—Antes de las fiestas hay que hacer una limpieza a fondo. Ven a dejar impecable nuestro departamento. Jorge Ochoa me dijo que este fin de semana no tienes nada que hacer.
—Norma Contreras, yo… ya tenía planes. Camila Navarro y yo…
—¡Tus planes pueden esperar! —la interrumpió sin permitirle terminar—. Yo ya estoy grande, esas cosas me cuestan trabajo. Es tu obligación ayudarnos.
Claudia Valencia se levantó a las seis, como todos los días. Salió de la recámara en silencio, caminando de puntitas para no despertar a su hija, Camila Navarro. En la cocina puso a calentar agua y, mientras el hervidor empezaba a sonar, tomó el celular.
Desde hacía tres meses repetía el mismo ritual cada mañana: abría la aplicación del banco y contaba cuántos días faltaban para que le depositaran. En la tarjeta quedaban unas cuantas monedas digitales, casi nada, y el sueldo no llegaría sino hasta la semana siguiente.

Dejó el teléfono sobre la mesa, soltó el aire despacio y apoyó las palmas en el marco de la ventana. En una silla estaba tirado, desde la noche anterior, el viejo suéter escolar de Camila Navarro. Claudia Valencia le había remendado con cuidado una de las mangas. A la niña ya le quedaba justo, casi chico, pero comprarle uno nuevo era un sueño demasiado lejano.
El día anterior, al volver de la escuela, se le habían roto las botas de invierno a Camila Navarro: la suela simplemente se abrió. Claudia Valencia alcanzó a ver cómo su hija intentaba esconder la parte despegada para que ella no se pusiera triste.
Esa misma tarde, madre e hija terminaron en la zapatería más cercana, buscando el par más barato que encontraron, aunque al menos fuera calientito y nuevo.
—Mamá, ¿para qué? Todavía puedo usarlas así…
—No, mi amor. Apenas está empezando el frío. No vas a andar con los zapatos rotos. Te puedes enfermar.
Y otra vez el presupuesto, que de por sí ya no existía, quedó todavía más hundido.
Cuando regresaron a casa, desde la habitación se escuchó un suspiro pesado y el arrastre flojo de unas pantuflas. Era Jorge Ochoa. Se había levantado tarde, porque se había acostado casi de madrugada después de pasar horas viendo transmisiones con sus amigos. El resto del día solía pasárselo tirado en la cama, sin prisa por nada.
—¿Por qué se tardaron tanto? —gruñó al pasar junto a ellas, sin mirar siquiera a su esposa.
—Fuimos a comprarle botas de invierno a Camila Navarro.
—¿No tenías otra cosa mejor en qué gastar? ¿Ahora resulta que sobra el dinero? —estalló él.
—¡No! Justo el problema es que no hay dinero para nada. Pero a nuestra hija se le rompieron las botas. Ya va siendo hora de que te pongas las pilas, Jorge Ochoa —le soltó Claudia Valencia, con una dureza que no pudo contener.
—¿Y ahora por qué estás tan alterada? —masculló él—. Ya te dije que voy a encontrar trabajo. Nomás que no puedo meterme en cualquier cosa. ¿Soy hombre o qué?
Claudia Valencia apretó los labios. Esa frase la había escuchado mil veces durante los últimos tres meses. Primero, Jorge Ochoa aseguró que trabajaría como repartidor.
—¡Ese sí deja lana! ¡Los repartidores ganan bien! —decía convencido.
Pero después de que en tres ocasiones no le confirmaron las entregas y, para colmo, le descontaron dinero de su cuenta, cambió por completo de discurso.
—¡Son unos rateros! —gritaba furioso—. ¡No fue culpa mía! ¡Me pusieron una trampa!
El resultado fue que no ganó nada; al contrario, terminó perdiendo. Luego intentó manejar en una aplicación de transporte. Tampoco le fue bien: no le tocaban viajes buenos ni mejor pagados porque su coche era de categoría económica, y a los conductores nuevos casi nunca les asignaban las mejores carreras. Así que acabó otra vez en casa, resentido con la vida entera.
Todos los gastos de la familia caían sobre Claudia Valencia: la comida, la ropa, la escuela, los servicios, las medicinas.
A la mañana siguiente, cuando Camila Navarro apenas abría los ojos para prepararse e ir a clases, Claudia Valencia ya estaba por salir al trabajo. Como siempre, la niña se acercó para darle un beso en la mejilla, pero sus ojos se detuvieron un segundo en la ropa de su mamá: la chamarra acolchada, vieja y gastada, y el gorro de siempre, los mismos desde hacía unos cinco años.
Claudia Valencia notó aquella mirada y sintió que algo se le encogía en el pecho. Su hija sentía pena.
—Mamá… hoy, después de la escuela, Andrea Núñez y Diana Navarro van a ir al cine a ver una película de Año Nuevo. ¿Crees que… yo pueda ir con ellas?
La voz se le atoró al final. No quería pedir.
—Llámame saliendo de clases. A lo mejor vemos cómo le hacemos y consigo algo de dinero.
Pero Camila Navarro ya conocía la respuesta. Para su familia, el cine era un lujo. Siempre lo había sido, aunque ahora la falta de dinero dolía más que nunca. La niña sólo asintió, como si de verdad le creyera, y se fue a alistarse.
Cuando Claudia Valencia llegó a la oficina, se sentó frente a su escritorio y hundió el rostro entre las manos. Estaba por cumplir cuarenta. Llevaba diez años trabajando en el mismo lugar, ahorrando en todo lo que tuviera que ver con ella misma, usando durante cinco inviernos la misma chamarra, una que ni recién lavada lograba verse decente.
Y mes tras mes seguía contando los días: los que faltaban para la quincena, para el adelanto, para ese momento en que por fin pudiera comprarle algo nuevo a Camila Navarro, algo que evitara que la niña mirara con envidia a las demás.
No se quejaba. Simplemente seguía viviendo. Pero ese día… ese día el cansancio y la tristeza le pesaban de una manera distinta. De pronto imaginó a Camila Navarro parada frente al cine, viendo cómo sus compañeras compraban palomitas, mientras ella decía: “No quiero, gracias”. Claudia Valencia se limpió una lágrima, respiró hondo y murmuró la frase que se repetía cada mañana para no venirse abajo:
—Un poquito más. Vamos a aguantar. Todo se va a acomodar… ya falta muy poco.
