«Grave va a ser cuando no podamos pagar la tarjeta por culpa de tus dramas.» dijo Sebastián con voz plana mientras ella se quedaba sola con el dolor y la factura

La indiferencia ajena es cruel e insoportable.
Historias

—Ochocientos sesenta pesos por una consulta de quince minutos —dijo Sebastián Rivera, dando golpecitos con la uña en la pantalla del celular mientras revisaba el cargo—. Pudiste haberte tomado una pastilla, Alicia Castro.

—Llevo tres días con un dolor que me jala en la parte baja del vientre —me apoyé contra los azulejos helados de la pared—. Las pastillas de siempre no me hacen nada.

—Eso es porque te sugestionas.

Sebastián pasó la esponja húmeda por la mesa con una precisión casi mecánica, juntando las migajas de pan en la palma de la mano. Después las tiró al fregadero. En ese departamento, hasta el polvo parecía obedecer sus reglas.

—Otra vez agarraste dinero del fondo común —continuó, con esa voz plana que usaba para dictar sentencia—. Te pedí que cualquier gasto de más de ciento ochenta pesos lo consultáramos antes.

—No podía ni levantarme de la cama.

—En una clínica pública la cita no cuesta. Sólo hay que saber esperar.

Apretó el botón de la cafetera. La máquina gruñó con esfuerzo y escupió un chorrito oscuro dentro de la taza. Sobre la mesa, la jarra con filtro de agua tenía ya una capa verdosa en las orillas; a Sebastián le dolía gastar en repuestos nuevos.

—Tengo miedo, Sebastián —murmuré—. ¿Y si es algo grave?

—Grave va a ser cuando no podamos pagar la tarjeta por culpa de tus dramas.

Bebió un trago de café y torció la boca.

—Alístate para ir a trabajar. En la noche viene mi mamá. Tenemos que hablar de lo del coche.

La puerta de entrada se cerró de golpe, y me quedé sola con el olor a café barato y aquel dolor sordo que no cedía.

En el consultorio de ultrasonido flotaba una mezcla de alcohol y talco de guantes médicos.

—Quítese la ropa de la cintura para abajo y acuéstese en la camilla —ordenó la doctora.

Me bajé los jeans y me tendí sobre una sábana de papel rígido que crujió bajo mi espalda. Un pegote de gel helado me cayó sobre el abdomen. Luego el transductor empezó a deslizarse por mi piel, presionando con firmeza.

—¿Qué molestias tiene? —preguntó la doctora sin apartar la vista del monitor en blanco y negro.

—Dolor como de tirón. Y en las mañanas me dan náuseas.

La doctora guardó silencio casi un minuto. Yo clavé los ojos en el techo y me puse a seguir con la mirada una grieta en la pintura. Al mismo tiempo calculaba cuánto me descontaría Sebastián de mi siguiente pago por las tutorías, sólo por haber ido a esa consulta.

—Bueno —dijo al fin, girando la pantalla hacia mí—. Lo que siente son los ligamentos estirándose, es normal. El saco gestacional está dentro del útero. Siete semanas.

Se me cortó el aire.

—¿Qué?

—Que está embarazada. Mire, ahí se ve cómo late.

Señaló con una pluma un puntito gris diminuto.

—El latido está claro. Hay algo de tono uterino, pero no veo amenaza por ahora. ¿Lo va a tener?

La pregunta sonó seca, rutinaria, como si en ventanilla me hubieran pedido el número de afiliación.

—Sí —contesté con la voz quebrada.

—Límpiese.

Arrugué la servilleta áspera de papel entre los dedos. El gel se me pegaba a la piel y a las manos. En el pecho empezó a abrirse un hueco caliente, palpitante. Durante cinco años de matrimonio, Sebastián había repetido que tener hijos era un lujo inadmisible. “Una inversión con rendimiento negativo”, decía.

El celular vibró dentro de mi bolsa.

Compra arroz en contenedores, el de la promoción. Sólo el de $18 pesos. No te equivoques. —13:14

Me quedé mirando la pantalla encendida. Dentro de mí latía un segundo corazón.

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