Javier apareció sin llaves. Irene Alonso no accionó el telefonillo hasta reconocer su voz al otro lado. Subió los nueve pisos por la escalera, empapado por la lluvia, con la respiración entrecortada y el pelo pegado a la frente. Traía en la mano una bolsa de Mercadona: leche, pan y aquel yogur de fresa que a ella le gustaba tanto. Como si esos pequeños gestos pudieran remendarlo todo.
—Irene… —empezó él desde la entrada.
Ella levantó una mano y lo detuvo.
—Primero, las cerraduras —dijo con una calma que incluso a ella le sorprendió—. Mañana a las diez viene el cerrajero. Habrá dos juegos nuevos. Uno para ti y otro para mí. Nadie de tu familia volverá a tener copia.
Javier Gallego asintió sin protestar. Entró en el salón, dejó la bolsa en el suelo y se sentó en el sofá. Durante unos segundos se limitó a mirar la ventana, por donde las gotas resbalaban formando caminos torcidos.
—Mi madre me ha llamado tres veces —murmuró—. Está llorando. Dice que la has humillado delante de todo el edificio. Silvia Suárez me ha escrito para decirme que eres una desequilibrada. Y Ana Ortega solo preguntó si seguíamos vivos.
Irene tomó asiento frente a él, con los dedos entrelazados sobre las rodillas.
—No la he humillado. Me he defendido. Y también te he defendido a ti.
—¿A mí? —soltó una risa seca, amarga—. ¿De quién?
—De que un día vuelvas a casa y ya no encuentres ni esposa ni al hijo que algún día queremos tener. Porque yo habría hecho una maleta y me habría marchado. Sin explicaciones. Igual que hace la gente cuando se le agota la paciencia de verdad.
Javier alzó la mirada. En sus ojos se mezclaban el cansancio, la confusión y algo parecido al miedo.
—No sabía que lo estabas pasando tan mal —admitió en voz baja—. De verdad que no. Pensaba que tú… no sé, que eras tranquila, que lo llevabas bien.
—Lo he llevado durante tres años, Javier. Tres años enteros. Día tras día. Mientras tú estás trabajando, yo me quedo aquí sola con vuestros “pasábamos solo un minuto”. Mientras tú repites que “son familia”, yo friego platos de personas que entran como si esta casa fuera suya y encima sonrío para no herirte.
Él bajó la cabeza.
—He sido un idiota —dijo, sin adornos.
—No. Te acostumbraste a que todo se te perdonara. Y tu madre se acostumbró a que todo le estuviera permitido. Pero yo ya no quiero ser la persona que lo perdona todo.
El silencio que quedó entre ellos pesaba, aunque no era hostil. Más bien parecía una pausa necesaria, como si por fin entrara aire limpio en una habitación cerrada.
—¿Qué propones? —preguntó él al cabo de un rato.
—Normas. Claras. Para todos. Y tendrás que decirlas tú, porque es tu familia.
Javier asintió despacio.
—Dímelas.
Irene abrió un cajón y sacó una hoja. La había escrito aquella misma tarde, mientras esperaba al cerrajero y también a él.
—Primera: solo nosotros dos tendremos llaves.
Segunda: cualquier visita se avisa con antelación, como mínimo el día anterior.
Tercera: si estoy trabajando, no estoy disponible, aunque físicamente esté sentada en casa.
Cuarta: quien venga, trae comida o la pide. No soy una cocinera a domicilio.
Quinta: las visitas, como máximo, dos veces al mes. Y si estoy sola en casa, no más de tres horas.
Javier leyó en silencio. Luego levantó los ojos.
—Es duro.
—Duro es que cuatro personas irrumpan en mitad de mi jornada laboral y exijan comida —respondió ella—. Esto solo es justo.
Él dobló la hoja, primero por la mitad y luego otra vez.
—Voy a llamar a mi madre. Ahora. Delante de ti.
Irene no se esperaba aquello. Había imaginado excusas, aplazamientos, ruegos para suavizar las normas, algún intento de negociar. Pero Javier sacó el móvil, activó el altavoz y marcó el número de Patricia Castro.
—¡Javier, por fin! —La voz de su madre sonó al instante, quebrada y teatral—. ¿Te imaginas cómo me ha tratado? ¡Yo, que siempre la he querido como a una hija!
—Mamá —la interrumpió Javier con firmeza—. Escúchame y no me cortes. A partir de hoy las reglas son estas.
Y las leyó una por una. Sin rebajas. Sin “quizá”. Sin rodeos. Con una tranquilidad limpia, casi serena.
Al otro lado de la línea hubo primero un silencio denso. Después se oyó un sollozo contenido.
—¿O sea que ahora tengo que pedir cita para ver a mi propio hijo?
—Sí, mamá. Como cuando vas al médico.
