Entró únicamente cuando Mónica, desde el departamento, reconoció su voz por el interfono. No le abrió antes. Alejandro Ríos tuvo que subir caminando hasta el noveno piso; llegó con la respiración cortada, el cabello empapado por la lluvia y una bolsa del súper apretada en la mano. Traía leche, pan y el yogur de fresa que a ella le gustaba tanto. Como si con esas tres cosas pudiera remendarse todo.
—Moni… —alcanzó a decir desde la entrada.
Ella levantó una mano, sin gritar, sin moverse de su sitio.
—Primero, las chapas —dijo con una calma que a él le pesó más que cualquier reclamo—. Mañana a las diez viene el cerrajero. Habrá dos juegos nuevos de llaves. Uno para ti y uno para mí. Nadie de tu familia va a tener copia otra vez.
Alejandro asintió en silencio. Pasó a la sala, se dejó caer en el sillón y puso la bolsa en el piso. Se quedó mirando la ventana, donde las gotas resbalaban una tras otra.
—Mi mamá me llamó tres veces —murmuró al fin—. Está llorando. Dice que la humillaste frente a todo el edificio. Gabriela Sandoval me escribió que estás loca. Martha Sandoval solo preguntó si todavía seguíamos vivos.
Mónica se sentó frente a él, con las manos entrelazadas sobre las piernas.
—Yo no la humillé. Me defendí. Y también te defendí a ti.
—¿A mí? —soltó una risa breve, amarga—. ¿De quién?
—De llegar un día y encontrarte sin esposa. Y sin ese hijo que hemos dicho que queremos tener. Porque un día, simplemente, iba a hacer una maleta y me iba a ir. Sin explicación. Sin pleito. Como se va la gente cuando ya no le queda ni una gota de paciencia.
Alejandro alzó la vista. En sus ojos se mezclaban el cansancio, la confusión y un miedo que no lograba disimular.
—No sabía que para ti era tan pesado —admitió—. De verdad no lo sabía. Yo creía que tú… pues, que eras tranquila, que podías manejarlo.
—Lo manejé tres años, Alejandro. Tres. Años. Día tras día. Mientras tú estás trabajando, yo me quedo aquí sola con esas visitas de “nomás pasamos cinco minutos”. Mientras tú repites que “son familia”, yo lavo platos de gente que ni siquiera invitamos y sonrío para no hacerte sentir mal.
Él bajó la cabeza.
—Fui un idiota —dijo, sin adornos.
—No. Te acostumbraste a que todo se te perdonara. Y tu mamá se acostumbró a hacer lo que se le antoja. Y yo… yo ya no quiero seguir siendo la persona que perdona todo.
El silencio se instaló entre ellos. Era pesado, sí, pero no agresivo. Más bien parecía el tipo de silencio que deja entrar aire después de una habitación cerrada demasiado tiempo.
—¿Entonces qué quieres que hagamos? —preguntó él después de un rato.
—Reglas. Claras. Para todos. Y las vas a decir tú, porque es tu familia.
Alejandro asintió despacio.
—Dímelas.
Mónica abrió un cajón y sacó una hoja. La había escrito durante la tarde, mientras esperaba al cerrajero y también a él.
—Uno: las llaves las tenemos solo nosotros dos.
Dos: cualquier visita se avisa con anticipación. Mínimo un día antes.
Tres: si estoy trabajando, no estoy disponible, aunque físicamente esté sentada en esta casa.
Cuatro: quien venga, trae comida o pide algo. No soy cocinera a domicilio.
Cinco: las visitas serán máximo dos veces al mes. Y si yo estoy sola, no duran más de tres horas.
Alejandro leyó la lista sin interrumpir. Cuando terminó, levantó la mirada.
—Está fuerte.
—Fuerte es que me caigan cuatro personas a media jornada laboral exigiendo comida —respondió ella—. Esto no es fuerte. Esto es justo.
Él dobló la hoja una vez. Luego otra.
—Voy a llamar a mi mamá. Ahorita. Y lo voy a hacer enfrente de ti.
Mónica no esperaba eso. Pensó que él intentaría ganar tiempo, pedirle que suavizara algo, buscar una salida intermedia para no incomodar a nadie. Pero Alejandro sacó el celular, activó el altavoz y marcó.
—¡Alejandro, por fin! —la voz de Verónica Vargas estalló apenas contestó, quebrada por el llanto—. ¿Tienes idea de cómo me trató? ¡Yo toda la vida la he querido como si fuera mi propia hija!
—Mamá —la interrumpió Alejandro, firme—. Escúchame y no me cortes. Desde hoy, las reglas son estas.
Y las leyó una por una. Sin suavizarlas. Sin agregar “a lo mejor”. Sin dejar huecos para negociar. Claro, tranquilo, directo.
Del otro lado de la línea primero no se oyó nada. Luego llegó un sollozo contenido.
—O sea que ahora hasta para ver a mi propio hijo tengo que pedir cita.
—Sí, mamá. Como con el doctor.
