—¿Me está echando?
—Estoy recuperando mi propia casa, nada más. —Verónica Ramos apoyó las manos entrelazadas sobre las piernas—. Mañana puede pasar a recoger las llaves. O pasado mañana, si prefiere. Pero ya no pienso seguir escuchando, dentro de mi propio departamento, que soy una inútil y que no sirvo para nada. Hasta aquí llegué.
—¡Javier Mendoza! —Josefina Medina giró hacia su hijo, con la voz quebrada por la indignación—. ¿Vas a permitir que tu mujer me trate de esta manera?
Javier Mendoza no contestó de inmediato. Permaneció callado unos segundos y después negó despacio con la cabeza.
—Mamá, ya estuvo. Verónica Ramos tiene razón. No puedes vivir aquí y dedicarte todos los días a insultar a mi esposa. Estoy cansado. Me da miedo volver a casa porque sé que, apenas cruce la puerta, otra vez va a haber pleito. Ya no aguanto estar atrapado entre ustedes dos. Y tampoco aguanto seguir siendo tan cobarde.
—Entonces la escoges a ella antes que a mí. ¿A ella antes que a tu propia madre?
—Estoy escogiendo a mi familia. —Miró a Verónica Ramos—. Y también estoy escogiendo la paz. Quiero regresar a mi casa sin sentir que en cualquier momento va a estallar otra guerra.
Josefina Medina arrebató los documentos de la mesa y salió de la cocina. Cerró la puerta del cuarto con tanta fuerza que los vidrios de la vitrina temblaron.
A la mañana siguiente, Josefina Medina apareció en el pasillo con dos maletas. Tenía el rostro duro, vacío, y los ojos enrojecidos. Pasó junto a Verónica Ramos sin dirigirle ni una mirada, tomó de la mesa las llaves del nuevo departamento y, ya en la entrada, se volvió.
—Me arrancaste a mi hijo. Eso él jamás te lo va a perdonar.
—Yo le devolví a su esposa. —Verónica Ramos ni siquiera levantó la vista de la laptop—. Y a usted le di justo lo que tanto exigía: independencia. Ahora podrá buscar un trabajo de verdad, como tantas veces me aconsejó a mí. Que le vaya bien.
La puerta se cerró de golpe.
El silencio cayó sobre el departamento con un peso extraño, pero esta vez no dolía. Verónica Ramos sintió cómo la tensión acumulada durante diez meses empezaba a escurrirse lentamente de sus hombros. Se levantó y abrió la ventana. El aire fresco entró de inmediato, barriendo ese olor rancio de presencia ajena que parecía haberse pegado a las paredes.
Una hora después llamó Javier Mendoza.
—Está conmigo en la oficina. Llora, se queja y quiere que yo te convenza de cambiar de opinión.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que ya era hora de que aprendiera a vivir sola. Que me harté de estar partido en dos entre ustedes. —Hizo una pausa breve—. También le dije que tú tenías razón.
Verónica Ramos cerró los ojos y soltó el aire que tenía guardado.
—Gracias.
—No. El que tiene que darte las gracias soy yo, por no haberte ido antes. Fui un cobarde, Verónica Ramos. Diez meses enteros.
—Pero ya no lo eres. Eso es lo que importa.
Tres semanas más tarde, Javier Mendoza entró al departamento con una sonrisa que no lograba esconder.
—Mi mamá encontró trabajo.
—Eso fue rápido.
—En la tienda que le queda más cerca de su edificio. De cajera. —Se quitó la chamarra, la dejó sobre una silla y se sentó a la mesa—. ¿Sabes qué dijo? Que es algo temporal. Que pronto va a conseguir un empleo decente, no “una cosa de esas”.
Verónica Ramos arqueó una ceja.
—Un trabajo decente, de esos donde la gente se parte el lomo. Sus propias palabras.
—Exacto. Pero cuando es ella la que se levanta a las seis de la mañana para pararse frente a una caja, entonces ya no cuenta. —Javier Mendoza movió la cabeza, incrédulo—. Todavía no entiende.
—Ya entenderá. Cuando se canse de querer mandar sobre todo el mundo.
Javier Mendoza la rodeó con los brazos y apoyó la frente en la coronilla de ella.
—Mi jefe me dijo que la próxima semana habrá ascenso. También me van a subir bastante el sueldo.
—¡Javier Mendoza, eso es buenísimo!
—Le contesté que, aun así, iba a ganar menos que mi esposa. —Sonrió de lado—. Y que eso ya no me pesa.
