sofá y me amenazaste con dejarme sin dinero.

—No exageres —hizo una mueca—. Nadie te dio una paliza. Los dos nos calentamos. Tú también provocaste.

Laura dejó la taza despacio sobre la mesa.

—¿O sea que la culpa sigue siendo mía?

—Culpa, culpa… —resopló él—. A veces una tiene que aprender a cerrar la boca a tiempo.

Laura lo observó. Sergio no estaba simplemente defendiéndose: seguía convencido de que ella era responsable de haberlo sacado de sus casillas.

—El sábado no voy a ninguna parte —declaró.

Sergio soltó el aire con ruido.

—¿Tú te escuchas cuando hablas? Ya te lo dije: mi padre espera invitados. Encargar comida a última hora sale caro y además es tarde.

—No es mi problema.

—Claro que es tu problema. Eres mi mujer.

—Ser tu mujer no me convierte en la criada gratis de tu madre.

—Otra vez con lo mismo.

Cuando Sergio se metió en la ducha, Laura pidió cita en traumatología, avisó en el trabajo de que ese día trabajaría desde casa y escribió a una abogada cuyo contacto le había pasado una compañera tiempo atrás.

Al mediodía llamó Pilar Flores.

Laura dudó, pero terminó descolgando.

—¿Sí?

—Laura, ¿qué has vuelto a hacer? —empezó de inmediato su suegra—. Sergio dice que otra vez estás con tus caprichos. Es el cumpleaños de su padre, vienen invitados y yo estoy sola con todo.

—No voy a ir, Pilar Flores.

—¿Que no vienes? —repitió la mujer, como si acabara de escuchar la mayor insolencia del mundo—. ¿Y quién me va a ayudar entonces? Eres joven, tienes manos y piernas.

—Eso no me corresponde a mí.

—¡Que no te corresponde! —bufó—. ¿Vives en una familia o dónde vives? Además, nosotros también os ayudamos con la boda y con el piso. Pero a ti no se te puede pedir ni una tarde de ayuda.

—No nos ayudasteis gratis. Os devolvimos todo.

—Ah, conque ahora hablas así.

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